Carlos Javier González, docente: "El profesor ya no es alguien en quien confiar o delegar, sino alguien a quien se vigila"
Carlos Javier González Serrano es profesor de Filosofía y Psicología y orientador en Bachillerato. Vive cada día la situación de las aulas, que no es la mejor, según denuncian diferentes protagonistas. En su libro El aula insurgente (Ed. Destino) reivindica con valentía la vuelta a una escuela como "recinto sagrado" donde se despierte de nuevo el deseo de aprender y la libertad de pensar. Hemos charlado con él.
La sociedad debe volver a creer que saber importa y que el conocimiento es relevante. Si el saber pierde valor, también lo pierde quienes lo transmiten
"Ha habido y hay mañanas en las que despierto con el atronador convencimiento de que la labor docente resulta inútil e innecesaria, ridícula incluso", confiesas al iniciar el libro. El desencanto entre muchos profesores actuales es manifiesto. ¿Qué está pasando para que una profesión tan vocacional se haya convertido para muchos en un lugar del que quieren escapar?
El término “vocación” es engañoso. La vocación es una conquista (de esfuerzo, de trabajo, de conocimiento, de entrega). Bajo el concepto de “vocación” se justifican bajas remuneraciones o resentimiento de los derechos de los trabajadores, por lo que debemos ser cuidadosos con el uso de esa expresión. Se pide al docente que sea cualquier cosa (terapeuta, trabajador social, mediador, experto en tecnología, etc.) menos lo que debe ser: transmisor de conocimientos, alguien que agite conciencias mediante el saber, el custodio de un tiempo esencial, el del aprendizaje.
El profesorado se está convirtiendo en un gestor de incidencias, y esto repercute en la autonomía y la maduración de las nuevas generaciones. El desencanto nace en nuestra sociedad porque hay falta de horizonte que sólo el conocimiento nos puede dar. Quien no sabe, es vapuleado y polarizado por intereses político-económico-tecnológicos. Cuando uno no sabe por qué hace lo que hace y es manipulado por estímulos constantes, cualquier actividad se vuelve insoportable. El profesorado no quiere escapar (de hecho, permanece fiel en el aula); quiere poder ejercer su trabajo: enseñar, acompañar en el aprendizaje.
Se habla de que los alumnos de ahora son diferentes y de que sus padres también lo son. ¿En qué ha cambiado este ecosistema escolar para que la situación se haya vuelto tan difícil?
Cambia todo, pero no sólo en los centros educativos. Se ha modificado la relación con la autoridad de cualquier clase porque la subjetividad, el yo, es lo primero; cuando el yo no alcanza lo que quiere, entonces aparecen la frustración, la anhedonia o, incluso, la ansiedad o la depresión. El exceso de subjetividad es el gran dolor de nuestro tiempo. También ha cambiado nuestra relación con el tiempo (todo ha de ser rápido, inmediato), con el saber (para qué necesito a un profesor que me explique, “me aburres”) y con uno mismo (el individuo contemporáneo sólo quiere lo que le causa placer o, más aún, una dulzona sensación de inexistencia en la que no nota que ha de hacer algo con su tiempo).
Las familias también deberían contribuir a que las figuras docentes ostenten un papel fundamental en la sociedad y no ser colaboradoras directas del exceso de subjetividad de sus hijos e hijas. Se ha sustituido la confianza por la permanente sospecha; el profesor ya no es alguien en quien confiar o delegar, sino alguien a quien se vigila.
¿Hay alguna forma de volver a un respeto por el docente que parece perdido?
El respeto no se decreta; el respeto es una conquista. Y para ello hay que construirlo políticamente. Eso implicaría tomar decisiones incómodas: devolver autoridad al profesorado, respaldarlo institucionalmente desde las autoridades competentes, revisar sus sueldos y dejar de someterlos a una continua evaluación pública y burocrática. Pero ese respeto exige algo más hondo y complejo: que la sociedad vuelva a creer que saber importa, que el conocimiento es relevante. Si el saber pierde valor, también lo pierde quienes lo transmiten.
Algunos docentes plantean que, más que contenidos académicos, como hasta hace unos años, tienen que cumplir funciones de psicólogos, o de gestión emocional. ¿Cómo compatibilizar enseñar con el momento de salud mental que viven niños y adolescentes?
Me parece una trampa muy peligrosa. La escuela no puede (ni debe) sustituir a la familia ni al sistema sanitario. Si al profesor se le pide ser terapeuta (o titiritero digital, o gestor de emociones, o coach emocional o cualquier otra aberración), estará dejando de ser lo que es: profesor, enseñante, transmisor de saber. Ahora bien, y seré contundente, la salud mental de nuestro alumnado no mejorará si no existen una estructura, una exigencia, una disciplina, un sentido. Es decir, una objetividad más allá de la subjetividad (del yo) de cada uno. Estamos llenos de yo, enfermos de yoidad. El aula muestra que el mundo no nos pertenece, que debemos dar las gracias, ser amables, aprender a discutir y argumentar, a conocer las fuentes, a no fiarnos de cualquier cantamañanas con unos cuantos seguidores en redes.
