Cuando los lobos cazan, los cuervos recuerdan exactamente dónde
En la mitología nórdica, los cuervos (Corvus corax) y los lobos (Canis lupus) estaban estrechamente ligados al dios Odín. Sus cuervos, Hugin y Munin, recorrían el mundo para contarle secretos, mientras que los lobos Geri y Freki lo acompañaban.
Más allá de los mitos, un nuevo estudio publicado en la revista Science sugiere que estas dos especies también mantienen una relación particular en la naturaleza: cuando los lobos logran cazar, los cuervos suelen ser los primeros en llegar para alimentarse.
Los autores proponen que los cuervos usarían su memoria espacial y habilidades de navegación para encontrar los lugares donde es más probable hallar comida cazada por los lobos.
"Los cuervos pueden recorrer grandes distancias volando y parecen tener buena memoria, por lo que no necesitan seguir constantemente a los lobos para aprovecharse de los depredadores", afirma el autor principal Matthias-Claudio Loretto, en un comunicado del Instituto Max Planck de Comportamiento Animal.
Rastreando con GPS a lobos y cuervos
Para investigar este comportamiento, los científicos colocaron rastreadores GPS a 69 cuervos y a 20 lobos del Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos.
Los lobos fueron reintroducidos en esta área protegida a mediados de la década de 1990, tras unos 70 años de ausencia, y el paisaje abierto del parque resultó ideal para estudiar sus movimientos.
"Este trabajo no habría sido posible en ningún otro sitio que no fuera Yellowstone", señala el coautor John Marzluff, científico de vida silvestre de la Universidad de Washington.
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Un "paisaje de recursos"
Durante más de dos años y medio de seguimiento, los autores observaron que los cuervos rara vez seguían a los lobos durante largos periodos. De hecho, solo registraron un caso en el que un ave acompañó a un lobo durante más de una hora.
Según los investigadores, los cuervos construyeron una especie de "paisaje de recursos", un mapa mental de los sitios que les sirve para recordar dónde es más probable encontrar restos de caza, sugieren los investigadores.
Por eso, las aves parecían regresar repetidamente a los lugares donde los lobos suelen derribar presas, como ciervos, alces o bisontes.
Las presas atrapadas por los lobos suelen encontrarse con mayor frecuencia en valles abiertos o terrenos planos, donde las persecuciones son más probables.
Señales directas e indirectas para recordar
A corta distancia, los cuervos aprovechan señales directas, como los aullidos de los lobos, para localizar nuevas presas. Pero también tienen la capacidad de reconocer pistas indirectas más lejanas, como huesos, que usan como referencia para reforzar sus mapas mentales.
"La cognición animal en la naturaleza a veces puede ser más sofisticada de lo que tendemos a suponer", señala Loretto, también investigador de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena.
Una relación desigual
Quien saca mayor provecho de esta interacción son los cuervos. Los lobos a menudo intentan ahuyentar a las aves con zarpazos, e incluso parece que a veces un miembro de la manada se queda vigilando la presa.
Cuando los cuervos compiten con los lobos por los restos de la presa, lo hacen de una manera muy ruidosa, algo que podría atraer a otras aves carroñeras o depredadores.
"No sabíamos de lo que eran capaces los cuervos porque nadie los había considerado como un elemento central; nadie había adoptado la perspectiva del carroñero", declara otro firmante, Daniel Stahler.
Un solo cuervo puede llevarse hasta 220 gramos de carne, y cuando llegan decenas de aves, incluso el cadáver de un bisonte puede desaparecer con rapidez.
"Los cuervos obtienen mucho más de este trato que los lobos", apunta Marzluff.
Un cerebro pequeño, pero soprendente
Para los investigadores, estos resultados muestran que la inteligencia de los cuervos puede ser aún más compleja de lo que se pensaba.
"Los cuervos han fascinado a las personas desde siempre", declara Marzluff. Sin embargo, muchas veces estas aves han sido consideradas como "plagas oportunistas".
"Nunca anticipamos ni esperábamos que pudieran mantener en sus cerebros —que no son mucho más grandes que tu pulgar— información sobre miles de kilómetros. Los hemos subestimado", concluye el especialista.