El fiscal del hierro
El domingo pasado, a los 77 años, murió Javier Coello Trejo, un abogado que construyó su carrera bajo las reglas sucias del antiguo régimen. Como ocurre con la mayoría de los políticos que mueren en este país, sus contemporáneos y colegas lo despidieron como si estuvieran despidiendo a un santo. Pero él mismo decía que para muchos fue “un cabrón”.
En sus memorias, Coello Trejo cuenta diversos pasajes que, siendo subprocurador, vivió con famosos traficantes y narcofuncionarios. De Amado Carrillo, por ejemplo, cuenta que estaba tan golpeado cuando fue a verlo a la prisión militar que tuvo que trasladarlo de urgencia a los separos de la procuraduría, donde armaron una sala de terapia intensiva. Que años después, Carrillo le agradeció el gesto de salvarle la vida al advertirle que querían secuestrar a su hijo Javier. Coello Trejo condena la salida de prisión de Carrillo bajo sobornos pero rechaza que haya sido beneficiado de ese dinero como acusó el desaparecido José Alfredo Andrade, abogado de Carrillo. De hecho, según Andrade, Coello Trejo le habría pedido luego ayuda al traficante para que intercediera por sus escoltas, José Luis Pérez Flores e Ismael Aguilar Sánchez, acusados de diversas violaciones y abusos sexuales que ocurrieron entre marzo y agosto de 1989, al sur de la ciudad. En su momento, Coello Trejo y sus escoltas acusaron una conspiración desde la procuraduría capitalina, dirigida por Ignacio Morales Lechuga.
De Juan García Ábrego cuenta que “ya no aguantaba la presión y quería entregarse”. Que Salinas respaldó la negociación pero que, de buenas a primeras, Salinas lo nombró procurador del consumidor y el traficante siguió libre. “Todavi´a sostengo que el presidente Salinas no teni´a nada que ver con el jefe del Ca´rtel del Golfo, pero quizá gente muy cercana a él si´”. Coello Trejo también se sincera cuando escribe que le encargó a Guillermo González Calderoni que investigara y que capturara a García Ábrego, pero el comandante se negó porque era amigo del traficante. Omite, eso sí, que diversos testimonios de contrabandistas señalan que Coello Trejo habría recibido dinero de ese grupo delictivo.
De Miguel Ángel Félix Gallardo no omite, más bien revela que Salinas pidió la cabeza del capo “para cambiar la idea que tenían” tanto Ronald Reagan, el presidente gringo saliente, como George Bush, el entrante, de que México “era absolutamente corrupto, impune e ineficaz para hacer frente al narcotra´fico”. Que la DEA quiso boicotear la investigación contra el traficante. Y que dieron con él un día que Félix Gallardo amaneció crudo y pidió por teléfono unos mariscos.
En sus memorias, Coello Trejo también presume que en sus primeros años colaboró con la siniestra Brigada Blanca, encargada de exterminar a la guerrilla mexicana. Que en 1976 el presidente López Portillo lo llamo´ El fiscal de hierro. Y que “organizó equipos intachables” y trató con “los mejores policías” del momento: “Miguel Nazar Haro, Jorge Obregón Lima, mi compadre Florentino Ventura Gutiérrez, mi amigo (y compadre) Arturo Durazo Moreno (…) y (Guillermo) González Calderoni. Pura gente de muchos gu¨evos y comprometida con el servicio a la sociedad. Habrá algunos que digan que fueron corruptos, autoritarios, feroces y no lo puedo negar. Pero con todo respeto (…), ¿cómo se combate al crimen y a la delincuencia? Con gu¨evos, decisión”.
Cuenta, además, que por intrigas políticas lo destituyeron como secretario de Gobierno. No dice que lo acusaron de haber torturado a un líder campesino ni que aprovechó sus relaciones políticas para constituir Coello Trejo y asociados, su despacho de abogados. Cuenta que la primera encomienda de Salinas para Coello Trejo fue detener al líder del sindicato petrolero Joaquín Hernández Galicia, La Quina, por cargos relacionados al tráfico de armas. No reconoce que fue por una venganza política. Lo que sí cuenta es que el Departamento de Estado gringo usó el asesinato de Enrique Camarena para presionar a Salinas. “Querían tener 100 agentes de la DEA en nuestro pai´s. Llegamos a permitir poco ma´s de 20”.
Sus memorias son un documento involuntariamente revelador de que lo que construyó a lo largo de su carrera no fue exactamente justicia, sino una versión funcional de ella. Los señalamientos en su contra -dinero del narco, torturas, escoltas abusadores- quedaron siempre como acusaciones de otros, nunca como hechos que él debía responder. Que sus contemporáneos lo despidan como a un santo es coherente. Coello Trejo fue un producto fiel del sistema que lo formó y ese sistema nunca se juzga a sí mismo en los funerales.
POR ALEJANDRO ALMAZÁN
COLABORADOR
@ELALEXALMAZAN
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