No todo malestar emocional se resuelve hablando de él o psicologizándolo; a veces nuestros problemas, en niños y adolescentes, pero también en adultos, encuentran salida en dar con algo que merezca la pena más allá de nosotros, de nuestra constante rumiación: algo que merezca la pena ser leído, pensado, comprendido. Un libro, una película, una historia, un debate, un club de lectura… Diré algo que quizá resulte llamativo: el conocimiento no es un adorno, es también una forma de cuidado. Quien sabe y conoce, también puede pensar sus yugos (emocionales, sociales, políticos, económicos); y eso ayuda a buscar soluciones.
Según las exigencias de la sociedad actual, ¿qué conocimientos deberían facilitarse en las aulas?
Aquellos que permitan orientarse en un mundo que impide cualquier tipo de orientación (o que fomenta la constante desorientación): lengua y ampliación del léxico, historia, ciencias de base, filosofía. No consiste en acumular datos, sino en poder pensar con rigor. Esto aterroriza a las élites económicas y tecnológicas. Seré claro: el objetivo es anestesiar nuestra inteligencia. Un estudiante que puede leer con profundidad, que entiende lo que lee, que escribe y se expresa con claridad y que piensa y reflexiona con criterio es alguien difícilmente manipulable. Y esto, política y socialmente, es decisivo.
La cantidad y densidad de materias básicas, si las comparamos con otras generaciones, se ha reducido sustancialmente. ¿Tienen los escolares de hoy menos capacidad de estudio, atención y aprendizaje que, por ejemplo, tuvieron sus padres? ¿Es parte de esa 'infantilización pedagógica' de la que hablas en el libro?
No tienen, en absoluto, menos capacidades, sino que viven en un entorno que constantemente las erosiona. La atención, la paciencia, la concentración o la memoria son procesos que se entrenan, no son potencias adquiridas de manera innata. Necesitan entrenamiento. Y están siendo adiestradas, codificadas para su arresto y para garantizar nuestra estupidez. Se rebaja el nivel para adaptarlo al nivel de distracción que requiere nuestra sociedad seducida por la hiperestimulación. En lugar de combatirlo, nos hacemos cómplices de esta atrofia adquirida. Y eso, seamos claros, es una forma voluntaria de abandono de nuestras capacidades intelectuales. El precio es la creciente idiotización de la sociedad: que piensen por mí, estoy demasiado ocupado siendo entretenido.
"La tarea del maestro es la de encarnar la espera entre sus estudiantes, procurar que la llama del deseo de saber prenda y no se extinga", recoge el libro. ¿Cómo hacerlo en la era de la atención fragmentada y del 'aquí y ahora'?
Siendo, justamente, lo que el mundo no es ni espera que seas: un lugar, un tiempo y un espacio donde no todo sucede de inmediato. El aula esconde un carácter sagrado por ese carácter extemporáneo. El deseo de saber no puede imponerse, debe ir calando poco a poco, curso tras curso. Y para ello se deben crear las condiciones apropiadas: silencio, tiempo, espera, paciencia, esfuerzo, aprendizaje pausado, presencia, emoción. Y esa resistencia es practicada hoy por los docentes, que sostienen un espacio de resistencia cuando todo empuja en contra.
¿Qué se puede hacer con los alumnos que sí tienen ese deseo de aprender en un aula y que tienen que enfrentarse al resto para poder escuchar al profesor y simplemente seguir la clase, sabiendo que por ello incluso pueden ser objeto de acoso?
Siempre protegerlos, sin ambigüedades, a ellos y a todos. Una sociedad que no protege a quienes quieren y desean aprender es una sociedad condenada a la mediocridad, al avasallamiento, a la manipulación y a la idiotez del estímulo constante. El aula no ha de ser un lugar de rehenes para quienes no quieren estar en ella; debemos garantizar el derecho al aprendizaje (es un derecho, no está mal recordarlo de vez en cuando). El aula es el lugar donde se garantiza, con hechos, el derecho a aprender.
"A pie de aula se constata que el alumnado tiene cada vez más y mayores dificultades para comprender un texto complejo o para llevar a cabo cálculos numéricos más o menos elementales", adviertes en el libro. ¿Qué pueden hacer la escuela y la familia para revertir esa situación?
Esto no se revierte de la noche a la mañana ni con más metodologías innovadoras de coaches educativos que creen haber descubierto la pólvora. Esta dinámica se puede revocar poco a poco con más tiempo de estudio real. Tiempo. Estudio. Leer más, escribir más, equivocarse más. La escuela debería recuperar prácticas básicas y fundamentales que se han ido perdiendo a fuerza de correr tras los imperativos contemporáneos. Las familias deben entender que educar también implica poner límites a la subjetividad, exigiendo mientras se acompaña en ese proceso de maduración. Quién diría que exigir cierto esfuerzo para conseguir metas llegaría a ser revolucionario.






