Qué dice la psicología de las personas que siempre sienten vergüenza

Qué dice la psicología de las personas que siempre sienten vergüenza

Todos hemos sentido vergüenza alguna vez. Ese nudo en el estómago, esa sensación de querer que la tierra nos trague cuando sentimos que estamos siendo juzgados. Sin embargo, hay personas para las que la vergüenza se convierte en compañía constante que condiciona cada decisión y limita la forma en la que viven su día a día. Desde cómo se visten, a qué se atreven a decir, incluso a qué oportunidades se animan a presentarse, la vergüenza puede convertirse en un freno que dicta nuestro comportamiento más de lo que pensamos.

Te recomendamos

Para entender mejor cómo surge, por qué nos afecta tanto y cómo podemos empezar a liberarnos de su influencia, hablamos con Meritxell García Roig, formadora, coach y autora del libro Sin Vergüenza (Editorial Urano). Según ella, esta emoción, puramente social, no solo nos protege, sino que también puede encerrarnos en una jaula de inseguridad, moldeando nuestra autoestima, nuestra relación con los demás y la manera en la que nos presentamos al mundo.

Mujer tumbada en el césped con la mano en la boca y vergonzosa© Getty Images

¿Qué es exactamente la vergüenza desde el punto de vista psicológico?

Para mí, la vergüenza es ese nudo en el estómago que mezcla el miedo a que nos dejen de querer con la tristeza de no sentirnos suficientes. Es una emoción puramente social: si estuviéramos solos en una isla desierta, no existiría. Aparece en el momento en que hay "otro" mirando. Es ese foco que se enciende sobre nosotros y nos hace querer que la tierra nos trague.

¿Por qué sentimos vergüenza y cuál es su origen emocional?

Antiguamente, la vergüenza era nuestra garantía de supervivencia. Si la tribu te rechazaba, morías de hambre o de frío. Hoy ya no cazamos mamuts, pero hemos cambiado la seguridad del grupo por la corrección social. Sentimos vergüenza para no saltarnos las normas no escritas, pero el problema es cuando esa emoción se vuelve tóxica. Entonces, cualquier mirada ajena sube el volumen de nuestro autorrechazo interno y entramos en una espiral donde nosotros mismos somos nuestros peores jueces.

Mujer tímida con las manos en la cabeza© Getty Images

¿De qué manera condiciona nuestras decisiones diarias?

Nos encierra en una jaula de oro. Es esa incomodidad cómoda que nos susurra: "Mejor no digas nada, mejor no te pongas esa ropa, no levantes la mano." Dejamos de ser auténticos por puro pánico al rechazo. Yo misma he dejado de hacer cosas que me apasionaban solo por no ser el centro de atención y evitar ese juicio que imaginaba en los demás.

¿Cuál es la diferencia entre vergüenza y timidez?

A menudo las confundimos, pero no son lo mismo. La timidez es un rasgo, una forma de estar en el mundo, más reservada o pausada. Puedes ser tímido y estar en paz contigo mismo. La vergüenza, en cambio, duele. Lo importante no es si eres extrovertido o tímido, sino si te sientes cómodo siendo tú. Hay muchas formas de mostrarse, y la timidez es una de ellas, igual de válida que cualquier otra.

Mujer con las manos en la cabeza vergonzosa© Getty Images/Tetra images RF

¿Cómo se relaciona con la autoimagen o la autoestima?

Aquí es donde la herida es más profunda. Si crees que "ser tú" está mal, tu autoestima se desploma. Yo he luchado batallas agotadoras con mi propio cuerpo. Recuerdo que en la adolescencia me decían eso de “eres muy guapa de cara”, una frase que se te clava como un dardo porque te está diciendo que el resto de ti no encaja. Ser diferente es difícil porque no tienes mapas, vas a ciegas. Pero llega un día en que entiendes que lo mejor que sabes hacer es ser tú misma, aunque tengas un cuerpo no normativo y aunque amarte así incomode a los que esperan que pidas perdón por existir.

¿Y qué diferencia hay entre vergüenza y culpa?

Para mí la diferencia es clave: la culpa es sentir que has cometido un error; la vergüenza es sentir que tú eres el error. La culpa se puede reparar pidiendo perdón o aprendiendo. Pero con la vergüenza el camino es la aceptación radical. No vamos a gustar a todo el mundo, es imposible. Pero hay una persona a la que no puedes permitirte decepcionar, y esa persona eres tú misma.

Mujer tumbada en el sofá mirando a cámara © Getty Images

¿Qué papel juega en nuestras relaciones y en cómo nos presentamos al mundo?

Nos hace llevar una máscara.s que somos fuertes, que las críticas nos resbalan, que todo está bajo control. Creamos un personaje para que nadie vea el dolor que nos causa el miedo a ser rechazados. En la toma de decisiones, la vergüenza directamente quita opciones de la mesa: ni siquiera te planteas presentarte a ese puesto o escribir ese libro porque el síndrome de la impostora te bloquea. Trabajar la vergüenza es volver a poner todas esas opciones sobre la mesa y elegir la que te conecta con quien eres de verdad, asumiendo el riesgo de que te critiquen.

¿Podría tener un lado positivo?

Claro, tiene una utilidad. A nadie se le ocurriría desnudarse en medio de una conferencia; la vergüenza regula nuestra convivencia. Es una alarma que nos avisa de que hay ojos mirando. El truco está en saber cuándo esa alarma nos protege de un comportamiento socialmente inadecuado y cuándo nos está encadenando a un espacio demasiado pequeño para nuestra alma.

mujer mirando a cámara tapándose el rostro con el cuello del jersey© Getty Images

¿Cómo podemos empezar a liberarnos de su influencia?

Lo primero es dejar de esconderla y empezar a nombrarla. A veces la camuflamos de miedo, de pereza o de "es que esto no se me da bien". En el libro me abro en canal y cuento mis propias vergüenzas, no para dar una lección, sino para que quien me lea diga: "A mí también me pasa". Cuando compartes tu vulnerabilidad, la vergüenza pierde su poder. Deja de ser un secreto oscuro para convertirse en una experiencia compartida.