Antes del fusilamiento: las fotografías poco conocidas que muestran la vida íntima de los Romanov

Antes del fusilamiento: las fotografías poco conocidas que muestran la vida íntima de los Romanov

Hace apenas unos días se cumplieron 108 años de uno de los asesinatos políticos más impactantes del siglo XX. En la madrugada del 17 de julio de 1918, un pelotón bolchevique condujo al zar Nicolás II, a la zarina Alexandra, a sus cinco hijos y a cuatro de sus sirvientes hasta el sótano de una casa de Ekaterimburgo. Allí los fusilaron.

Desde entonces, los Romanov quedaron asociados para siempre a aquella tragedia. Pero los miles de fotografías que la propia familia tomó cuentan una historia muy distinta. En ellas no aparecen emperadores ni herederos de un imperio, sino unos padres y cinco hijos durante sus vacaciones, sus juegos y su vida cotidiana, lejos de la solemnidad de la corte.

Nicolás II, en Crimea, junto a sus hijas durante una caminata familiar.
Nicolás II, en Crimea, junto a sus hijas durante una caminata familiar.Imagen: Beinecke Rare Book and Manuscript Library/Yale University

Los Romanov, sin corona ni protocolo

Los cinco hermanos –Olga, Tatiana, María, Anastasia y el pequeño Alexei– solían llevar consigo sus cámaras Kodak Brownie. Fotografiaban paseos, bromas, animales y escenas cotidianas con una espontaneidad que desmentía la rigidez de los retratos oficiales. 

Anastasia, la más irreverente, aparece en una imagen fumando un cigarrillo de su padre. En otra enseña una dentadura postiza a la cámara mientras Olga duerme al fondo de la habitación.

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Imagen: Romanov family/Public Domain/Wikimedia Commons

Todo ese universo doméstico contrastaba con la imagen que el resto del mundo tenía de ellos. En 1905, The Washington Post llegó a describirlos como "niños sin sonrisa", convencido de que aquellos herederos crecían atrapados en un aislamiento casi absoluto y marcados por una melancolía permanente.

La realidad era más compleja. Tras el nacimiento de cuatro hijas, en 1904 llegó por fin el ansiado heredero varón. Con Alexei también apareció el secreto que acabaría condicionando los últimos años del imperio. El niño sufría hemofilia, una enfermedad hereditaria que Alexandra le había transmitido sin saberlo.

Alexei, el heredero al trono ruso, sumergido en un baño de barro, uno de los tratamientos con los que se intentaba aliviar su hemofilia.
Alexei, el heredero al trono ruso, sumergido en un baño de barro, uno de los tratamientos con los que se intentaba aliviar su hemofilia.Imagen: Romanov family/Public Domain/Wikimedia Commons

El secreto de Alexei y la sombra de Rasputín

La historiadora Helen Rappaport explicó recientemente a Smithsonian Magazine que el diagnóstico permaneció oculto hasta 1912. Solo entonces, cuando Alexei estuvo a punto de morir por una grave hemorragia, el Gobierno no tuvo más remedio que reconocer públicamente la enfermedad.

La fragilidad del heredero contribuyó a que la familia llevara una vida cada vez más recluida en Tsárskoye Seló. También abrió la puerta a uno de los personajes más controvertidos de la Rusia imperial. Rasputín, el místico siberiano que parecía aliviar las crisis de Alexei, terminó ejerciendo una influencia cada vez mayor sobre Alexandra.

La zarina Alexandra, rodeada de sus hijos, junto a Rasputín y la institutriz que cuidaba de la familia imperial.
La zarina Alexandra, rodeada de sus hijos, junto a Rasputín y la institutriz que cuidaba de la familia imperial.Imagen: GARF via Romanow Family/Public Domain/Wikimedia Commons

Agotada por años de presión para dar un heredero varón y desesperada por la enfermedad de su hijo, la zarina llegó a confiar profundamente en él. Aquella dependencia no solo deterioró aún más su imagen pública, sino que aceleró el desprestigio de una corte que ya empezaba a resquebrajarse.

Y, sin embargo, los Romanov estaban llenos de contradicciones. La misma familia profundamente religiosa y supersticiosa que buscaba consuelo en un curandero también mostró un notable interés por los avances científicos.

Como recordó Natalia Sidlina en The Guardian con motivo de la exposición de 2018 El último zar. Sangre y revolución, el palacio contaba con una máquina de rayos X, un lujo tecnológico insólito para la época. Durante la Primera Guerra Mundial, además, las hijas mayores se formaron como enfermeras de la Cruz Roja y atendieron a soldados heridos.

La zarina Alexandra, junto a Tatiana y Olga, en una de las salas donde atendían a los soldados heridos como enfermeras de la Cruz Roja.
La zarina Alexandra, junto a Tatiana y Olga, en una de las salas donde atendían a los soldados heridos como enfermeras de la Cruz Roja.Imagen: Beinecke Rare Book and Manuscript Library/Yale University

La caída del imperio de Nicolás II

Mientras tanto, al otro lado de los muros del palacio, el imperio empezaba a desmoronarse. La industrialización avanzaba a toda velocidad y las fábricas llenaban las ciudades de un proletariado cada vez más numeroso y descontento. Como recuerda All That Interesting, solo en 1914, siete meses antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, se registraron más de 4.000 huelgas. El país caminaba ya hacia el precipicio.

