Beatriz Romero, psicóloga, sobre adolescentes a los que no incluyen en los chats grupales: "No solo duele quedarse fuera, sino imaginar que otros saben que no perteneces"
El sentido de pertenencia es fundamental en la adolescencia. Tanto es así que, si un chico o una chica no siente que pertenece a ningún grupo, pueden tambalearse aspectos tan importantes como la autoestima y puede derivar en un mayor aislamiento social y, en consecuencia, puede repercutir directamente en el bienestar emocional. Pero la pertenencia, hoy en día, no es solo física: también es clave la pertenencia digital, el verse y sentirse parte de grupos de Whatsapp o en algún grupo de Instagram o de TikTok, por ejemplo. ¿Qué ocurre cuando un adolescente se queda fuera de los chats grupales? ¿Cómo les afecta? Lo explica Beatriz Romero Martín, psicóloga y directora y fundadora de Consulta Psicológica Despertares, quien también da pautas a los padres para ayudar a sus hijos en esta situación. La clave es, como ella nos dice, no restar importancia a su malestar.
¿Cómo afecta a los adolescentes comprobar que no les incluyen en los chats de su entorno próximo?
En primer lugar, debemos partir de la base de que cada adolescente reaccionará según sus parámetros iniciales. Los que tienen una red social más amplia, buena autoestima previa o habilidades sociales consolidadas suelen amortiguar mejor el impacto. Pero en la adolescencia, la pertenencia al grupo de iguales no es un "extra": es una necesidad evolutiva central. A nivel neurobiológico, el cerebro adolescente es especialmente sensible al rechazo social (mayor reactividad en sistemas relacionados con dolor social y amenaza). Por eso, descubrir que no estás en el chat del grupo puede vivirse de manera muy intensa.
Primero aparece una vivencia de rechazo directo, que muchas veces se traduce en pensamientos como "no me quieren" o "no encajo". A partir de ahí puede surgir un cuestionamiento de la propia identidad: empiezan a preguntarse qué tienen de raro o qué han hecho mal. En la adolescencia la identidad está en construcción, y la opinión del grupo pesa mucho. También es frecuente la vergüenza social. No solo duele quedarse fuera, sino imaginar que otros saben que no perteneces.
En paralelo, algunos desarrollan una especie de hipervigilancia: analizan gestos, comentarios o silencios buscando pruebas de exclusión. Cualquier detalle puede interpretarse como confirmación de que algo va mal. Y por último, aparece la rumiación constante. Le dan vueltas una y otra vez a lo sucedido, intentando entender qué pasó, qué dijeron, qué podrían haber hecho distinto. Y ese bucle mental, más que aclarar, suele intensificar el malestar.
En la adolescencia la identidad está en construcción, y la opinión del grupo pesa mucho.
¿A qué se suele deber esta exclusión digital?
Evidentemente, sólo podemos plantear posibilidades. Y entre ellas, éstas son las más habituales:
- Dinámicas normales de subgrupos: en la adolescencia se forman microgrupos por afinidades (deporte, humor, intereses). No toda exclusión es malintencionada.
- Baja iniciativa social del adolescente excluido: a veces no es rechazo activo, sino que el chico o chica no se ha incorporado a dinámicas informales.
- Conflictos previos no resueltos.
- Jerarquías sociales y estatus: algunos grupos refuerzan su cohesión marcando un “dentro” y un “fuera”.
- Acoso relacional: en casos más graves, la exclusión es deliberada y sostenida, con intención de dañar o aislar.
- Impulsividad digital: crear un chat “rápido” sin pensar en quién queda fuera; la tecnología facilita exclusiones no reflexionadas.
Es importante distinguir entre una exclusión puntual y una exclusión sistemática.
¿Cómo pueden las familias darse cuenta?
Los adolescentes no son muy dados a verbalizar estas situaciones, pero los padres sí pueden estar atentos a señales indirectas, como por ejemplo, cambios de humor justo después de usar el móvil, comentarios del tipo “todos saben algo menos yo”, un aumento del aislamiento o la evitación del colegio, o una preocupación constante por el teléfono sin que realmente esté recibiendo mensajes. También puede aparecer una bajada repentina de autoestima o resistencia a acudir a cumpleaños y planes grupales.
