¿Quién ganará?

¿Quién ganará?

Hubo un tiempo en que el Mundial se explicaba con una frase sencilla: “once contra once, para que al final gane Brasil”... Después llegaron las cábalas, las quinielas de oficina, el tío que juraba tener “un sistema infalible”, y finalmente arribó la época en la que un banco de inversión, un algoritmo y una inteligencia artificial pretenden descifrar el destino del futbol mejor que los propios futbolistas.

El siglo XXI convirtió incluso la pasión deportiva en una hoja de Excel. Así que para el próximo Mundial ya circulan modelos econométricos capaces de proyectar al campeón utilizando variables que van mucho más allá de la cancha: PIB, clima, localía, estabilidad económica, rendimiento histórico y hasta patrones estadísticos de presión competitiva. El más comentado es el de Panmure Liberum, firma financiera británica que presume haber acertado a los campeones de Brasil 2014, Rusia 2018 y Qatar 2022.

Según esa proyección, esta próxima final será entre Portugal y Países Bajos, coronando a la llamada “Naranja Mecánica”. El mismo ejercicio anticipa algo todavía más cinematográfico: Lionel Messi enfrentando a Cristiano Ronaldo en un último duelo mundialista. Netflix no podría haber escrito un cierre mejor para dos décadas de hegemonía futbolística.

Aunque el propio modelo admite algo revelador: apenas logra explicar cerca del 55 por ciento del rendimiento real de una selección. Es decir, todavía existe un pequeño inconveniente para los algoritmos: el comportamiento circunstancial de los seres humanos…

Por eso el futbol sigue resistiendo. Porque ningún modelo matemático puede anticipar un penal fallado, una lesión absurda, un portero inspirado o el colapso emocional de una potencia entera frente a un equipo que, en teoría, “no debía estar ahí”. El futbol conserva esa hermosa capacidad de humillar expertos. Incluso la inteligencia artificial tiene sus propias diferencias internas. ChatGPT, por ejemplo, proyecta que la final será entre Argentina y Francia, con una nueva coronación albiceleste. Las casas de apuestas, en cambio, colocan a España y Francia como favoritas principales, y las cadenas deportivas insisten en que el dominio europeo marcará el torneo.

O sea que el viejo pulpo Paul, visto a la distancia, parece menos ridículo que varios analistas financieros. Al respecto de esto último, para mí, lo que me parece extraordinario es que hoy existan modelos capaces de calcular probabilidades futbolísticas con más seriedad metodológica que muchos gobiernos elaborando políticas públicas.

Pero quizá lo verdaderamente interesante no sea quién levantará la copa, sino en qué terminó convertido el Mundial. La FIFA de Gianni Infantino ya no parece una organización deportiva sino una compañía global de entretenimiento con balón incluido. El torneo dejó de ser únicamente futbol para convertirse en un ecosistema comercial donde conviven derechos de streaming, espectáculos musicales, patrocinios planetarios y estrategias de consumo diseñadas con una década de anticipación.

La incorporación de artistas al estilo del medio tiempo del Super Bowl no es un detalle menor. Durante años existieron canciones oficiales y ceremonias protocolarias; ahora el Mundial entra de lleno a la lógica NFL: convertir cada partido en una experiencia multiplataforma donde el espectáculo importa tanto como el marcador.

En México participarán artistas como Belinda, Alejandro Fernández, Maná, Los Ángeles Azules y Lila Downs. Estados Unidos apostará por Katy Perry y Lisa, de Blackpink; Canadá hará lo propio con Michael Bublé, Alanis Morissette y Anitta. Y para la final ya se anuncian nombres diseñados para incendiar redes sociales más que estadios: Shakira, Madonna y BTS.

La FIFA entendió algo antes que muchos gobiernos: en la economía contemporánea el espectáculo vale más que la ideología.

Por eso tampoco sorprende que Infantino haya decidido terminar la histórica relación con Panini después de décadas produciendo los álbumes mundialistas. El Mundial de 2030 será el último con la marca que acompañó generaciones desde México 70. La nostalgia también se concesiona.

Y ahí aparece una paradoja fascinante: el Mundial de 2030 —que tendrá lugar en España, Portugal y Marruecos—, lleva años planeándose con precisión quirúrgica. Infraestructura, logística, patrocinios, calendarios, rutas aéreas, experiencias digitales, entretenimiento y derechos comerciales se diseñan con horizontes de una década. Mientras tanto, en buena parte de la política contemporánea, planear más allá de un sexenio se considera ciencia ficción.

Naturalmente, un torneo no enfrenta la complejidad de gobernar un país. Pero la diferencia cultural sigue siendo reveladora: el futbol global aprendió que la improvisación cuesta dinero; muchos gobiernos todavía creen que cuesta votos y poco menos que eso.

Al final, quizá el Mundial ya no trate únicamente de futbol, sino de audiencias, algoritmos, espectáculo, consumo y nostalgia empaquetada para exportación global. Aunque, por fortuna, todavía queda algo imposible de monetizar por completo: ese instante en el que se patea el balón y todos los modelos matemáticos descubren que siguen sin entender del todo a los humanos.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM

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