Alba Ciordia, divulgadora: "El vínculo maternal no nace solo de la biología, sino de la manera en que te vinculas, acompañas y sostienes una vida día tras día"
Con solo siete años, Alba Ciordia perdió a su madre y, casi sin darse cuenta, se construyó una coraza para no volver a sufrir. Mucho después, la vida la golpeó de nuevo con pérdidas gestacionales, esos duelos que todavía cuesta un mundo nombrar. Pero en medio de tanta tormenta, sus perras Claire y Briana se convirtieron en su salvavidas y en su forma de entender que el instinto de cuidar no entiende de biología.
De todo esto, del refugio que encontramos en los animales y de cómo el amor redefine lo que llamamos "familia", reflexiona en su nuevo libro También son familia. Hablamos con la divulgadora sobre este refugio tan real, sobre el concepto de "madre perruna" y sobre por qué un animal puede ser el apoyo más sano cuando el mundo se te viene abajo.
¿Qué recuerda de aquella niña de 7 años que perdió a su madre y pidió un perro como único deseo?
Recuerdo una niña que decidió no llorar. Que encerró su dolor bajo llave y aprendió a funcionar como si nada hubiera pasado. Había algo en mí que entendió, de forma instintiva, que mostrar ese dolor era demasiado para el entorno que me rodeaba. Así que me convertí en la niña fuerte y educada. La que salía adelante. Cuando pierdes a tu madre con siete años, el mundo se desmorona. Pierdes también las ganas y la ilusión. Mi manera de ver la vida cambió radicalmente. Los animales siempre me habían sacado una sonrisa, me hacían sentir bien. Imagino que en tanta oscuridad, instintivamente, fui hacia lo único que sabía que podía devolverme algo de luz.
¿En qué momento entendió que ese deseo no era un capricho, sino una necesidad emocional?
Al mirar atrás con los ojos de adulta. De niña no tenía palabras para explicar cómo me sentía. Solo sabía que cuando estaba cerca de un perro algo en mí se calmaba. Había una presencia que no juzgaba y que no me pedía que estuviera bien. Fue mucho después, cuando Claire llegó a mi vida y volví a sentir exactamente lo mismo, pero con más conciencia, cuando entendí lo que había ocurrido. Los perros habían sido siempre mi forma de sostenerme en los momentos donde todo lo demás fallaba. En el fondo, el miedo a vincularme con un ser humano y que esa persona pudiera “desaparecer” de nuevo, era aterrador. Este miedo no existía con los animales.
De niña no tenía palabras para explicar cómo me sentía. Solo sabía que cuando estaba cerca de un perro algo en mí se calmaba. Había una presencia que no juzgaba y que no me pedía que estuviera bien
¿Cómo influyó ese duelo temprano en su forma de relacionarse con el mundo y con los vínculos?
Tras la muerte de mi madre no lloré. Me encerré y me prometí a mí misma que nunca más volvería a querer a nadie, pensando que así estaría a salvo. Dejé de vivir y empecé a sobrevivir. Me sentía muy diferente al resto de los niños de mi edad, enfrentando problemas de adultos en un mundo infantil, sin poder compartirlo con nadie. Esa fuerza que construí era, en realidad, una coraza. Una barrera que levanté para protegerme de un dolor que no sabía cómo manejar. Y eso, inevitablemente, afectó a cómo me relacioné después con el mundo y con las personas. Sentir era peligroso. Vincularse era arriesgado. La vida me había demostrado, con siete años, que todo lo que tienes se puede esfumar en un segundo. Revertir eso ha sido un proceso largo. La terapia me dio herramientas para empezar a mirar hacia adentro sin tanto miedo. Y los perros me devolvieron algo que creía que había perdido para siempre: la capacidad de querer sin ponerle límites al amor.
¿Cree que su sensibilidad hacia los animales puede estar vinculada precisamente a esa herida infantil?
Completamente. Esa conexión con los animales que tenía desde pequeña —recogía lagartijas en el parque, cuidaba gusanos de seda— se convirtió después en algo mucho más profundo. Con los animales no había riesgo de abandono de la misma forma. No juzgan, no se asustan con tu dolor, no se van cuando las cosas se ponen difíciles. Para una niña que había perdido lo más importante de golpe, fue un ancla muy importante.
¿Por qué cree que tantas personas encuentran en sus animales un refugio emocional más seguro que en otros vínculos humanos?
Porque los animales no piden que estés bien para poder estar con ellos. No necesitan que expliques lo que sientes ni que lo justifiques. Y esa presencia física, sin palabras, es exactamente lo que muchas personas necesitan en los momentos más difíciles. Con ellos no hay que demostrar nada. Vivimos en una sociedad hiperconectada digitalmente pero cada vez más desconectada emocionalmente, y ellos nos devuelven lo más esencial. He recibido testimonios de mujeres que en los peores momentos de su vida —una pérdida, una crisis vital, depresión, ansiedad— encontraron en su perro lo que no encontraron en ningún otro lado. Les dio una motivación para continuar cada día, una razón para sonreír. El acto de cuidar de otro puede ser profundamente sanador para uno mismo.
En su libro habla de "otra forma de maternidad". ¿Cómo la definiría desde su experiencia personal?
