Lorena Cos, psicóloga deportiva: "Cuando un padre se enfada desde la grada, el niño deja de estar centrado en jugar y pasa a estar pendiente de la reacción del adulto"
En las gradas de cualquier pabellón o campo de juego infantil se juega un partido paralelo, el de los adultos que, sin darse cuenta, viven el deporte con más intensidad que sus propios hijos. Lo que debería ser un espacio de juego y aprendizaje se convierte a veces en un escenario de presión, expectativas y emociones desbordadas. Por eso, hay niños que saltan al campo con ilusión mientras que otros que lo hacen mirando de reojo a la grada. No temen fallar una jugada, temen la reacción de quien los acompaña. Cuando el rendimiento pesa más que el disfrute, los niños empiezan a jugar para evitar errores, no para aprender. Y el deporte, lejos de ser un refugio, se convierte en una fuente de presión.
Sobre todo ello hemos tenido la ocasión de hablar con Lorena Cos, psicóloga deportiva, y autora del libro Perder también es de campeones. Lo que las derrotas pueden enseñarte.
¿Qué está pasando para que algunos padres vivan el deporte de sus hijos con más intensidad que los propios niños?
Muchas veces no tiene que ver con el niño, sino con el adulto. Pasa esto porque sin darse cuenta, se activan partes propias no resueltas: experiencias pasadas, oportunidades que no tuvieron, necesidades de reconocimiento o sensación de no haber sido suficientes.
Es lo que podríamos entender como el “adulto herido”, que proyecta en el hijo una forma de reparar o completar algo propio. El problema no es la implicación en sí, sino desde dónde se hace: cuando nace de esa herida, el foco deja de estar en el niño y su proceso, y pasa a estar en lo que el adulto necesita resolver.
¿Puede ser que el deporte infantil se haya convertido en un terreno donde muchos adultos proyectan expectativas, frustraciones o deseos personales?
Cuando uno no ha aprendido a gestionar su frustración, cualquier espacio puede convertirse en un lugar donde proyectarla. En el deporte infantil, aún más, porque también entran en juego la identidad, el reconocimiento y la necesidad de “hacerlo bien” como adulto progenitor.
Por eso, en mi libro Perder también es de campeones, hablo del papel de quien acompaña: no podemos entender la gestión de la derrota de un niño sin mirar al adulto que tiene al lado. Somos guías del proceso, y desde ahí es clave revisar desde dónde estamos acompañando.
Es lo que podríamos entender como el “adulto herido”, que proyecta en el hijo una forma de reparar o completar algo propio
¿Qué señales indican que un padre está cruzando la línea de la exigencia saludable?
Aspectos que tienen que ver con el nivel de implicación emocional y el foco que pone en el rendimiento. Por ejemplo, cuando el resultado afecta más al adulto que al propio niño, cuando hay presión constante por ganar o mejorar, o cuando se corrige de forma continua desde la grada o después de competir.
También aparece cuando el error no se tolera bien, cuando el niño siente que decepciona o cuando el deporte deja de ser un espacio de disfrute y pasa a vivirse con tensión. En el fondo, la señal más clara es cuando el niño deja de ser el centro del proceso y pasa a serlo la expectativa del adulto.
¿Cómo afecta a un niño que sus padres se enfaden, griten o se frustren más que él durante un partido o entrenamiento?
Cuando un padre se enfada desde la grada, el niño deja de estar centrado en jugar y pasa a estar pendiente de la reacción del adulto. Esto genera tensión, inseguridad y miedo a equivocarse, porque el error ya no es solo parte del aprendizaje, sino algo que puede provocar enfado o decepción.
¿Qué consecuencias puede tener a medio y largo plazo esta presión en su autoestima, motivación y relación con el deporte?
A corto plazo, afecta al rendimiento: el niño juega más rígido, con menos libertad y tomando peores decisiones.
A medio y largo plazo, puede impactar en su autoestima y en la relación con el deporte, que deja de ser un espacio de disfrute para convertirse en una fuente de presión.
Además, se deteriora el vínculo, porque el niño no siente apoyo incondicional, sino evaluación constante.
El niño deja de centrarse en el juego y empieza a jugar para evitar el error para no provocar esa reacción. Ya no compite, se protege
¿Qué cree que pasa por la cabeza de los niños cuando ven a sus padres perder los nervios en la grada?
Destacaría una mezcla entre vergüenza y miedo. Vergüenza por sentirse expuesto delante de los demás, por notar que la reacción de su padre llama la atención y le señala.
Y miedo, porque no sabe cómo va a reaccionar, ni cuándo, ni por qué, lo que le lleva a estar en constante alerta. En ese estado, el niño deja de centrarse en el juego y empieza a jugar para evitar el error, para no provocar esa reacción. Ya no compite, se protege.
