El muro financiero de Trump
Habría que prestar mucha atención a un hecho inédito: Estados Unidos comienza a rediseñar simultáneamente su frontera, su mercado laboral, su economía y su relación con la mano de obra extranjera. Todo lo que dice y hace este segundo gobierno de líder estadounidense con relación al exterior responde a esa transformación.
Durante décadas, la imagen de la migración fue sencilla de comprender. Un hombre cruzaba una frontera buscando trabajo. Del otro lado lo esperaba una economía que necesitaba sus manos. La discusión política se concentraba entonces en los mecanismos de acceso: visas, patrullas fronterizas, ladrillos, deportaciones y amnistías. La pregunta fundamental era quién sí podía entrar y quién no.
Hoy la pregunta comienza a ser otra. ¿Qué ocurre cuando una potencia económica ya no requiere ni la misma cantidad ni el mismo tipo de trabajadores que necesitó durante buena parte del siglo XX?
A todas luces, la administración de Donald Trump decidió generar la respuesta, si bien no todas las otras naciones parecen tener conocimiento pleno de ello. Sus recientes medidas para dificultar el acceso de migrantes indocumentados a determinados servicios financieros no constituyen solamente una política migratoria.
Forman parte de algo más amplio: una arquitectura destinada a elevar el costo de la existencia irregular dentro de Estados Unidos. Durante años, la frontera estuvo en el desierto de Arizona. Ahora comienza a instalarse en los bancos.
Una cuenta bancaria ya no es únicamente una herramienta para guardar dinero. Es identidad, trazabilidad, historial y supervisión. En las economías modernas, participar plenamente en la vida económica implica tener acceso a instituciones financieras, créditos, sistemas de pago y transferencias electrónicas. Limitar ese acceso significa reducir la capacidad de integración económica, cultural y social.
La innovación política no consiste en expulsar a millones de personas. Eso sería costoso, complejo y casi imposible. La innovación consiste en volver cada vez más incómoda la permanencia. No se trata de sacar al migrante. Se trata de convencerlo de que ya no pertenece ahí. Esa es una diferencia fundamental en política pública.
Los muros tradicionales intentaban impedir la entrada. Los nuevos muros buscan desalentar la permanencia. Son más discretos, menos espectaculares y mucho más sofisticados. No necesitan concreto ni acero. Ni tienen que ser físicos ni sustentados en procedimientos caros y laboriosos. Operan mediante regulaciones, requisitos administrativos y sistemas de vigilancia financiera.
Michel Foucault observó que el poder moderno funciona mejor cuando las personas terminan modificando su comportamiento por sí mismas. No hace falta perseguir a cada individuo. Basta construir un entorno donde cada persona perciba que está siendo observado. La política migratoria contemporánea parece avanzar precisamente en esa dirección.
Sin embargo, existe una dimensión todavía más profunda que suele quedar fuera del debate público. Las medidas impulsadas por Trump coinciden con una transformación tecnológica que podría alterar de manera radical el mercado laboral estadounidense. La inteligencia artificial, la automatización y la robotización, actuando al unísono, están comenzando a modificar sectores enteros de la economía, incluso más allá de los previsto por la propia Unión Americana.
Algunas tareas administrativas, logísticas, manufactureras e incluso profesionales ya pueden ser realizadas por sistemas tecnológicos cuyo costo disminuye año tras año.
Durante décadas, la migración fue una respuesta a una necesidad económica concreta: escasez de mano de obra para determinados trabajos. Millones de personas cruzaron fronteras porque existía una demanda real de trabajadores.
La pregunta estratégica para los próximos años es incómoda, pero inevitable. ¿Qué sucede cuando una parte creciente de esa demanda desaparece?
La discusión sobre migración suele presentarse como un debate moral, cultural o identitario. Tal vez estemos entrando en una etapa distinta. Y estemos observando el inicio de una redefinición económica mucho más profunda.
Las grandes potencias siempre han ajustado sus políticas migratorias de acuerdo con sus necesidades productivas. Cuando necesitaban trabajadores, abrieron espacios. Cuando dejaron de necesitarlos, comenzaron las restricciones. La diferencia es que esta vez la sustitución potencial no proviene de otro grupo de trabajadores. Proviene de algoritmos. Proviene de máquinas.
Proviene de sistemas capaces de operar veinticuatro horas al día sin prestaciones, sin sindicatos y sin procesos de regularización migratoria.
Vista desde esa perspectiva, la estrategia de Trump adquiere otra dimensión. No estaría construyendo únicamente una política antiinmigrante. Estaría preparando las condiciones para una economía que pretende depender menos de la inmigración en general.
Y si esa hipótesis resulta correcta, las consecuencias trascenderán por mucho a Estados Unidos. Durante décadas existieron países que encontraron en la migración una válvula de escape económica y social. Exportaban trabajadores, recibían remesas y reducían presiones internas que de otra manera habrían exigido reformas estructurales mucho más complejas.
Ese modelo funcionó mientras existió una demanda constante de mano de obra al otro lado de la frontera. Pero toda dependencia contiene una vulnerabilidad.
Particularmente cuando la demanda depende de decisiones tomadas en otro país y, cada vez más, de innovaciones tecnológicas que avanzan a una velocidad difícil deanticipar.
Quizá el verdadero significado de las medidas anunciadas por Washington no radique en los bancos ni en las cuentas financieras. Quizá estemos observando algo más importante. El comienzo del fin de una era en la que millones de personas podían asumir que siempre habría un lugar esperándolas del otro lado de la frontera.
Porque los viejos muros separaban territorios. El nuevo muro separa utilidades económicas. Y ningún muro resulta más difícil de derribar que aquel construido sobre la convicción de que tú ya no eres necesario.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