Elogio en el poder

Elogio en el poder

El ejercicio del “poder”, en cualquier cargo, encargo o despacho viene con un terrible predicamento. Una preocupante añadidura: el elogio. La alabanza hacia quienes ejercen el poder es un ciclo interminable de narrativa aduladora, endulzante y embriagadora, cegadora y complaciente.

El elogio es connatural al propio poder. El ejercicio del poder conduce a esa máxima: aplausos aún en las sinrazones, efervescencia festiva y estridente. Es ceguera compartida. Es un festín colectivo de adulación.

En tiempos de masificación digital, el elogio se ha enraizado aún más en las aristas del poder. Es magnificada por los mil artilugios que la sociedad hiperconectada pone a su disposición. No sólo es una reacción connatural a éste, es también un oficio y profesión. El posmoderno oficio del testaferro digital de la verdad o el sempiterno artesano de las alabanzas, usufructuando la exaltación desbocada al ocupante del sitial, como una variable del fetiche hacia el poder.

Si algo destruye la senda pacífica del ejercicio del poder, es la hipertrofia del halago y la insensibilidad para rechazarla del receptor. Ya hace más de 400 años, Nicolas Maquiavelo buscó explicar en el capítulo XXIII de “El Príncipe” la importancia de la verdad objetiva para la vitalidad del Estado y los peligros de la adulación para el gobierno. Sus advertencias siguen vigentes y permanentes.

Si el elogio erosiona la cordura en el poder, el autoelogio es la semilla de su sinrazón. “Piropo en boca propia es vituperio” dice el refrán popular, pero el piropo, el auto halago, la auto glorificación es el nuevo fetiche del poder popular. Del poder de los aplausos, y los halagos. Democracia de vituperio.

Hoy lo vemos: se presentan como demócratas, pero si se difiere de ellos, se critican sus políticas, se disiente de sus acciones, se opina distinto, nos convertimos, sin mayor tribuna, en enemigos, traidores e hipócritas.

Solo hay espacio para la marrullería, el aplauso, y para replicar el auto halago: la disidencia es la ruidosa tonalidad con que irrumpimos la sinfonía de complacencias y alabanzas en que se ha convertido la copla de nuestra roída democracia.

Lo vimos en las festividades deportivas que se gestan en nuestro país. Al margen de la pasión competitiva, se erigieron voces y protestas que buscaban salir de los replicadores de halagos y lisonjas. Que buscaban en los reflectores internacionales nuevos canales de protesta y disidencia.

Madres que buscan el latido etéreo del hijo desaparecido, personas juzgadoras que esperan su prometida indemnización, o profesores que exigen el cumplimiento de promesas forjadas al calor electoral, fueron algunas de las disonancias que rompieron el elogio permanente hacia el poder y que son -compartamos o no sus posturas-, el latido débil que marcan el sonar de una democracia, plural, divergente y variada.

Se necesita crítica, disidencia, pluralidad hacia el ejercicio del poder. El halago y el auto elogio sólo erosionarán aún más nuestra apolillada democracia.

Si desde el poder se buscar forjar una unívoca voz nacional en la sinfonía uniforme del elogio, valdría la pena recordar lo que Marco Aurelio alguna vez dijo en sus “Meditaciones” (Libro IV, 19): “[…] al viviente, ¿de qué le sirven las alabanzas, sino se tiene la mira en alguna utilidad de gobierno? Abandona, pues, ahora como intempestivo este afán que te priva de cuidar tus dotes naturales pendiente como estás de la opinión ajena”.

POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ 
MINISTRO EN RETIRO DE SCJN

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