Más allá de las señales concretas, la clave está en la calidad de la comunicación previa en casa. Si el adolescente siente que puede hablar sin ser juzgado ni minimizado —sin escuchar frases como “eso son tonterías”— será mucho más probable que comparta lo que le está ocurriendo.
¿Cómo ayudarles a afrontarla?
Aquí es fundamental no trivializar ni sobredimensionar. Abordando el tema con naturalidad y serenidad puede ayudar a que el adolescente se abra:
A nivel emocional:
- Validar: “Entiendo que eso duele”.
- Separar el hecho de la identidad: “Que no estés en ese chat no define tu valor”.
- Ayudarles a identificar pensamientos distorsionados (ej. “nadie me quiere”).
A nivel conductual:
- Fomentar otras redes (actividades extracurriculares, otros compañeros).
- Trabajar habilidades sociales si es necesario (iniciativa, asertividad).
- Promover exposición gradual en contextos seguros.
A nivel cognitivo:
- Enseñarles a diferenciar entre exclusión intencional y dinámica circunstancial.
- Reducir la rumiación (estrategias de regulación emocional).
El objetivo no es que “no les afecte”, sino que no estructuren su identidad alrededor de esa exclusión.
Cuando la exclusión sostenida no se aborda, el mensaje implícito que recibe el grupo es que esas jerarquías y formas de marginación son aceptables.
¿Es posible ayudarles a integrarse en estos grupos?
No es imposible, pero depende mucho del contexto. Puede ser viable cuando no existe un rechazo activo, cuando el grupo es relativamente abierto y flexible, y cuando el propio adolescente está dispuesto a dar algunos pasos para acercarse.
En esos casos, es útil facilitar encuentros presenciales, porque los vínculos cara a cara suelen fortalecer la inclusión en los espacios digitales. También puede ser necesario trabajar habilidades conversacionales y estrategias para incorporarse a dinámicas grupales con mayor seguridad. Acompañarlos en pequeños actos de iniciativa —como proponer un plan o tomar la iniciativa al escribir— puede marcar una diferencia importante.
Sin embargo, no es recomendable forzar integraciones artificiales si el grupo muestra una actitud claramente hostil o excluyente. En esas situaciones, suele ser más saludable ayudar al adolescente a construir otro espacio de pertenencia donde pueda sentirse aceptado y valorado de manera genuina.
¿Debería intervenir el centro escolar?
La escuela tiene responsabilidad en el clima socioemocional del aula. No se trata de obligar a los alumnos a incluir a alguien en un chat privado, pero sí de actuar sobre las dinámicas que están generando daño. Esto implica trabajar la cohesión grupal, intervenir cuando se consolidan patrones de rechazo, desarrollar programas de educación emocional y competencia social, y supervisar de forma activa posibles situaciones de bullying.
Cuando la exclusión sostenida no se aborda, el mensaje implícito que recibe el grupo es que esas jerarquías y formas de marginación son aceptables, y eso acaba reforzando dinámicas dañinas a medio y largo plazo.
¿Qué deberían e hacer los padres si su hijo están en “el otro lado”?
Lo primero es evitar una reacción impulsiva o excesivamente moralizante. Antes de juzgar, conviene entender qué ha ocurrido. Es importante explorar si la exclusión fue deliberada, qué piensa sobre la persona que ha quedado fuera y si es consciente del impacto que eso puede tener. A partir de ahí, se puede trabajar la empatía —ayudarle a ponerse en el lugar del otro— y reflexionar sobre lo que significa ejercer liderazgo y responsabilidad dentro de un grupo.
Si ha habido un daño claro, es adecuado promover alguna forma de reparación, ajustada a la edad y al contexto. Y aunque no conviene etiquetar al hijo como “acosador” sin un análisis cuidadoso, sí es fundamental marcar un límite claro: excluir de forma sistemática para hacer daño no es aceptable.
