El péndulo latinoamericano
Alguien está —varios están— llegando al poder gracias a la decepción. América Latina parece estar girando hacia la derecha, pero sería un error concluir que se trata de una conversión ideológica. Los ciudadanos no están abrazando masivamente el liberalismo ni el conservadurismo. Están haciendo algo mucho más elemental: retirándole su confianza a una izquierda que, tras años de promesas, dejó de convencer.
La escena recuerda inevitablemente a Gramsci. Lo viejo comienza a morir, mientras lo nuevo todavía no termina de nacer. Ese interregno al que aludía el pensador italiano rara vez es un periodo de serenidad. Es un tiempo de incertidumbre, de experimentación política y de liderazgos que surgen precisamente porque los modelos anteriores agotaron su capacidad de ofrecer respuestas.
Durante lo que va del siglo XXI, la llamada “marea rosa” (la global, no la de México) dominó el paisaje político latinoamericano. Su discurso descansaba sobre una premisa poderosa: un Estado más grande, más presente corregiría las profundas desigualdades de la región.
La promesa sedujo a millones. El problema llegó cuando, pasado el entusiasmo, los ciudadanos hicieron el corte de caja y descubrieron que la inflación seguía castigando el bolsillo, la inseguridad avanzaba, el crecimiento económico permanecía estancado y los servicios públicos continuaban muy por debajo de las expectativas. El cansancio terminó haciendo lo que la oposición no había conseguido.
Por eso resulta engañoso afirmar que la derecha está conquistando América Latina. Lo que realmente ocurre es que la izquierda está perdiendo el monopolio de la confianza. Hay una diferencia enorme entre ganar por entusiasmo y ganar por descarte. Lo primero construye proyectos duraderos; lo segundo únicamente refleja el desgaste de quien ocupaba el poder.
La nueva derecha latinoamericana, en realidad, celebra victorias que no le pertenecen del todo. No triunfa porque sus ideas hayan seducido a la mayoría, sino porque millones de ciudadanos dejaron de creer que las recetas anteriores podían resolver sus problemas cotidianos.
Ahí están los casos de Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Nayib Bukele en El Salvador y el crecimiento de fuerzas semejantes en otros países de la región. Son liderazgos muy distintos entre sí, incluso contradictorios en algunos aspectos. Sin embargo, todos comparten un mismo origen: el agotamiento de un modelo político que dejó de generar esperanza.
Conviene observar que el principal combustible de este cambio tampoco es la economía, aunque ésta siga siendo determinante. El motor más poderoso está siendo la seguridad.
Después de años en los que la desigualdad ocupó el centro del debate público, hoy millones de ciudadanos colocan por delante una demanda mucho más básica: poder vivir sin miedo. Por eso no es casualidad que el llamado “modelo Bukele” despierte tanta atención más allá de las fronteras salvadoreñas. Su principal exportación no son las megacárceles, sino la percepción de eficacia. Para una parte creciente del electorado latinoamericano, el orden comienza a cotizar más alto que los largos debates ideológicos.
Eso no deja de ser inquietante. Cuando una sociedad empieza a privilegiar los resultados inmediatos sobre los contrapesos institucionales, la tentación de la demagogia y del poder concentrado gana terreno. La historia latinoamericana ofrece suficientes ejemplos para saber que el péndulo puede desplazarse con rapidez de la eficacia al autoritarismo.
La izquierda enfrenta, además, un desafío menos visible, pero quizá más profundo: ha comenzado a perder la autoridad moral que durante décadas ejerció sobre buena parte del debate público. La desigualdad sigue siendo una realidad innegable, pero cada vez menos ciudadanos aceptan automáticamente que un Estado más grande constituye la única respuesta posible.
También ha cambiado la generación que llega a las urnas. Los menores de treinta y cinco años crecieron lejos de las viejas épicas revolucionarias y de las batallas ideológicas del siglo pasado. Su preocupación no gira alrededor de grandes manifiestos políticos, sino de conseguir empleo, pagar una vivienda, controlar la inflación y regresar con seguridad a casa cada noche.
Por eso la explicación tradicional entre izquierda y derecha empieza a quedarse corta. Lo que emerge en América Latina no es una ola conservadora comparable a las del siglo XX, sino una ciudadanía mucho más impaciente. Los votantes parecen haber reducido considerablemente el tiempo que conceden a sus gobernantes para demostrar resultados.
Quizá ése sea el verdadero interregno del que hablaba Gramsci. Lo viejo ha comenzado a perder legitimidad, mientras lo nuevo todavía carece de una identidad definida. En ese vacío aparecen figuras disruptivas, personalistas y pragmáticas que prometen resolver, en pocos años, problemas que llevan décadas acumulándose.
Poco tendría que celebrar la derecha si confundiera este momento con una victoria definitiva. Del mismo modo que la decepción expulsó a quienes ayer parecían políticamente invencibles, mañana podría hacer exactamente lo mismo con quienes hoy llegan al poder.
El nuevo elector latinoamericano parece haber desarrollado una virtud democrática y, al mismo tiempo, un enorme riesgo: ya no concede cheques en blanco.
En síntesis, el verdadero péndulo latinoamericano no oscila entre izquierda y derecha. Oscila entre la esperanza y la decepción. Cuando la primera se agota, la segunda cambia gobiernos con una velocidad sorprendente. El desafío para quienes hoy celebran no consiste en ganar elecciones, sino en demostrar que esta vez el cambio de nombres significará también un cambio de resultados.
De lo contrario, Gramsci volverá a tener razón: lo viejo seguirá muriendo, lo nuevo seguirá sin nacer y América Latina continuará atrapada en ese interregno donde la frustración termina gobernando más que cualquier ideología.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