Nostodemocracia

Nostodemocracia

Rotulé este artículo con un juego de palabras: “nostodemocracia”. Una lúdica combinación que no tiene pretensiones de filología científica. Tampoco busca imitar la gallardía literaria del legendario poema «Jabberwocky». Pretendo condensar en una frase -en una nuez del vocablo- la sensación que sentí al ver la versión en celuloide de Cristopher Nolan de la gesta mítica de la Odisea de Homero. Concentrar las emociones que la inducida, pos-fílmica, relectura de los poemas me produjo a décadas de mis primeras lecturas juveniles. Una frase que reflejara las lecciones que esta epopeya nos destila no solo en el andar individual, sino también en el colectivo.

¿Cómo es que un poema épico de hace siglos ha logrado mantener su vigencia narrativa? ¿Cómo -sin importar la versión que leamos, veamos, observemos o escuchemos de la Odisea- sigue siendo tan atrayente, tan magnética a siglos de su concepción? Hay, sin lugar a duda, muchas respuestas, pero quizás una es que la Odisea es la alegoría más detallada -y vigente- del complejo racimo de emociones que envuelve el “retorno” o “regreso” al estado idílico y pacífico del “hogar”, después de años de guerras y periplos. Este estado emocional los griegos lo encapsularían en la palabra nostos.

El vocablo griego nostos (??st??) significa: “retornar a salvo” o “volver a la luz y a la vida”. Pero cuando a este vocablo se le suma la palabra griega algos (?????), la aritmética lingüística nos arroja la fórmula conjuntiva de la palabra “nostalgia”.
Si algo tiene la Odisea es la capacidad de transmitir -atemporalmente- la eterna lucha del ser humano por el “retorno” a la paz, después de un doloroso deambular. La Odisea no solo es la historia de una persona. Es la historia de la humanidad. Somos profundamente “nostálgicos”. Profundamente arraigados a un “pasado” que se añora, se idealiza y del que se busca eternamente regresar. Añoramos un pasado que no conocimos. Lo purificamos de sus claroscuros. Lo fijamos como anhelo. Suspiramos por un pretérito epopéyico para construir un futuro onírico.

En México lo vemos: ya sea por aquellos que tiran a “babor” o los que jalan para “estribor”, todos anhelan vetustos o recientes pasados, ya sea por ejemplo la gobernanza de Benito Juárez, la arrogancia de Porfirio Díaz o el estoicismo de Francisco I. Madero. Alzan las velas del pasado. Usan las brújulas del pretérito para guiar nuestro futuro. La nostalgia como botín político.
La taxonomía del pasado como usufructo político es justo lo que Svetlana Boym nos muestra en su libro El futuro de la nostalgia. Svetlana nos muestra cómo -al igual que en México- los actores políticos manipulan el anhelo ciudadano de estabilidad y pertenencia en tiempos de crisis y quiebre, destruyendo todo lo existente para “retornar” a los valores perdidos. Existe -como nos ilustra Boym- un populismo “nostálgico” que alega la grandeza sin claroscuros de un pasado distante, para controlar la narrativa del futuro.
Considero que, ante este populismo nostálgico, debemos apelar a un nostos democrático. A un regreso a los valores democráticos, pero no con la añoranza de un pasado idílico, sino reconociendo en qué se falló y aceptando que los engranajes actuales de la democracia liberal no han podido contener los virajes populistas.

Un 'retorno' con aprendizaje. Enfrentado y asimilando enseñanzas y errores. Un regreso de ebullición lenta es el “nostos” de Odiseo. En el reverso de la historia: Agamenón buscó un retorno con anhelos idílicos. Sin cambios. Con glorias y guirnaldas. No encontró la paz ni la tranquilidad, solo los estertores de un fatídico destino.

Que el retorno a la ‘regularidad' y 'tranquilidad' en épocas de destrucción, intolerancia y polarización representen una verdadera 'nostodemocracia': un esfuerzo cívico y cultural por curar la alienación y reconstruir el espacio público como nuestro único hogar compartido.

No aceptemos más las nostalgias populistas. Icemos las velas para emprender nuestro propio nostos cívico. Imaginemos el retorno a la 'tranquilidad democrática' como nuestra 'nostodemocracia'. Rechacemos las promesas de un nacionalismo nostálgico, que alimenta el sectarismo al intentar forzar un retorno a una supuesta pureza original inalcanzable.

En su lugar, el verdadero 'regreso a casa' no consistirá en revertir las arenas del reloj, sino en cultivar una empatía que nos permita habitar nuestras diferencias pacíficamente, aceptando que el mundo ha cambiado, pero que nuestro compromiso de compartirlo permanece intacto.

El retorno a la regularidad democrática no es un lotófago desvarío. La normalidad democrática es nuestra Ítaca. Asumamos nuestra travesía.

POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ

Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación

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