El asalto de Trump al Pentágono
Desde el primer día de su primer mandato, el presidente Donald Trump se ha dedicado, entre sus múltiples tropelías, a politizar las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, sustituyendo la experiencia, la preparación y los méritos por la lealtad y la ideología.
Creyó haberlo conseguido en 2017 con "mis generales", cuando nombró jefe del Pentágono al ex general de Marines James Mattis (primer militar en ese puesto desde George Marshall en 1950), a otro ex general del mismo cuerpo, John Kelly, secretario de Seguridad Interior y, luego, jefe de Personal de la Casa Blanca, y a dos generales de tres estrellas (Michael Flynn y H. R. McMaster) como asesores de Seguridad Nacional.
No encontró en ellos la lealtad ciega que esperaba y, en dos años, casi todos habían sido destituidos de malas maneras o, como Mattis, se fueron antes de que los echara. A su único superviviente, Mark Milley, presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor (JJEM) de 2019 a 2023, uno de los pocos que llegaron hasta el final de su mandato, acabó acusándolo de traidor merecedor de la pena de muerte por haber hablado por teléfono con su alter ego chino para garantizarle que Estados Unidos no preparaban ataque alguno a China tras el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 y por negarse a militarizar las calles de EEUU.
"Cuando volvió a la Casa Blanca en enero del año pasado, desconfiaba profundamente de los militares en uniforme, convencido de que los generales retirados o en activo que había nombrado en su primer mandato habían boicoteado sus instintos unilateralistas y aislacionistas", señala en Foreign Affairs Max Boot. "Veía en todos estos generales una camarilla del Estado profundo que, según él, frustraba su mandato de MAGA [Make America Great Again] y estaba decidido a no caer en la misma trampa".
Para dirigir el Pentágono y meter en vereda a los uniformados eligió a un presentador de fin de semana de la Fox, Pete Hegseth, que nunca pasó de comandante de la Guardia Nacional, sin experiencia alguna en la dirección, organización y planificación de los ejércitos ni de ninguna otra empresa o institución, pero, como casi todos los demás miembros del nuevo gabinete, sumiso incondicional al jefe en lo que este mandara, legal o ilegal.
Con Hegseth desaparecieron los frenos de Mattis en el primer mandato para preservar las normas institucionales, y de su sucesor (2019-2020), Mark Esper, para incumplir órdenes peligrosas o ilegales. En su libro Sacred Oath, este denuncia numerosos ejemplos en los que resistió los impulsos más siniestros de Trump, como el despliegue de tropas contra las protestas que siguieron al asesinato de George Floyd y los bombardeos de centros culturales iraníes.
Sirvió de poco. En noviembre de 2020, nada más perder la reelección (sigue sin reconocer aquella derrota), Trump despidió a Esper con un tuit -a los tres miembros de su gabinete (Seguridad Interior, Seguridad Nacional y Justicia), ya fulminados en los primeros 14 meses de su segundo mandato, los ha cesado con mensajes en su red Truth Social- por negarse a utilizar al ejército contra los manifestantes y por oponerse públicamente a recurrir a la ley de Insurrección.
Al mes de tomar posesión, Hegseth ya había destituido a Charles Brown, el general de más alto rango del país y el segundo negro que llegaba a presidir la JJEM. Brown había cumplido sólo dos de sus cuatro años de mandato. Igual suerte, siempre sin explicar por qué, corrían la almiranta Lisa Franchetti, la primera mujer que dirigía la Armada, el número dos del Estado Mayor del Aire, James Slife, y los jueces encargados de la aplicación de la justicia militar en Tierra, Mar y Aire.
Estaba en marcha una purga sin precedentes de todo el que osara criticar las decisiones del presidente, empezando por la militarización de la frontera, la caza y expulsión en aviones militares de emigrantes y la eliminación de todos los programas a favor de la diversidad, la equidad y la inclusión en las fuerzas armadas (orden ejecutiva del 27/01/2025). Décadas de lucha contra el racismo y la discriminación sexual en los ejércitos, borradas de un plumazo a los siete días de tomar posesión.
Con la destitución, el pasado jueves, en plena guerra con Irán, del jefe del Estado Mayor del Ejército, general Randy George, del jefe del Mando de Entrenamiento y Transformación, general David Hone, y del general capellán del Ejército, William Green, sigue la purga.
Otros se han adelantado y han dimitido. El almirante Alvin Holsey renunció en diciembre a la jefatura del Comando Sur en protesta contra los ataques indiscriminados e ilegales a lanchas de supuestos narcotraficantes en el Caribe y el Pacífico, y el teniente general Jeffrey Kruse dimitió en agosto como jefe de la Agencia de Inteligencia de Defensa (AID), cuyos análisis del ataque a Irán en junio del año pasado no coincidían con los de Trump y Hegseth. Cinco semanas de guerra han demostrado que tenía razón. Las destituciones y dimisiones se cuentan por docenas.
Los jefes del Pentágono del primer mandato -incluso los más leales como el de los últimos tres meses (noviembre de 2020-enero de 2021), Christopher Miller- respetaron las tradiciones fundamentales, muchas veces contra la voluntad del presidente. Incluso cuando aplicaban los decretos de su jefe, trataron de mantener las relaciones institucionales, respetaron la supervisión del Congreso y defendieron las alianzas de Estados Unidos.
Con su segundo mandato, Trump ha arrasado con todos esos frenos. Hegseth no dirige o gestiona el Pentágono, lo ataca. No defiende las alianzas. Como fiel papagayo de su jefe, cuestiona o niega su valor. Y no trata de equilibrar las inevitables demandas enfrentadas o contradictorias que llegan cada día al secretario de Defensa (rebautizado de Guerra); las resuelve sin contemplaciones mediante pruebas de pureza ideológica.
En el modelo del primer mandato, líderes experimentados cumplían lo mejor que podían la agenda de la Casa Blanca evitando errores catastróficos. El modelo del segundo mandato parte de que la experiencia y el conocimiento son el problema, en vez de la solución. Se está comprobando cada día en las mentiras, la ignorancia, las contradicciones, los errores de cálculo, la incompetencia y los crímenes de guerra que se están cometiendo desde el 28 de febrero en Irán.
En los nuevos nombramientos, el tándem Trump-Hegseth violó las condiciones del Título 10 para la elección de presidente de la JJEM que todos sus antecesores habían respetado. El elegido, Dan Caine, nunca había sido vicepresidente de la JJEM, jefe de uno de los ejércitos ni jefe de operaciones de combate. Casi todos los destituidos en 2025 compartían haber sido nombrados o haber ocupado puestos de responsabilidad en el Pentágono de Lloyd Austin en la Presidencia de Joe Biden.