Esto, además, depende mucho de la edad, porque la forma en que el niño interpreta y gestiona lo que ve cambia con su nivel de desarrollo. En edades más tempranas, suele vivirse de forma más emocional e inmediata, con confusión, llanto o bloqueo, sin una comprensión clara de lo que está pasando. A medida que crecen, aparece una lectura más consciente de la situación, con más responsabilidad o incluso culpa, y una mayor tendencia a anticipar la reacción del adulto.
¿Qué piensa que lleva a un adulto a comportarse de forma desproporcionada en un contexto que debería ser lúdico y educativo?
Cuando el deporte se vive desde la exigencia y no desde lo educativo, el error del niño deja de entenderse como parte del proceso y se interpreta como un problema. Aquí aparece algo clave: la dificultad de muchos adultos para convivir con la derrota, con la incertidumbre o con que las cosas no salgan como esperaban.
¿Hay perfiles de padres más propensos a este tipo de conductas?
Más que perfiles concretos, diría que hay adultos con diferentes niveles de trabajo emocional previo. En muchos casos, lo que aparece es un adulto herido que no ha elaborado bien su propia relación con la frustración, la exigencia o la incomodidad. Y desde ahí, el deporte del hijo se convierte en un escenario donde se activan esas partes no resueltas.
A veces olvidamos que ser adulto no significa tener todo integrado, y que en ese intento de “criar campeones” estamos acompañando a personas que mañana también serán adultos, con sus propias heridas si no aprendemos a mirar esto a tiempo.
¿Qué papel juegan las redes sociales, la competitividad creciente o la idea de “tener un hijo talentoso” en esta presión?
Las redes sociales amplifican mucho todo esto, porque convierten el rendimiento del niño en algo visible, comparado y, en cierto modo, “expuesto”. Ya no es solo lo que ocurre en el campo, sino cómo se percibe, se comenta o se comparte. Esto puede aumentar la presión en los adultos, que sienten que el talento de su hijo también les representa a ellos.
Aparece la necesidad de mostrar, de validar y de no “quedarse atrás”, lo que puede intensificar expectativas y reacciones. Además, se pierde a veces la perspectiva del proceso, porque las redes tienden a mostrar el resultado y no todo lo que hay detrás, reforzando una visión más exigente y menos educativa del deporte.
¿Cómo se puede fomentar la motivación sin caer en la exigencia excesiva?
La motivación se construye poniendo el foco en el proceso, no en el resultado.
Cuando el niño siente que se valora su esfuerzo, su aprendizaje y su implicación, es más fácil que conecte con el deporte desde el disfrute y no desde la presión. La exigencia aparece cuando el mensaje está centrado en rendir, ganar o cumplir expectativas. En cambio, motivar es acompañar, ajustar y generar un entorno donde el niño quiera volver, no donde sienta que tiene que demostrar.
Cuando el niño siente que se valora su esfuerzo, su aprendizaje y su implicación, es más fácil que conecte con el deporte desde el disfrute y no desde la presión
¿Qué deberían recordar siempre los padres cuando acompañan a sus hijos en el deporte?
Que su hijo no necesita un entrenador en casa que le enseñe a no fallar, necesita un adulto que le enseñe a sostenerse cuando las cosas no salgan.
El deporte es solo una parte de su desarrollo, no lo define todo. Su papel no es presionar ni dirigir constantemente, sino ser un apoyo estable, especialmente en los momentos difíciles. Porque los niños no recordarán tanto lo que ganaron o perdieron, sino cómo se sintieron y quién estuvo a su lado en ese proceso.
¿Qué le diría a un padre que se ha dado cuenta de que quizá está exigiendo demasiado?
Lo primero, que darse cuenta ya es un paso muy importante. Lo segundo, que no necesita hacerlo perfecto, solo necesita estar dispuesto a mirar hacia dentro y revisar su acompañamiento.
A partir de ahí, le invitaría a parar y explorar desde dónde está acompañando: si desde la expectativa o desde el apoyo. No se trata de dejar de implicarse, sino de hacerlo de otra manera, entendiendo que el error forma parte del camino y que su hijo no necesita más presión, sino más seguridad.
Hemos tenido la ocasión también de hablar sobre este tema con José G. Donate, psicólogo de Instituto Centta.
¿En qué momento el deporte infantil dejó de ser un espacio de juego para convertirse en un escenario de rendimiento?
Creo que no hay un momento concreto, sino un cambio progresivo. Cada vez vivimos en una cultura más centrada en el rendimiento y los resultados, y eso ha llegado también al deporte infantil. En muchos casos, el juego ha dejado paso demasiado pronto a la presión por ganar o destacar.
El problema no es el rendimiento en sí, sino que aparezca antes de tiempo. Cuando se pierde el juego, el disfrute, la ilusión y el aprendizaje, también se pierde la motivación.
Y es que, aunque el deporte exige esfuerzo, para mantenerse en el tiempo tiene que haber disfrute. Cuando un niño empieza a asociarlo más con presión o sufrimiento, no solo baja su rendimiento, sino que acaba planteándose si quiere seguir o no.