Nicolás II gobernaba uno de los imperios más extensos del planeta, pero nunca terminó de sentirse cómodo en el papel que le había tocado desempeñar. Diversos historiadores citados por Smithsonian Magazine coinciden en que fue incapaz de entender el país que tenía delante. Mientras la sociedad cambiaba a toda velocidad, él seguía aferrado a una autocracia que parecía pertenecer a otro siglo.

Las grandes duquesas María y Anastasia, haciendo muecas frente a la cámara familiar.
Las grandes duquesas María y Anastasia, haciendo muecas frente a la cámara familiar.Imagen: Romanov family/Public Domain/Wikimedia Commons

La guerra terminó por acelerar el colapso del régimen. El ejército combatía sin recursos suficientes, las derrotas se acumulaban y el hambre se extendía por las ciudades. En marzo de 1917, la Revolución de Febrero obligó a Nicolás II a abdicar y puso punto final a más de tres siglos de dominio de los Romanov.

La familia pasó primero al arresto domiciliario en Tsárskoye Seló y después fue enviada a Tobolsk, en Siberia. Las fotografías que se conservan de esa etapa desprenden una serenidad extraña, casi inquietante. En una de ellas, Alexandra posa en un balcón rodeada por sus hijas mayores. Parece una escena tranquila, aunque el final ya estuviera escrito.

Tatiana y Anastasia, durante su cautiverio en Tsárskoye Seló, en 1917.
Tatiana y Anastasia, durante su cautiverio en Tsárskoye Seló, en 1917.Imagen: Romanov family//Public Domain/Wikimedia Commons

Ni siquiera durante el cautiverio abandonaron del todo la rutina. Los hijos seguían estudiando, trabajaban en el huerto y continuaban haciendo fotografías. En las últimas imágenes aparecen vestidos con ropa sencilla, muy lejos del lujo asociado durante décadas a la corte imperial.

Para Rappaport, ahí reside precisamente el valor de ese archivo. Las fotografías consiguen lo que ningún retrato oficial había logrado. Gracias a esas imágenes, las grandes duquesas dejan de ser figuras casi míticas y ofrecen una imagen mucho más humana, como cinco jóvenes ajenas al destino que las esperaba.

Anastasia, en la base de una pirámide humana coronada por el zar.
Anastasia, en la base de una pirámide humana coronada por el zar.Imagen: Beinecke Rare Book and Manuscript Library/Yale University

La matanza de Ekaterimburgo

Tras el triunfo bolchevique de octubre de 1917, Nicolás II, Alexandra, sus cinco hijos y cuatro sirvientes fueron trasladados por última vez a Ekaterimburgo. Allí quedaron encerrados en la llamada Casa de Propósito Especial.

La madrugada del 17 de julio de 1918 los hicieron bajar al sótano con engaños. Algunas reconstrucciones sostienen que les dijeron que iban a ser fotografiados; otras, que serían trasladados. En realidad, lo que les esperaba era el pelotón de ejecución.

El sótano de la Casa Ipátiev, donde fue ejecutada la familia imperial, con las paredes destruidas por los investigadores en busca de balas y otras evidencias.
El sótano de la Casa Ipátiev, donde fue ejecutada la familia imperial, con las paredes destruidas por los investigadores en busca de balas y otras evidencias.Imagen: Romanov family/Public Domain/Wikimedia Commons

Rappaport relata que ninguna de las hijas murió al instante. Las balas rebotaban contra las joyas que llevaban cosidas en el interior de los corsés, utilizadas para ocultar parte de las pertenencias familiares. Los verdugos tuvieron que rematar a varias de ellas con bayonetas y disparos a quemarropa. Lo que debía ser una ejecución rápida terminó convirtiéndose en una matanza de casi veinte minutos.

No existe ninguna fotografía conocida de la familia ya en Ekaterimburgo. Las últimas imágenes datan de mayo de 1918, cuando fueron retratados borrosamente a bordo del vapor que los llevaba hacia allí. 

Alexei y su hermana Olga, a bordo del vapor que los trasladaba a Ekaterimburgo en mayo de 1918, la última fotografía conocida de ambos.
Alexei y su hermana Olga, a bordo del vapor que los trasladaba a Ekaterimburgo en mayo de 1918, la última fotografía conocida de ambos.Imagen: Romanow Family/Public Domain/Wikimedia Commons

Setenta y cinco años después, en 1993, un análisis de ADN mitocondrial –realizado a partir de una muestra de sangre aportada por el duque de Edimburgo, pariente de Alexandra– confirmó de forma concluyente que unos restos exhumados en 1991 de una fosa común pertenecían a la familia imperial. La identificación puso fin a décadas de incertidumbre sobre su destino y terminó de confirmar la historia que las propias fotografías familiares habían empezado a contar décadas antes.