Cuando los hoteles también votan

Cuando los hoteles también votan

Hay algo particularmente humillante para un régimen cuando quienes empiezan a abandonarlo no son los opositores, los periodistas incómodos ni los activistas de derechos humanos. Sino que son los inversionistas. Los gerentes. Los contadores. Los consejos de administración. Gente poco dada a las consignas ideológicas y mucho más interesada en hojas de cálculo.

La noticia pasó relativamente desapercibida fuera de los círculos económicos nacionales e internacionales: una importante cadena hotelera española dejará de gestionar 15 hoteles en Cuba.

No se trata de una empresa cualquiera ni de una presencia reciente. Hablamos de una compañía que apostó por la isla durante décadas, sobrevivió a crisis, sanciones, cambios de gobierno y promesas de apertura que nunca terminaron de concretarse.

Cuando una empresa de ese tamaño decide reducir su presencia, el dato relevante no son los hoteles. Es el diagnóstico.

Durante años, el régimen cubano logró sostener una narrativa particularmente útil para su supervivencia: podía permanecer políticamente cerrado mientras seguía abierto a determinados negocios internacionales. Europa invertía. Canadá invertía. Algunas cadenas hoteleras seguían llegando. La economía se deterioraba, pero aún existía la percepción de que Cuba representaba una apuesta que, aunque complicada, era viable. Atractiva desde el punto de vista turístico.

Esa percepción parece estar cambiando. Los problemas de la isla ya no son coyunturales. Los apagones dejaron de ser excepcionales para convertirse en rutinarios. La escasez dejó de ser una crisis temporal para transformarse en condición permanente. La emigración masiva dejó de ser una válvula de escape para convertirse en síntoma de agotamiento nacional. Y el turismo, uno de los principales generadores de divisas, ahora está lejos de los niveles que alguna vez permitieron sostener la ficción de una recuperación posible.

A ello se suma —mas no es lo principal, que conste— el endurecimiento de la posición estadounidense. La administración Trump ha decidido incrementar la presión sobre las estructuras económicas vinculadas al aparato militar cubano, elevando los costos y riesgos para empresas extranjeras que mantienen operaciones en la isla.

Pero sería un error atribuirlo todo a Washington. Las sanciones pueden acelerar procesos. Lo que difícilmente consiguen es crear problemas donde no existen. Si una empresa abandona un mercado donde lleva décadas instalada, normalmente no lo hace por razones ideológicas. Lo hace porque sus ejecutivos observan el futuro y no les gusta lo que ven. Pienso que ahí reside la verdadera noticia.

Los países autoritarios suelen obsesionarse con las elecciones porque creen que la legitimidad depende exclusivamente de los votos. Sin embargo, existe otro tipo de plebiscito mucho más silencioso: el de la inversión. Cada empresa que llega emite un voto de confianza. Cada empresa que se va emite uno de desconfianza. Y esos votos suelen ser extraordinariamente difíciles de manipular.

Las estadísticas oficiales pueden maquillarse. Los resultados de las elecciones pueden alterarse. Los discursos pueden adornarse. Los medios controlados por el Estado pueden construir realidades paralelas. Lo que resulta mucho más complicado es convencer a un inversionista de comprometer millones de dólares en un lugar donde percibe que las reglas son inciertas y las perspectivas empeoran.

Por eso el caso cubano trasciende a Cuba. Lo que está ocurriendo en la isla constituye una advertencia para cualquier gobierno que crea que la concentración de poder puede sustituir indefinidamente a la certidumbre institucional. Durante algún tiempo, los capitales toleran arbitrariedades. Durante algún tiempo, las empresas aceptan riesgos políticos. Durante algún tiempo, incluso pueden convivir con sistemas crecientemente autoritarios. Pero existe un límite.

Douglass North, premio Nobel de Economía, explicaba que las instituciones son los mecanismos que reducen la incertidumbre. Cuando las instituciones se debilitan, la incertidumbre aumenta. Y cuando la incertidumbre aumenta demasiado y supera un umbral, la inversión simplemente busca otro destino. No hay discurso revolucionario capaz de modificar esa ecuación.

Quizá por eso la noticia resulta tan significativa. Porque los hoteles están haciendo algo que los gobiernos autoritarios rara vez admiten: revelar la diferencia entre la propaganda y la realidad. La propaganda insiste en que todo marcha bien. La realidad responde cerrando operaciones. Y cuando los hoteles empiezan a marcharse, tal vez no estemos observando una crisis turística. Tal vez estemos viendo algo más profundo: el momento en que la confianza, ese activo invisible del que dependen todas las economías, decide hacer las maletas.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM

MAAZ