¿Qué mecanismos psicológicos explican que un adulto pierda el control emocional en un partido de niños?
Principalmente tiene que ver con una mala gestión emocional.
Muchos padres viven el partido con una implicación muy alta, donde entran en juego expectativas, ilusión, frustración o incluso miedo a que su hijo falle. Cuando no saben gestionar esas emociones, pueden acabar perdiendo el control.
Lo curioso es que, en muchos casos, esa reacción es precisamente lo que más perjudica al niño. Algunos acaban asociando la competición con tensión o miedo a fallar, no por el partido en sí, sino por lo que ocurre alrededor.
En muchos casos, el juego ha dejado paso demasiado pronto a la presión por ganar o destacar
¿Puede haber un componente de identidad (“mi hijo es mi reflejo”) que intensifique estas reacciones?
Sí, puede haber un componente importante de identidad.
En algunos casos, los padres proyectan en sus hijos lo que ellos no pudieron conseguir, intentando que alcancen esos objetivos y, sin darse cuenta, generando una presión excesiva.
Pero no solo ocurre desde la frustración. También puede pasar en padres o entrenadores que han tenido éxito, donde aparece la exigencia de estar a la altura de ese nivel.
En ambos casos, el niño deja de vivir el deporte como algo propio y empieza a sentir que está representando a otro. Y ahí ya no es miedo a rendir, sino miedo a decepcionar, una presión que suele ir acompañada de un peor rendimiento.
¿Cómo influye la comparación constante con otros padres y otros niños?
La comparación constante no suele ayudar tanto como parece. En el caso de los niños, compararlos con otros compañeros puede generar más presión que motivación. Frases como “mira cómo lo hace este” pueden hacer que el foco deje de estar en mejorar y pase a estar en no quedarse por debajo. Es cierto que tener referentes puede ser positivo, pero siempre entendiendo que cada niño tiene su propio ritmo y sus propias capacidades.
Cuando la comparación es constante, en lugar de motivar, suele aumentar la exigencia y la presión, y eso acaba afectando tanto al rendimiento como al disfrute.
¿Qué señales muestran los niños cuando empiezan a vivir el deporte con ansiedad en lugar de disfrute?
Cuando un niño empieza a vivir el deporte con ansiedad, pueden aparecer varias señales. Puede haber cierta resistencia o un rendimiento por debajo de su nivel habitual, aunque no siempre tiene por qué ser así. También pueden aparecer síntomas como nerviosismo excesivo, dificultad para dormir, irritabilidad o falta de ganas de entrenar.
En algunos casos, incluso pueden aparecer explosiones emocionales, que suelen reflejar una presión interna elevada. Además, el deporte deja de vivirse con ilusión y empieza a sentirse como una obligación, una fuente de estrés o, en el peor de los casos, como un castigo.
Al final, el cambio más evidente es ese: cuando desaparece el disfrute y aparece la presión, el niño empieza a desconectarse emocionalmente de la actividad.
¿Cómo afecta a su capacidad de gestionar la frustración ver a sus padres no saber gestionarla?
Pedir a los hijos que gestionen sus emociones cuando los padres no han aprendido a hacerlo es como pedirles que no fumen con un cigarro en la mano.
Muchas veces los niños aprenden por lo que ven y tienden a repetir patrones. Por eso, si ven que sus padres gestionan todo desde la frustración o el enfado, es muy probable que acaben haciendo lo mismo.
¿Qué ocurre cuando el niño empieza a practicar deporte “para no decepcionar” en lugar de por placer?
Como comentábamos antes, aparece un aumento de la presión y, con ello, del estrés. Este estrés acaba dificultando que el deportista muestre su verdadero potencial. Y es que no es lo mismo competir para dar lo mejor de uno mismo que hacerlo para evitar un problema en casa.
¿Qué diferencias observa entre deportes individuales y deportes de equipo en este fenómeno?
En ambos casos, tanto en deportes individuales como de equipo, la presión del entorno puede afectar al rendimiento y al bienestar del deportista. La diferencia principal es que, en los deportes de equipo, esa presión a veces se diluye entre los compañeros, mientras que en los deportes individuales recae de forma más directa sobre el propio deportista.
Por eso, en los deportes individuales es más frecuente que esa presión y ese estrés se vivan de forma más intensa, aunque siempre dependerá de factores como el entorno o las características personales de cada niño.
¿Qué mensajes deberían transmitir los entrenadores a las familias desde el primer día?
Desde el primer día, los entrenadores deberían transmitir a las familias que entienden la ilusión que tienen por sus hijos, pero que es importante confiar en su trabajo y en el proceso. También es clave dejar claro que el deporte debe ser, ante todo, un espacio de disfrute y desarrollo para el niño, no solo de resultados. Cuando la presión por rendir se impone demasiado pronto, el deporte deja de ser un lugar positivo y eso puede afectar tanto al rendimiento como a la continuidad del propio niño en la actividad.





