Danza, a contracorriente

Danza, a contracorriente

En México, la danza se sostiene en una paradoja persistente, crece en número de proyectos, lenguajes y generaciones, pero continúa habitando una estructura laboral frágil, donde el cuerpo es el centro creativo y, al mismo tiempo, su punto de mayor vulnerabilidad. Aun así, es un campo que no deja de moverse, ya que, incluso en condiciones adversas, la danza se expande, se reinventa y celebra su propia existencia.

En el marco del Día Internacional de la Danza y desde distintas trincheras, la creación independiente, la gestión, la docencia y la interpretación, diversas voces coinciden en un diagnóstico que se repite con variaciones, pero sin matices: la danza existe, pero no siempre se sostiene.

“Es una situación compleja y no es exclusiva de este país ni de este momento histórico. La danza continua siendo una disciplina invisibilizada”, afirma Rodrigo González, coreógrafo, bailarín y director de La Infinita Compañía.

Esa invisibilidad se traduce en condiciones laborales precarias, donde predominan los esquemas de beca por encima de los contratos formales.

Asimismo, explica que esta situación también se refleja en la relación con los públicos, ya que de acuerdo con el INEGI, en su encuesta especializada Módulo sobre Eventos Culturales Seleccionados (MODECULT 2025), apenas alrededor del 12 por ciento de la población asiste a funciones de danza, mientras que más del 60 por ciento nunca acude a eventos escénicos.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señala en su informe The Culture Fix: Creative People, Places and Industries (2022), que la participación cultural no depende solo de la oferta artística, sino de factores estructurales como el ingreso, la educación y el acceso territorial.

Este estudio estima que las industrias culturales y creativas aportan en promedio alrededor del 2 por ciento del valor agregado económico en los 38 países miembros, incluido México, con mayores concentraciones en zonas urbanas, donde pueden alcanzar hasta el 10 por ciento del empleo, lo que evidencia desigualdades en el acceso y la profesionalización del sector.

En ese contexto, González apunta que una de las tensiones centrales del sector son las condiciones laborales: “La mayoría de los artistas no cuenta con contratos formales, sino con becas temporales que no garantizan derechos básicos como salud, vivienda, retiro o seguridad social”, dice.

La misma preocupación atraviesa a Laura Rocha, coreógrafa y directora de Barro Rojo Arte Escénico, quien subraya la inestabilidad como norma. “El principal reto es económico. No existe estabilidad ni certeza laboral, lo que obliga a trabajar constantemente a contracorriente, seguimos tocando puertas como si fuéramos una compañía nueva, incluso con décadas de trayectoria”, afirma.

Desde su experiencia en Barro Rojo, Rocha identifica una constante, la falta de condiciones laborales dignas: “A ello se suma una dificultad de fondo, muchas veces cada quien resuelve por su cuenta, lo que dificulta generar cambios estructurales”.

Desde otra trinchera, el bailarín independiente Diego Vega Solórzano describe un sistema donde la autogestión es prácticamente la única vía. “La autogestión implica generar estrategias propias para sostenerse económicamente, prever riesgos como lesiones y construir redes de apoyo.No existen prestaciones, todo depende de la organización personal y del cuidado constante del cuerpo”, dice.

En este contexto, resalta, “la danza se convierte en una práctica de resistencia cotidiana, pero también en un espacio de libertad creativa donde nuevas generaciones siguen apostando por el movimiento como forma de vida”.

Cortesía: Emilio Sabin.
Barro Rojo Arte Escénico.

Este panorama dialoga además con cambios en el consumo cultural que la UNAM en su Encuesta Nacional de Hábitos y Consumo Cultural ENHCC 2020 señala que menos del 30 por ciento de los jóvenes asiste a espacios culturales formales, mientras que más del 70 por ciento consume cultura principalmente en entornos digitales, lo que plantea retos pero también oportunidades para la circulación de la danza.

