Así esperan en China a Trump: "Ya no creemos en el relato de que EEUU representa algo mejor"

Así esperan en China a Trump: "Ya no creemos en el relato de que EEUU representa algo mejor"

En la antigua concesión americana de Shanghai sobreviven edificios de ladrillo rojo, iglesias bautistas escondidas entre bloques de oficinas y avenidas abiertas que siguen una lógica urbana importada del otro lado del Pacífico. En estas calles del distrito de Hongkou, Estados Unidos levantó en el siglo XIX uno de sus primeros laboratorios de influencia en Asia. Atraídos por el puerto y por la promesa de un mercado gigantesco cuando China empezaba a abrirse al comercio exterior tras las Guerras del Opio, los estadounidenses levantaron escuelas, hospitales y cámaras de comercio.

Shanghai, actual escaparate del capitalismo chino, estuvo dividida durante mucho tiempo por potencias coloniales en las llamadas "concesiones", barrios donde las leyes chinas dejaron de aplicarse y donde comerciantes, banqueros, espías, mafiosos y misioneros convivían bajo la protección de cañoneras occidentales. Esta ciudad fue el lugar donde las élites locales aprendieron a admirar lo que venía de EEUU: la Coca-Cola, el jazz y Hollywood.

El impresionate 'skyline' de Shanghai.

El impresionate 'skyline' de Shanghai.EFE

"Nos siguen gustando mucho las películas americanas y usamos sus marcas, pero ya no creemos en el relato de que EEUU representa automáticamente algo mejor", comenta una empresaria treintañera llamada Lin Xiao, que resume una sensación cada vez más común entre jóvenes chinos: EEUU es un país en decadencia.

En una cafetería de la antigua zona de influencia estadounidense en Shanghai, Zhang Wei, diseñador gráfico de 28 años, observa en su móvil algunos comentarios en redes sociales sobre la visita del presidente Donald Trump, que aterriza este miércoles en Pekín. "Cuando era adolescente pensaba que EEUU era el futuro. Todos queríamos ir allí a estudiar o trabajar. Ahora lo vemos más como un país antipático y abusón, siempre provocando guerras", asegura. Sus palabras son un síntoma de una generación que ha perdido gran parte de la atracción del pasado por todo lo que venía de la primera potencia mundial.

Iglesias de la época colonial junto a rascacielos modernos en Shanghai.

Iglesias de la época colonial junto a rascacielos modernos en Shanghai.LUCAS DE LA CAL

"Mis padres creen en el sueño americano más que yo", cuenta entre risas Mia Yan, una ejecutiva de 40 años que trabaja para una multinacional internacional y que estuvo estudiando en Chicago. "Para las generaciones más mayores, EEUU era sinónimo de prosperidad y libertad. Pero ahora es un país polarizado, con violencia, muchas drogas, guerras culturales y demasiada obsesión por contener a China".

Yan dice que sigue admirando la innovación tecnológica estadounidense, pero que el ascenso de China en todos los campos hace que se haya pinchado la pompa de ese sueño americano que sus padres tanto se esforzaron para que ella pudiera vivirlo. "Ahora, tanto para vivir como para trabajar, hay mayor atracción por los países europeos" sostiene.

Para muchos chinos, ese ascenso de su país representa un revancha histórica contra aquel tiempo en que las potencias occidentales dividían a China en zonas de influencia, el conocido como "siglo de la humillación". Y quizá por eso, caminando por Hongkou, entre modernos rascacielos y antiguos edificios levantados por comerciantes extranjeros, circula hoy una nueva confianza nacional, mucho más segura de sí misma que hace unas décadas.

"Occidente no entiende a China. Ellos todavía piensan como si fueran las grandes potencias de hace cien años, pero el mundo ha cambiado", afirma Wang, un profesor jubilado, que señala el imponente skyline que asoma al fondo del barrio. "Todo esto que ves aquí no existía hace 30 años. Mis padres, y yo también, crecimos en una China muy pobre donde América parecía otro planeta. Nosotros hemos visto nuestro país pasaba de los carros tirados por personas a los trenes de alta velocidad, de las fábricas baratas a ser líderes en tecnología. Por primera vez, muchos chinos, incluso los más mayores, sentimos que no necesitamos mirar a Occidente, a EEUU, para imaginar el futuro".

Un turista posando frente a los rascacielos de Shanghai.

Un turista posando frente a los rascacielos de Shanghai.LUCAS DE LA CAL

De la capital financiera saltamos a la capital política. Durante mucho tiempo, la embajada estadounidense en Pekín fue una especie de frontera simbólica hacia ese otro planeta al que se refiere el señor Wang. Al amanecer, las colas serpenteaban por varias manzanas del distrito de Chaoyang: estudiantes con carpetas transparentes, padres nerviosos repasando extractos bancarios e ingenieros soñando con Stanford, Columbia o el MIT.

Conseguir entonces un visado para EEUU significaba entrar en contacto con la promesa más poderosa de la globalización: universidades de élite, salarios inalcanzables en China y una vida asociada al prestigio y ascenso social. En la década de los 2000, el sueño americano se convirtió para millones de familias chinas de clase media en la culminación natural del éxito económico del país.

Hoy la escena es distinta. Las colas son mucho más cortas, el entusiasmo más frío y la conversación ha cambiado de tono. Las tensiones entre Washington y Pekín han erosionado la imagen de EEUU: restricciones tecnológicas, guerra arancelaria, endurecimiento de los controles migratorios y peleas de espionaje. A eso se suma un nacionalismo cada vez más fuerte alimentado por el gobernante Partido Comunista, que abandera la tesis de la caída del orden mundial liderado por Washington.

Vecinos de Pekín fotografían la llegada de una avión de la Fuerza Aérea de EEUU.

Vecinos de Pekín fotografían la llegada de una avión de la Fuerza Aérea de EEUU.GREG BAKERAFP

Trump será el primer presidente estadounidense que pise Pekín desde 2017, cuando el propio líder republicano visitó la capital china acompañado de la primera dama Melania Trump. Entonces, las relaciones bilaterales eran bastante mejores: el presidente chino, Xi Jinping, ofreció a sus invitados una visita guiada a la Ciudad Prohibida. Ningún jefe de Estado extranjero había cenado con un dirigente chino en el antiguo palacio imperial en más de medio siglo.

"Cuando Trump apareció por primera vez a muchos nos parecía un hombre fuerte, diferente, incluso muy divertido. No le tomábamos muy en serio", dice una joven de apellido He que estudió durante un semestre en California. "Pero después, con la pandemia, empezó a hablar del 'virus chino' y faltó continuamente al respeto a un país que tiene una historia mucho más larga y rica que la de EEUU".

A pocos kilómetros de la embajada estadounidense, en los parques que rodean el Templo del Cielo (el complejo imperial que Trump visitará el jueves, según la agenda oficial) varios jubilados juegan a las cartas bajo los árboles. Todos ellos crecieron en una China donde EEUU simbolizaba riqueza, modernidad y poder absoluto. "Trump no me gusta, tiene cara de mala persona", simplifica Zhao, un ex trabajador ferroviario. Sentado a su lado, un vecino de apellido Chen, suelta una reflexión: "Antes EEUU venía a China como el maestro rico que enseñaba al alumno pobre. Ahora ambos se miran a los ojos en igualdad de condiciones".