Como una maternidad que no necesita un bebé humano para existir. Maternar es cuidar, proteger, amar. Y eso no entiende de biología. Yo lo descubrí con Claire: levantarme pronto para sacarla, prepararle la comida con atención o recorrer media España buscando el mejor tratamiento para su enfermedad ocular. Había una fuerza interior que no me permitía parar. Eso también era maternar. Claire había abierto un cajón de mi corazón que llevaba mucho tiempo cerrado. Y a través de cuidarla entendí que el vínculo maternal no nace solo de la biología, sino de la manera en que te vinculas, acompañas y sostienes una vida día tras día. Maternar es un acto del alma, no del cuerpo. Cuando empecé a entrevistar a mujeres para el libro y escuché sus historias, me di cuenta de que no era la única. Somos muchas las que hemos encontrado en nuestros animales una forma legítima y profunda de expresar esa capacidad de cuidar que llevábamos dentro. Y ahí caben muchas más maternidades de las que nos contaron.
Una 'madre perruna' es alguien que ha decidido ir más allá de la frase "es solo un perro". Alguien que reconoce que su animal siente, que tiene necesidades emocionales, y que ocupa un lugar real en su vida y en su corazón
¿Qué le enseñaron sus pérdidas gestacionales sobre el concepto de familia?
Me enseñaron que la familia empieza antes de lo que creemos. Que hay personas que ya forman parte de tu corazón antes de existir en el mundo. Y que cuando eso se pierde, el duelo es real aunque la sociedad todavía no tenga espacio para nombrarlo. Lo que más me impactó al hablar con cientos de mujeres que habían pasado por lo mismo fue eso: la soledad. El sistema atiende el cuerpo, pero el alma queda relegada. Y en ese vacío, muchas encontraron en su perro un salvavidas. El simple hecho de tener que sacarle a pasear, de preparar su comida, de atender sus rutinas, les devolvía a la vida cuando todo lo demás se había detenido.
¿Qué lugar ocupan los animales en esa redefinición de la maternidad y del hogar?
Un lugar central, aunque todavía cueste darles el lugar que se merecen en la sociedad. En mi caso, con la pérdida de mi madre y luego con los abortos, la vida me había arrancado la experiencia de la maternidad desde los dos lados: el de hija y el de madre. Y fue Claire quien abrió esa puerta de otra forma. Sin sustituir nada, simplemente la habitó de otra manera. Hoy en España hay más perros censados que niños menores de 14 años. Eso habla de cómo estamos construyendo los hogares, de como está cambiando el paradigma y del lugar tan importante que ocupan los perros.
¿Qué errores cometemos al pensar que un perro "solo acompaña"?
Que lo reducimos a una función cuando en realidad es un vínculo. Y los vínculos transforman. La ciencia lleva años explicándonos que el contacto con los perros libera oxitocina, la misma hormona que se activa en el vínculo entre una madre y su bebé. Que los mecanismos de apego que se generan son muy similares a los que estudiamos en psicología infantil: búsqueda de proximidad, regulación emocional, la necesidad de una base segura. No los confundimos con humanos, pero despiertan en nosotros los mismos gestos de proteger, cuidar y sostener. Si alguien nos contara que reorganiza su trabajo para cuidar a otro ser, que invierte en su salud, que aprende sobre su nutrición y sus emociones para ofrecerle la mejor vida posible, reconoceríamos sin dudar que eso es amor y entrega. Eso es exactamente lo que hacemos muchas personas con nuestros perros. El acto es el mismo. Lo que cambia es a quién va dirigido.
¿Qué papel piensa que pueden llegar a ocupar los animales cuando la maternidad no llega?
Uno muy real, aunque la sociedad aún no siempre lo reconozca. Y aquí es importante matizar: cuando la maternidad no llega, no siempre es por elección. A veces son las circunstancias. La precariedad económica, la inestabilidad, la dificultad de encontrar una pareja con quien construir, el retraso de la independencia... Todo eso está empujando la maternidad cada vez más tarde, y en ese mientras tanto, los animales llenan la casa de vida, de rutina, de presencia. No como sustitutos, sino como una forma honesta de responder a las circunstancias que a gran parte de una generación le ha tocado vivir.
Hay gente que quizá no entiende el concepto 'madre perruna'. ¿Qué les diría?
Que una 'madre perruna' es alguien que ha decidido ir más allá de la frase "es solo un perro". Alguien que reconoce que su animal siente, que tiene necesidades emocionales, y que ocupa un lugar real en su vida y en su corazón. Que organiza sus planes pensando en él, que cuida con la misma entrega y responsabilidad con la que se cuida a cualquier ser querido. Y que cuando alguien dice "soy una madre perruna" no está diciendo que su perro es su hijo biológico. Es una manera honesta de expresar que lo considera familia. El problema es que hay quien quiere reducir eso a una exageración o a una moda. Y yo creo que el amor y el cuidado no deberían tener límites ni etiquetas. Cuidar a un ser vivo, quererlo, dedicarle tiempo y atención, no hace daño a nadie. Todo lo contrario. Muestra empatía y generosidad.
¿Qué mensaje quiere dejar a quienes sienten que su familia no se parece a la que imaginaron?
Que quizá no se trate de redefinir la familia ni de encontrar nuevas definiciones. Que se trate, simplemente, de aprender a reconocer el amor cuando aparece. De escuchar cuando algo se siente hogar. Y de permitirnos habitar esos lugares sin miedo, sin culpa y sin la necesidad constante de pedir permiso. El afecto, la escucha, la presencia, la disposición a cuidar, es lo que convierte a alguien en familia, aunque no comparta tu ADN. Sea cual sea la forma que tenga, si hay amor y cuidado, ya es familia.

