Adiós prisas: estas 12 ciudades de España apuestan por vivir despacio y mejor

Adiós prisas: estas 12 ciudades de España apuestan por vivir despacio y mejor

Vivir mejor, no más rápido. Con esta idea sencilla —pero bastante revolucionaria— surgió primero el movimiento Slow Food (slowfood.com), que defiende la buena cocina tradicional, y luego el de las Ciudades Slow (cittaslow.es), una red internacional que nació en Italia a finales de los años noventa y agrupa a 280 municipios. Su propuesta es clara: replantear cómo vivimos en nuestras ciudades y pueblos para poner en el centro la calidad de vida, no en la velocidad, de manera que sea más sostenible, más humana y en sintonía con el entorno.

¿Y cómo se traduce todo esto en la práctica? Todos son lugares de menos de 50.000 habitantes, donde abundan las zonas peatonales, los pequeños comercios, los artesanos, los huertos tradicionales; que cuidan el urbanismo, el paisaje, la gastronomía local y la hospitalidad con los visitantes. Promueven el uso de energías renovables y velan para que su aire sea puro y sus noches, silenciosas. En España, son estos 12.

puente sobre el río Cadagua, Balmaseda, Vizcaya© Shutterstock

BALMASEDA (VIZCAYA)

Presume, porque puede, de ser la primera villa que se fundó en Vizcaya, en 1199. De aquella época (o poco después) es el precioso puente de la Muza, sobre el río Cadagua, que aún conserva el torreón donde se pagaba el pontazgo. En Balmaseda, el casco antiguo es un espacio peatonal para pasear sin prisas, hacer compras en el comercio local y participar en actividades culturales que mantienen viva su identidad medieval. Imprescindible es el Museo Boinas La Encartada, un gran complejo textil que funcionó de 1892 a 1992, y probar la típica putxera, un guiso de alubias que tiene su origen en la olla que cocinaban los maquinistas del ferrocarril La Robla-Bilbao con el vapor de la locomotora.

Morella, Castellon© Shutterstock

MORELLA (CASTELLÓN)

Encaramada sobre una picuda colina caliza en el abrupto norte de Castellón, Morella observa el alocado correr de los siglos como si la cosa no fuera con ella. Dos kilómetros de muralla circular y 16 torres mantienen a esta villa encerrada en su propia belleza. La base ideal para explorarla es el hotel Cardenal Ram (hotelcardenalram.com), un edificio gótico del siglo XVI lleno de historia con restaurante que ofrece lo mejor de esta tierra: cecina, trufa negra, cuajada…

Caserío de Murgui, Vizcaya© Shutterstock

MUNGIA (VIZCAYA)

Muy centrado en la sostenibilidad, todos los viernes, en la antigua iglesia de Andra Mari, las vecinas de las aldeas cercanas venden alubias rojas, pimientos verdes y talo, una torta de harina de maíz que Slow Food reconoce como producto baluarte: tradicional, artesanal y de gran calidad. Para alojarse, el lugar perfecto para el viajero slow es el Palacio Urgoiti (hotelsone.com). Este edificio del siglo XVII fue desmontado para dejar paso a una autopista, y sus piedras, almacenadas en Bilbao, perdieron la numeración durante la riada de 1983. Rehacer el rompecabezas llevó dos largos años. Hoy, el hotel es un verdadero monumento a la calma.

Lekeitio, Vizcaya, pueblo© Shutterstock

LEKEITIO (VIZCAYA)

Cuando baja la marea, un espigón de 400 metros de longitud emerge de las aguas en la playa de Isuntza y se puede ir caminando sobre su superficie tapizada de algas hasta la isla de Garraitz. Este insólito paseo anfibio, regido por el ritmo de las mareas, es lo más bello de Lekeitio y la quintaesencia de lo slow. Otro paseo tranquilo es el que lleva hasta el faro de Santa Catalina (faro-lekeitio.com), el único visitable del País Vasco. Y otro, el que recorre las calles y los muelles de este antiguo puerto ballenero, donde a cada paso se descubre un lugar apetecible para tomar un txikito, un pintxo o uno de los pescados recién descargados de las merluceras.

