Corina Machado: la decepción del pragmatismo

Corina Machado: la decepción del pragmatismo

María Corina Machado ha sido, sin duda, una figura clave de la resistencia democrática venezolana. Señaló los abusos del régimen de Nicolás Maduro, denunció el fraude electoral y sostuvo una narrativa de dignidad frente a una dictadura que se ha normalizado en la región. Ese mérito nadie se lo quita.

Precisamente por eso, decepciona más cuando quien encarnaba una causa parece extraviarse en el camino. Nada de lo anterior atenúa la incomodidad —y el desencanto— que provocó su reciente acercamiento a Donald Trump. Machado decidió apostar por la lógica del poder crudo, del halago personal, del pragmatismo sin pudor. Tal vez haya una estrategia detrás. Pero las estrategias también revelan principios. Y aquí lo que asoma es una renuncia.

No hubo una recepción de Estado ni una señal inequívoca de respaldo político. Lo que sí hubo fue una narrativa cuidadosamente difundida después, como ocurre cuando la foto importa más que el contenido. Trump no es conocido por la discreción ni por esconder apoyos: cuando quiere capitalizar algo, lo hace de inmediato. El silencio, en su caso, también comunica.

Más grave aún fue el gesto simbólico. Machado entregó a Trump una medalla del Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia, galardón que el Parlamento Europeo concedió en 2023 a la oposición venezolana. No es un Nobel de la Paz —como se afirmó erróneamente— y no es un reconocimiento personal que pueda regalarse como souvenir político. Es un símbolo colectivo, de lucha y sacrificio.

Para justificar el gesto, se recurrió a una analogía histórica desafortunada: la comparación entre Trump y George Washington, evocando el medallón que Simón Bolívar recibió en el siglo XIX. Conviene aclararlo: aquel medallón contenía un mechón de cabello de Washington, enviado por su hijastro, y fue entregado años después de la muerte del primer presidente estadounidense.

No fue un acto de adulación política ni un intercambio entre iguales en busca de favores. Bolívar recibió ese símbolo por lo que había hecho: liberar territorios, no subordinarse a potencias extranjeras ni rendir pleitesía a caudillos. Luchó por la independencia, no por la bendición de un imperio. Esa diferencia es sustantiva y explica por qué la analogía no solo es incorrecta, sino inquietante. Machado pareció olvidar que Trump no respeta la humildad ni premia la sumisión.

Su política exterior se rige por la utilidad inmediata y el ego personal. Creer que el halago abre puertas con él no es estrategia: es ingenuidad. O peor, es confundir dignidad con marketing político.

Este episodio sugiere algo incómodo: quizá Machado es una líder eficaz para resistir, para denunciar, para aglutinar el descontento; pero no necesariamente para negociar con figuras que operan sin valores democráticos. No todo opositor está preparado para el poder, ni toda causa justa se defiende bien con cualquier aliado.

La escena recuerda inevitablemente a Vicente Fox: carismático, eficaz para canalizar el enojo social, símbolo del hartazgo; pero incapaz de ejercer el poder con firmeza y visión. Llegó como esperanza y gobernó como decepción. No por falta de apoyo, sino por falta de carácter.

Tal vez sea mejor descubrir ahora estas flaquezas de Machado que después. Antes de idealizar a quien podría encabezar un cambio histórico. Antes de confundir oposición con liderazgo de Estado. Porque gobernar exige algo más que valentía retórica.

Señalar este error no implica —ni de lejos— apoyar a Maduro ni a su camarilla autoritaria. Al contrario: el periodismo crítico tiene la obligación de advertir cuando incluso los referentes democráticos se equivocan. Callar por simpatía es abdicar de la razón.

Hoy, la escena venezolana parece atrapada entre dos mujeres y un mismo problema: Delcy Rodríguez, dócil ante los intereses externos cuando conviene al régimen; y María Corina Machado, dispuesta a halagar al poder extranjero con la esperanza de destrabar su causa. Ninguna, por ahora, demuestra los arrestos necesarios para conducir a Venezuela a puerto seguro. Ojalá me equivoque.

Pero hoy, la palabra que se impone es una sola: decepción.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM

MAAZ