La llegada del Papa a una España en la que se aprecia un despertar espiritual
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España, al menos desde mi perspectiva italiana, parece ser el país que ha experimentado la transformación más notable, pasando de ser una tierra profundamente católica a un lugar descristianizado. Esto también ocurrió en Italia, pero aquí la Iglesia sigue teniendo relevancia, incluso en la política. Por eso, por ejemplo, el matrimonio entre personas del mismo sexo no existe en Italia -las parejas homosexuales no pueden casarse ni adoptar hijos-; las llamadas leyes de muerte digna son mucho más estrictas, y ningún político italiano se declararía ateo, como hizo el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. No porque todos los políticos italianos crean en Dios, sino porque declararse ateo es inapropiado.
Pero incluso en España se aprecian indicios de un despertar espiritual. Quizá no en la práctica religiosa, pero sí existe una fuerte demanda de esperanza, de una perspectiva sobre la vida después de la muerte, de participación y de compromiso. Veremos si la visita del Papa logra captarlo y reavivarlo. León XIV habla español a la perfección, al igual que su predecesor. Y tendrá mucho que decir al pueblo español. A diferencia de Bergoglio, que tuvo relaciones difíciles con los líderes de la Iglesia española, este Pontífice es más mesurado, mucho más atento a la inclusión que a la división, más preocupado por mantener unidos a todos, progresistas y conservadores, o mejor dicho, por trascender estas categorías, que existen pero pertenecen más al ámbito político que al espiritual.
El viaje del Papa coincide con la publicación de su primera encíclica, Magnifica Humanitas. Estoy convencido de que, desde su deslumbrante inicio, se situará entre las más importantes de la Historia, junto con Pacem in Terris, de Juan XXIII, y Humanae vitae, de Pablo VI. Prevost eligió el nombre de León en homenaje a su lejano predecesor León XIII, quien escribió Rerum novarum para preparar a la Iglesia y a los fieles ante la revolución industrial, que trajo consigo, por un lado, la amenaza del socialismo y posteriormente del comunismo (Rerum novarum precede a la revolución bolchevique, pero en cierto modo la presagia), y, por otro, el peligro del capitalismo desenfrenado (y aquí estamos de nuevo).
Hoy, León XIV se enfrenta a otra revolución: la de la inteligencia artificial. Que, por cierto, proviene de su propio país, Estados Unidos. El Papa sabe que no se puede detener el viento con las manos, y que una encíclica no puede frenar el curso de la historia. Pero nos advierte de que pongamos la inteligencia artificial, como cualquier otro descubrimiento científico y avance tecnológico, al servicio de la humanidad, no en su contra. La IA debe servir a la humanidad, no borrarla ni reemplazarla para el beneficio -estrictamente libre de impuestos- de unos pocos.
Tras la reproducibilidad técnica de los cuerpos, con la clonación, hemos llegado a la reproducibilidad técnica de la mente. La humanidad se erige, o cree erigirse, como creadora. Una encíclica es un instrumento antiguo, empezando por su idioma, el latín, y empezando por su nombre, que en griego indica un mensaje destinado a circular, a llegar a todos, a volverse universal. Estoy seguro de que el Papa y sus comunicadores encontrarán la manera de llevarla también a las redes sociales, donde los jóvenes ahora obtienen su información.
Esperemos que, al final, las palabras del Pontífice prevalezcan sobre los intereses de sus (pocos pero muy poderosos) compatriotas. Lo que está en juego hoy es la dignidad de la especie humana; mañana, su propia supervivencia. El Papa estadounidense, de ascendencia italiana, francesa, española, africana y criolla, se presentó hace un año afirmando que Dios nos ama e invitándonos a amarnos los unos a los otros. León XIV se anuncia como el Papa de todos, el Papa del mundo. Por su historia personal como hijo de inmigrantes y misionero.
Por su mensaje de apertura a las "iglesias hermanas", a otras confesiones religiosas y -como expresó en una maravillosa frase destinada a perdurar- a "aquéllos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios": es decir, a casi todos nosotros. Y por la forma en que claramente pretende ser Papa: con la mayor humildad y, al mismo tiempo, con la mayor consciencia.
Aldo Cazzullo es periodista y subdirector del Corriere della Sera