Lejos de frenar la creación, esta transición, explican, impulsó formatos híbridos, proyectos independientes y nuevas formas de encuentro con el público. En este sentido, Estefanía Muñoz “Taffy”, bailarina independiente y psicóloga, sintetiza que el principal reto es la inestabilidad económica.

“La mayoría tenemos que tener otros trabajos para sostenernos”, ataja, en cuyo caso combina la danza con la docencia y la práctica clínica.

Los datos refuerzan este contexto: aunque 36.7 por ciento asiste a algún evento cultural, las artes escénicas y en particular la danza siguen siendo un sector minoritario en México.

Desde el trabajo colectivo, Paula Herrera, directora general y artística de Danzariega, introduce otra dimensión, la valoración social del arte.

“El modelo actual no considera el arte como una actividad fundamental, sino secundaria o de entretenimiento”, señala la también docente, quien explica que esto deriva en una normalización de la precariedad. “La creación de una obra implica meses de entrenamiento, ensayos y producción, pero los pagos por función no alcanzan para cubrir esos costos”, explica.

“Se requiere un cambio de perspectiva y reconocer el arte como un elemento esencial para el desarrollo humano”, insiste.

Desde la práctica institucional independiente, Reyna Pérez, fundadora de Ardentía, observa otra arista, la de la inestabilidad en los procesos formativos y laborales. “Los retos han aumentado, uno de ellos es la movilidad constante de los bailarines entre proyectos, lo que dificulta la continuidad artística; priorizan lo económico sobre lo artístico, trabajando en múltiples proyectos en lugar de profundizar en uno solo”, explica.

“En conjunto, estas voces dibujan un mismo mapa, la danza como profesión existe, pero su sostén es inestable. Los esquemas laborales son precarios y la formación de públicos sigue siendo desigual”, añade.

Sin embargo, hay algo que también atraviesa todas las historias: la permanencia, pues a pesar de todo, la danza ocurre, se adapta, encuentra espacios y crea comunidad.

“El cuerpo trabaja, pero también paga. Y en esa ecuación, aún no hay un sistema que lo proteja del todo”, resume Pérez.

Para Raúl Tamez, bailarín, coreógrafo y también director de La Infinita Compañía y el Teatro Varsovia, la danza en México no es un sector en crisis puntual, sino en tensión permanente, un campo donde la creación avanza, pero las estructuras no alcanzan a sostenerla.

“Definitivamente el problema suele ser el dinero, los apoyos e incluso la infraestructura. No hay compañías gubernamentales que ofrezcan condiciones dignas, y lo que se les da ni siquiera es un salario, sino una beca sin prestaciones que lleva años sin aumentar”, señala.

Y resalta que “en el país, la danza vive un momento de crecimiento en vocaciones y talento joven, tanto en la creación coreográfica como en la interpretación y, sin embargo, este avance contrasta con profundas carencias estructurales como la infraestructura y las condiciones laborales dignas”.

La mayoría de los proyectos, explica, son independientes, lo que obliga a los artistas a asumir múltiples roles más allá de lo creativo, como la gestión, la producción y la difusión.

“A ello se suma la ausencia de seguridad social y de reconocimiento institucional, lo que coloca a los bailarines en una situación de alta vulnerabilidad, especialmente ante lesiones o problemas de salud”, dice.

También señala “la falta de memoria artística, la escasa investigación y crítica especializada, así como la desarticulación de compañías”.

No obstante e incluso en este contexto adverso, también reconoce un avance técnico e interpretativo en los bailarines, así como esfuerzos por generar nuevos públicos mediante plataformas digitales y espacios alternativos. “Esto refleja una comunidad resiliente que, pese a todo, continúa fortaleciendo y diversificando la danza”, destaca Tamez.

“Más que una celebración ingenua, el Día Internacional de la Danza se vuelve una celebración consciente y un reconocimiento a quienes, pese a todo, siguen bailando, pero también un recordatorio de que la danza no solo resiste, insiste, se transforma y celebra el acto simple y poderoso de seguir en movimiento”, concluye. 

Así, que viva la danza. 

Por Azaneth Cruz

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