Cala de Aiguablava, Begur,, Girona© Shutterstock

BEGUR (GIRONA)

Villa de tradición marinera, Begur tiene nada menos que 15 casas de indianos. Una buena ocasión para conocerla es la Feria dels Indians, el primer fin de semana de septiembre, cuando todo el mundo se viste de blanco caribeño para disfrutar de la música cubana, las habaneras y las degustaciones de mojitos y piñas coladas. Y otra, la Campanya Gastronòmica del Peix de Roca, en mayo, para probar los platos que elaboran con este pescado los restaurantes de la localidad. Pero lo que atrae al viajero tranquilo, sobre todo, son sus calas escondidas entre pinos y acantilados: como la Illa Roja o la de Fonda, de aguas azul turquesa.

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culla castellon© Shutterstock

CULLA (CASTELLÓN)

En lo alto de una colina del Alto Maestrazgo y entre campos de cultivo, Culla es un pequeño pueblo medieval lleno de encanto que ha puesto el foco en la conservación de su patrimonio rural y en el turismo sostenible. Pasear por sus calles empedradas es como retroceder en el tiempo: casas medievales, torres antiguas y rincones donde la vida transcurre sin agobios y con la plaza de Setenal como centro. De esta parte un laberinto de callejuelas en cuesta, escaleras y arcos de la antigua muralla que llevan a la iglesia de San Salvador, al antiguo hospital y a sus miradores con vistas panorámicas que invitan a detenerse, respirar y observar con calma del paisaje espectacular de esta comarca castellonense.

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BIGASTRO (ALICANTE)

Este pequeño municipio anónimo de la comarca de la Vega Alta, al sur de la provincia de Alicante, tiene en la plaza de la Constitución su corazón, donde semanalmente se celebra su mercado de productos locales. El viajero slow aprecia pasear por sus calles blancas y tranquilas, entrar en sus talleres artesanales, visitar la iglesia de San José y hacer rutas tranquilas entre huertas de naranjos y limoneros.

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calles blancas del bonito casco antiguo de altea alicante© Shutterstock

ALTEA (ALICANTE)

Entre el mar y la montaña y con la icónica cúpula azul y blanca de su iglesia parroquial brillando en lo alto. Visto así, es fácil quedar deslumbrado por este bonito pueblo asomado al Mediterráneo por el que tantos artistas han sentido atracción. Pequeñas y hermosas calas y playas se suceden por su litoral, plagado del mismo encanto blanco de su casco antiguo, de sabor morisco, con callejuelas empinadas, coquetos restaurantes y mil panorámicas. Lo bueno es que Altea ha puesto límites al desarrollo urbanístico agresivo y apuesta por un modelo cultural y artístico, con apoyo a creadores locales y espacios peatonales.

Playa de Itzurun en Zumaia, Guipúzcoa, País Vasco© Cordon Press

ZUMAIA (GUIPÚZCOA)

La naturaleza es el punto fuerte de esta villa guipuzcoana encajada entre el mar y las montañas que posee un singular tesoro natural en uno de los tramos costeros más hermosos del Cantábrico. Esos estratos rocosos han sido modelados durante millones de años por la acción continua del mar y son como un libro de historia geológica. Zumaia también posee un encantador casco histórico de trazado medieval, un sorprendente templo —la mole de San Pedro— que parece más una fortaleza, varias playas y un producto estrella: el pulpo.

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xativa 2c396bx© Cordon Press

XÁTIVA (VALENCIA)

Xàtiva se despliega a los pies de las sierras de Vernissa y del Castell, con su imponente castillo dominando el paisaje. Rodeada de una vega fértil repleta de olivos, algarrobos y naranjos, conserva el encanto de siglos pasados, especialmente de los XIV, XV y XVI, cuando los Borja marcaron su huella y poder en la ciudad. Pasear por sus calles es como viajar en el tiempo, entre historia, arquitectura y naturaleza. Todo muy slow, disfrutando cada rincón sin prisas.

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Claustro de la catedral de Orihuela, Alicante© Shutterstock

ORIHUELA (ALICANTE)

Orihuela es una de esas ciudades slow donde todo se vive con calma. A orillas del río Segura, que cruza la ciudad, encontrarás un montón de historia: desde la catedral de Orihuela hasta iglesias antiguas, el elegante Palacio de Rubalcava o el castillo y las murallas en lo alto del monte San Miguel, con unas vistas increíbles. Y aunque el centro está en el interior, el municipio también tiene playas, así que puedes combinar cultura y mar. Además, tiene una personalidad muy marcada gracias a figuras como Miguel Hernández, cuya casa hoy se puede visitar como museo.