Un chacal de apellido Infantino

Un chacal de apellido Infantino

El futbol profesional es privado. Tan privado como cualquier otro deporte que esté bajo el paraguas del Comité Olímpico Internacional y/o de las federaciones internacionales o nacionales, entre ellas la FIFA y la Federación Mexicana de Futbol.

Luego entonces, lo que Gianni Infantino pretendió, al intentar vender el evento llamado Copa del Mundo, no era privatizar el futbol, sino más bien lucrar, aún más, tratando de extorsionar y sobornar a las asociaciones miembro y las confederaciones continentales en las que está organizado el futbol. Insisto, supuestamente, un organismo sin fines de lucro.

La teoría

Eso está estipulado en sus estatutos, una suerte de carta magna en la que descansan los principios que lo rigen que, igual que cualquier otra asociación civil, está mandatado por su asamblea, es decir, por sus miembros con derecho a voz y voto.

Es esa asamblea la que pone o quita al presidente de la FIFA, son esas asociaciones, una por cada uno de los 211 países afiliados, las que también determinan cómo se otorgan las sedes mundialistas.

Es, en teoría, una democracia. Lo mismo vale el voto de la federación inglesa de futbol que la de Honduras.

 Pero si algo nos dejó el FIFA Gate y otras investigaciones periodísticas y judiciales que se han realizado es que la corrupción de algunos de sus afiliados y de los hombres más poderosos de la FIFA es que el futbol que a todos enamora es sólo el pretexto perfecto para llenar de dinero las arcas de este organismo —vuelvo a insistir, sin fines de lucro— y las de un grupo muy selecto de señores.

El eterno problema

Las historias de cómo gestionaron la FIFA el brasileño Joan Havelange y su sucesor, el suizo Joseph Blatter, son harto conocidas. Cómo el dinero y lo comercial siempre van por delante, pero la ambición y voracidad de Infantino no tiene límites.

Su ultimátum rapaz —que incluso motivó que dos de sus más cercanos colaboradores le dieron la espalda—
lo desenmascaró.

Es un peligro para los intereses de quienes le confiaron la presidencia de la FIFA creyendo que nunca más volvería a haber un FIFA Gate. A unos meses de que concluya su mandato y hasta ahora sin un opositor, el italiano firmó su sentencia de muerte.

Y no es que quienes manejan las confederaciones del futbol a nivel mundial o los presidentes de las asociaciones miembro sean blancas palomas, pero saben que por sus excesos la cabeza de ese chacal llamado Gianni Infantino debe rodar.

Deberán, a toda prisa, encontrar al sustituto y la manera de poner candados en la gobernanza y toma de decisiones de la FIFA.

Nada de esto es por el futbol, por los futbolistas o los aficionados. Simplemente es que para que el jugoso pastel que se construye con las ganancias que llegan cada vez que rueda el balón se reparta entre quienes se arrogaron el derecho de explotación del futbol. El futbol no es nuestro, ni es un bien público. Es un negocio.

POR BEATRIZ PEREYRA

COLABORADORA

Twitter: @beatrizapereyra

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