El desfase entre nuestro cerebro y la vida moderna podría explicar mucho más de lo que pensamos

El desfase entre nuestro cerebro y la vida moderna podría explicar mucho más de lo que pensamos

Muchos leerán el titular y sentirán que alguien acaba de poner palabras a una sensación conocida. La vida ya no parece dar abasto. Corremos de una obligación a otra, enlazamos pantallas, notificaciones y plazos, y aun así persiste la impresión de llegar siempre tarde. Como si hubiéramos perdido el control y el mundo avanzara a un ritmo para el que nadie nos preparó.

Bueno, al parecer, no es solo una percepción. Y es que una hipótesis propuesta por un grupo de investigadores plantea una posible explicación de por qué muchas personas experimentan estrés, soledad y una sensación constante de competencia en la vida moderna.

Según esta perspectiva, parte de ese malestar podría deberse a un desajuste entre el entorno para el que evolucionó el ser humano y el mundo en el que vive hoy. En otras palabras, seguimos utilizando un cerebro moldeado durante cientos de miles de años para sobrevivir en pequeños grupos, que ahora tiene que desenvolverse en megaciudades, redes sociales y una economía donde la comparación parece no tener descanso.

Ese es el punto de partida de una revisión publicada en la revista Behavioral Sciences, firmada por el psicólogo Jose Yong, de la Universidad James Cook de Singapur, y la investigadora Sarah Chan, del Centro Lee Kuan Yew para Ciudades Innovadoras de la Universidad de Tecnología y Diseño de Singapur (SUTD). Ambos resumen esta idea bajo un nombre tan largo como revelador: la "hipótesis del desajuste evolutivo social y la competencia".

La revisión vincula la presión social interiorizada con mayor riesgo de ansiedad y depresión.
La revisión vincula la presión social interiorizada con mayor riesgo de ansiedad y depresión.Imagen: H. Blunck/frontalvision.com/IMAGO

Un cerebro ancestral en un mundo moderno

En realidad, el concepto no es nuevo en biología. Ya se observa en polillas que confunden las farolas con la luna, o en el gusto humano por lo dulce, útil cuando la comida escaseaba y hoy convertido en fábrica de obesidad y caries, como explica Yong en un artículo para The Conversation.

Su argumento es que con nuestra vida social sucede algo parecido. Evolucionamos en grupos pequeños, de entre 50 y 150 personas, donde casi todo el mundo se conocía y los vínculos familiares marcaban las reglas del juego. Ahora vivimos rodeados de cientos de miles de desconocidos, conectados a entornos digitales y expuestos a sociedades mucho más complejas y desiguales.

El resultado tiene algo de ironía. Nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil sentirse solo.

Redes sociales y competencia constante

Los investigadores sostienen que las redes sociales pueden intensificar esa situación. No solo muestran una versión cuidadosamente editada de la vida de los demás. También convierten el estatus en un marcador visible para cualquiera. Los "me gusta", los seguidores o las visualizaciones pueden acabar funcionando como una especie de ranking permanente del que resulta difícil escapar.

El estudio identifica la comparación social como mecanismo evolutivo desbordado.
El estudio identifica la comparación social como mecanismo evolutivo desbordado.Imagen: Jakub Porzycki/NurPhoto/picture alliance

Esa idea enlaza con uno de los argumentos centrales de la revisión: la competencia. Los investigadores plantean que un mecanismo que durante la evolución resultó útil para orientarse dentro del grupo puede haberse convertido hoy en una fuente adicional de estrés.

En otras palabras, nuestros mecanismos de comparación social siguen reaccionando como si muchas de esas comparaciones fueran relevantes, aunque hoy esas señales provengan de personas a las que nunca conoceremos y aparezcan durante unos segundos en la pantalla del móvil.

"La competencia no es algo nuevo, pero la vida moderna puede hacer que se perciba como constante", resume Yong. A su juicio, esa sensación podría contribuir a explicar parte de la obsesión contemporánea por acumular títulos, conseguir empleos prestigiosos o consumir por encima de las propias posibilidades.

Generación Z y salud mental

Algunos datos que cita Yong ayudan a contextualizar esta idea. Un informe publicado en 2023 por el CFA Institute señalaba que muchos jóvenes de la Generación Z recurren a inversiones de alto riesgo, como las criptomonedas, con la esperanza de cerrar la brecha económica respecto a generaciones anteriores. 

Ese mismo año, una encuesta realizada a 55.000 personas nacidas entre 1981 y 2012 mostraba que muchos jóvenes ya han rebajado sus expectativas sobre vivienda, carrera profesional o familia para priorizar algo que consideran más escaso que el dinero: la salud mental.

Cuando esa presión se interioriza, advierten los autores, puede aumentar el riesgo de ansiedad, depresión e incluso conductas de autolesión. Estas respuestas se han descrito con mayor frecuencia en sociedades donde la vergüenza tiene un fuerte peso cultural, como Japón o Corea del Sur.

Un cráneo de "Homo sapiens" antiguo recuerda que nuestra mente sigue moldeada por la vida en tribus reducidas.
Un cráneo de "Homo sapiens" antiguo recuerda que nuestra mente sigue moldeada por la vida en tribus reducidas.Imagen: Julian Kumar/Godong/picture alliance

Y cuando la presión se proyecta hacia el exterior, el resultado tampoco es precisamente alentador. Pueden aparecer respuestas como el cinismo, la hostilidad y comunidades como la de los llamados incels, hombres que se definen como "célibes involuntarios" y que suelen atribuir su falta de relaciones afectivas o sexuales a las mujeres o a la sociedad. Yong los cita como un ejemplo de cómo la frustración puede acabar transformándose en resentimiento colectivo.

Y por si la comparación constante no fuera suficiente, hay otro ingrediente. Los investigadores hablan de una "policrisis", un escenario en el que el cambio climático, las pandemias, la incertidumbre económica o la irrupción de la inteligencia artificial se alimentan mutuamente. 

En ese contexto, los investigadores sostienen que la exposición continua a crisis, conflictos y malas noticias podría estar activando mecanismos de respuesta que evolucionaron para un entorno muy distinto.

Adaptar el entorno, no el pasado

Eso no significa que la solución pase por volver a vivir en cuevas o idealizar un pasado que tampoco era idílico. Los autores defienden justo lo contrario. Se trata de adaptar el entorno a cómo funcionamos realmente.

Chan pone el foco en el urbanismo. Según explica, el problema no es la densidad de población, sino que un lugar resulte impersonal, hostil o agobiante. Más zonas verdes, barrios donde sea más fácil construir relaciones estables y plataformas digitales que premien menos la comparación constante forman parte de las posibles soluciones.

Si esa hipótesis termina confirmándose, el foco dejaría de estar únicamente en la capacidad de las personas para adaptarse a la vida moderna y pasaría también por preguntarnos hasta qué punto hemos diseñado un entorno que va a contracorriente de cómo evolucionamos. Quizá sea que llevamos demasiado tiempo exigiendo a un cerebro evolucionado para un entorno muy distinto que funcione como si hubiera surgido para el siglo XXI.

"Tenemos que diseñar intervenciones que trabajen a favor de nuestra naturaleza humana evolucionada, en lugar de hacerlo en su contra", concluye Yong.