El misterio de las uñas de Rosalía: lo que su manicura nos cuenta de su evolución, sus rupturas y su nueva fe
Dicen que los ojos son el espejo del alma. Y oye, que sí, que también. Pero si hay un termómetro infalible para saber en qué punto vital (y mental) se encuentra nuestra artista más internacional, quizás no habría que verlo en sus ojos. Ni leer sus letras, ni fisgar en su cuenta bancaria, ni siquiera investigar como un stalkeador cualquiera quién le da like en Instagram. Hay que mirarle las manos. O mejor dicho, la última falange de esos dedos que se elevan al firmamento o con lo que te señala para cortarte la respiración o que le sirven para, agitados y llenos de anillos, darse un poquito de aire o resuello. Porque, ahí, en sus uñas, se revela la verdadera forma de ser, de estar y de padecer de Rosalía.
Ahí sabremos de su estado de ánimo y de su transformación. Lejos de entenderse como un simple complemento del look, su manicura se han convertido en un lienzo en blanco para expresarse y acompañar su meteórica carrera. Y menuda carrera, amiga… Cuatro discos y diez años para los que necesitas un manual de instrucciones. Pero no te preocupes, en ¡HOLA! hemos dibujado el perfil con unas curvas como las del Niágara de esta mujer para la que no hay desfiladero que se le resista. Y donde te lo explicamos todo.
Porque hubo un tiempo en el que Rosalía no podía abrir una lata de la máquina de refrescos sin pedir ayuda al gasolinero. En los años dorados de El Mal Querer, sus manos eran auténticas armas de seducción masiva. ¿La artífice? La peruana Maritza Paz desde su salón Dvine Nails en Barcelona. ¿Qué se cocía en aquel salón? Pues un nivel de divismo maravilloso.
Las uñas de la cantante llegaban a estar repletas de cristales de Swarovski originales y la factura podía rondar tranquilamente los 150 o 200 euros. Para que te hagas una idea del nivel de devoción estética, las icónicas uñas que lució en la gala de los Grammy de 2019 (las de Cleopatra) supusieron nada menos que seis horas ininterrumpidas de trabajo.
Sin embargo, detrás de tanto brilli-brilli y tanta garra de alfombra roja, había un secreto muy terrenal: en la intimidad de su día a día o en el estudio, Rosalía se veía obligada a llevarlas cortas porque semejantes 'prótesis' hacían imposible tocar la guitarra y el piano. Y así, mientras Karol G, Nathy Peluso, Badgyal o Farin, se sumaron a la moda y al salón y la chica quería convencer a la de Sesrovires de que no virara hacia el nude (¿alguien ha dicho manicura francesa?) Rosalía...
Rosalía le fue “infiel”. Con Verónica Marcalla, al autora de aquellas garras con la que rasgó el cielo de Mad Cool en aquel julio preCovid con incrustaciones de ositos, donuts, gatitos y helados de sabor unicornio. Pero llegaba la transnacionalidad y con ella, Aute Cuture y su salto a Estados Unidos. En Nueva York recurrió a Juan Alvear (más conocido como Nails By Juan), un artista de las uñas que busca las curvas y los volúmenes para crear una estética más próxima al laberinto de un fauno que a una tienda de Hello Kitty. Serían momentos de cambio. De barroquismos futuristas, más cercanos a Dune, que a los los estucos blancos de Serpotta de Santa Rosalía de Palermo y… Rosalía conoce a Mei Kawajiri, la nail artist más famosa de Instagram.
Con modelos como Gigi y Bella Hadid y todo el clan Kardashian entre su clientela, Rosalía se entrega en cuerpo y alma a su creatividad brillante (literalmente). Ella fue la encargada de ponerle los joyones de bisuta de Yo x ti tú x mí. Era la Motomami más explosiva. La que quería descubrir y descubrirse, la que moría por un impacto visual y un tono de intensidad sublime, provocadora y desafiante. Las uñas eran entonces un símbolo de fuerza, de exceso y actitud, reforzando una estética que rompía normas y redefinía los códigos del pop contemporáneo.
Y que había dejado a C Tangana y estaba a vueltas con Rauw Alejandro. Era el momento de ponerse al volante de un buga y lo hizo con la estrella más fulgurante del nail art: Sojin Oh, culpable de aquellas alucinantes uñas de cristal en 3D que lució en su videoclip con Billie Eilish. Rosalía era una figura rebelde que mezclaba cuero, gasolina y espiritualidad posmoderna. Era oscuridad y carne.
Pero llegó el desamor, una boda que nunca se produjo… la rabia, el infierno y la redención. Y llegamos al presente. A sus 33 años (la edad de Cristo, ojo al dato que no es baladí), la catalana nos ha dejado a todos, otra vez, con la boca abierta. Con su cuarto disco, LUX, Rosalía aparece transformada ¿o será transfigurada? Ni cuero, ni garras, ni asfalto… Blanco y negro. Sin costuras. Sin hechuras. Como un toile prenupcial para un vestido de novicia. Quien antes era una 'motomami' empedernida, con casco y orejitas de conejo, ahora lleva un halo rubio rodeando su cabeza y unas uñas… naturales, limpias, casi desnudas.
Al ritmo de su música, su manicura también ha evolucionado. Y si ella ha madurado y se ha despojado de cosas innecesarias, de todo lo accesorio, para ir a lo puro, lo más espiritual, a lo más original, a lo más intrínseco de su arte (o de su ser), en sus uñas, también. Y en esta etapa puesta por diseños etéreos, colores blancos, rosados o translúcidos… Por la limpieza, la sencillez… la calma. Lo celestial. Si su disco grabado con la Orquesta Sinfónica de Londres y con arreglos de la premio Pulitzer Caroline Shaw es pura mística, su estética (vestidos blancos, velos, diademas con alas) acompaña el mensaje.
Si hablamos de sus manos actuales, podríamos pensar en La creación de Adán de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Sus manicuras largas, imposibles, casi armaduras, ahora son naturales, como si en ellas se reflejara su nueva fe. Si Motomami era exceso, LUX es luz y trascendencia. La artista parece haber cambiado el gesto performativo por la contemplación.
Donde antes había velocidad, ahora hay pausa. Sus uñas se reducen a lo esencial, sumándose a la tendencia social que busca un retorno a lo natural, a lo tradicional, como un consuelo ante un presente saturado donde lo artificial ya ha perdido su magia.
¿Quieres copiarle el look?
Para llevar las uñas de la Rosalía de LUX, olvídate de las seis horas en el salón y los cristales de Swarovski. Ahora toca buscar la belleza en la sencillez:
1. Longitud humana: pide un limado natural o cortito. Tus dedos (y tu teclado del ordenador) te lo agradecerán.
2. Tonos de ángel: apuesta por el brillo perlado, los blancos lechosos (milky) o los rosas translúcidos.
3. Mucha hidratación: la clave de una uña natural es que parezca bendecida por los dioses. Aceite de cutículas a tope y a brillar.
Rosalía ha vuelto a marcar el camino. Y si ella dice que ahora toca ser un ser de luz con las uñas limpias, nosotros ya estamos pidiendo el alta en el club del minimalismo. ¡Amén!



