Acordes en libertad
La sinfonía de nuestra nación tiene muchos acordes. La métrica de nuestra identidad no puede ni debe ser encasillada en una rítmica determinada. La cultura es libertad. La música es la voz tonificada de las almas librepensadoras. Es el cántico sublime de los sentimientos del pueblo.
Pero si pensáramos en un ritmo musical recurrente en nuestra banda sonora nacional, el “corrido” como estilo musical, sería sin duda la comparsa auditiva de nuestra mexicanidad. Germinó casi a la par de nuestro nacimiento nacional, el 21 de septiembre de 1821, cuando el cantautor Pepe Quevedo estrenaría, para muchos el primer corrido nacional titulado “La Pulga”.
Con esa canción, Pepe Quevedo marcó la comparsa que continuaría un sinfín de compositores e intérpretes: forjar desde el clamor popular la sinfonía de la épica nacional. El “corrido” se convirtió en la biografía auditiva y emancipada de las hazañas o tragedias de nuestra narrativa popular.
El “corrido” nació desde el pueblo y para el pueblo. Y como cualquier expresión de libertad, sus cánticos han causado molestia y encono a los himnos oficiales. El “corrido” narraba la versión no lacrada de la oficialidad. Molesta y cruda. Honesta y veraz. El “corrido” rebatía en su cantar a la cantaleta estatal.
A través del “corrido”, figuras como Heraclio Bernal -el Rayo de Sinaloa-, lograron sobrevivir al embate de la historia gubernamental y los claroscuros de su vida personal. La gracia de la comparsa musical popular lo consagró como precursor de la Revolución Mexicana. La Revolución Mexicana encontró el ritmo, expresión, comunicación y clamor en los acordes del “corrido”: el máximo heraldo musical de esa disidencia nacional.
Curiosa sinfonía es el “corrido”. Surge con vehemencia y fuerza en tiempos de prohibición. Resuena con mayor agudez, en épocas donde la “verdad” busca ser privatizada, controlada o reducida a un simple apéndice del pensar gubernamental. A la par de que el “corrido” ha sido prohibido, también se ha tratado de convertirlo en el cántico de la autoridad.
Recordemos que en medio de los horrores de la “guerra cristera”, la beligerancia también se libró en el frente acústico. En el icónico “corrido de Valentín de la Sierra”, el gobierno de Plutarco Elías Calles no sólo intentó censurar la “música rebelde y criminal” sino buscó apropiarse de ella, para dirigir la memoria histórica y colectiva.
Valentín Ávila Ramírez, originario de Jalisco, fue un intrépido combatiente cristero bajo órdenes del General Pedro Quintanar. En 1928 fue capturado y torturado para que revelara la posición del General Quintanar y sus compañeros. Resistente y silente, Ávila no cedió y su silenció fue la justificación para que lo asesinaran sin piedad.
Su heroísmo conmovió, y los hermanos Pacheco lo inmortalizaron con un corrido en su honor. Pero el gobierno, al percibir la fuerza contagiosa de esa melodía, decidió “alterar” los versos para no enaltecer al cristero sino denigrarlo. Trovadores callistas, alterando la sinfonía para robar la melodía. Con música del pueblo, pero con la estrofa estatal.
Si el “corrido” ha entonado nuestro andar nacional, lo hace libre, sin control y en espontánea efervescencia popular. Es el cántico del pueblo para criticar nuestra epidermis nacional. El “corrido” son acordes en libertad. La musicalización de nuestra libertad. Cuando empezamos a ver su apropiación, prohibición, o usurpación, estamos en un escena antes vivida: Intolerancia. Punitivismo recalcitrante. Autoritarismo. Control. Verdad oficial.
Las notas rítmicas del “corrido” son parte del ánima sonora de nuestra historia. Conocerlas nos hará comprendernos mejor. No recordar la sinfonía de nuestro pretérito histórico, como diría Santayana, nos deja a merced de repetir los mismos errores.
PAL