¿Y si aprendemos un poco de Haaland?
Hay futbolistas que parecen vivir con el peso del mundo sobre los hombros. Y luego está Erling Haaland.
Uno de los delanteros más temidos del planeta. Un hombre de casi dos metros de estatura, más de noventa kilos de músculo y una potencia que justifica el apodo de Cyborg. Un jugador que pulveriza récords, que juega en la liga más exigente del mundo y que, sin embargo, habla del futbol con la naturalidad de quien todavía recuerda por qué empezó a jugar.
Quizá esa sea una de las sorpresas más agradables que ha dejado este Mundial. Mientras muchos llegan consumidos por la presión, Noruega parece haber aterrizado con otra filosofía. Haaland lo resumió mejor que cualquier analista: Inglaterra carga con la obligación de ganar; ellos llegaron para disfrutar. No es una frase menor.
En un deporte donde todo se mide en estadísticas, contratos millonarios, algoritmos y probabilidades, alguien decidió recordar que el futbol sigue siendo un juego.
¡Y vaya que se nota! Noruega no disputaba un Mundial desde hace casi tres décadas. En la última ocasión también estuvo ahí Alf Inge Haaland, el padre de Erling. Hoy la historia parece cerrar un círculo: una nueva generación de noruegos ha devuelto al país a la élite futbolística.
Pero lo interesante no es únicamente el resultado. Es la manera.
Durante años nos acostumbramos a asociar el jogo bonito con Brasil. Aquella selección que parecía bailar mientras jugaba. Que convertía la alegría en estrategia. Hace tiempo que ese futbol desapareció.
Curiosamente, quienes hoy parecen divertirse más no son los brasileños, sino unos vikingos criados entre nieve, fiordos y noches interminables. Corren, presionan, pelean cada balón… pero también sonríen. Y eso se contagia.
Fuera de la cancha, Haaland tampoco encaja con la imagen del deportista construido por un departamento de mercadotecnia. Es obsesivo con el descanso, la alimentación y el entrenamiento, pero conserva una espontaneidad poco común.
Puede aparecer utilizando una exclusiva colección de Nike inspirada en los refrescos mexicanos Jarritos, declarar su simpatía por México o bromear con absoluta naturalidad durante una entrevista.
En Noruega, además, existe una curiosa tradición llamada Tacofredag: el viernes de tacos. No son exactamente nuestros tacos la versión noruega se acerca mucho más al estilo tex-mex—, pero confirma una verdad universal: pocos pueblos pueden resistirse a cenar tortillas con algo encima.
Quizá por eso no resulta extraño que muchos aficionados latinoamericanos hayan adoptado a Noruega como su selección favorita conforme otras escuadras fueron quedando eliminadas. En México incluso abundan los juegos de palabras con su apellido: “Haaland”… “jalan”. Porque el futbol también se juega así.
Con humor. Con complicidad. Con la capacidad de convertir un partido en una conversación compartida.
Incluso las marcas parecen haber entendido el momento. La aerolínea Norwegian retó en redes sociales a British Airways a cambiar por un día su logotipo si Noruega derrotaba a Inglaterra. La respuesta británica fue igualmente elegante: “No hagan apuestas que no pueden ganar”.
Así debería vivirse este deporte. Con competencia feroz dentro del campo y buen humor fuera de él.
Hoy sabremos quién avanza. Inglaterra tiene mejores probabilidades, mayor historia y más presión. Noruega tiene menos obligaciones y un delantero que parece haber descubierto algo que muchos profesionales olvidan demasiado pronto. Que el éxito no siempre consiste en jugar sin miedo. A veces consiste, simplemente, en no olvidar disfrutar el juego.
Los Mundiales siempre terminan encontrando héroes inesperados. Esta vez apareció un adolescente mexicano que juega como si no supiera que tiene millones de personas viéndolo; un portero caboverdiano empeñado en demostrar que los reflejos también pueden desafiar a la lógica; selecciones llamadas “pequeñas” que se cansaron de pedir permiso para competir; y un grupo de vikingos encabezados por Erling Haaland que parecen haber descubierto el secreto más subversivo del futbol moderno: divertirse mientras juegan.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