El sueño americano; el adulterado 'Make America Great Again' de Trump

El sueño americano; el adulterado 'Make America Great Again' de Trump

Los años cincuenta son la cumbre estética del joven imperio americano, cuando las fábricas bullían, se trazaban enormes autopistas y las familias se rendían ante un horizonte infinito de buenos salarios, grandes casas en los suburbios y un par de coches en el garaje. Un tiempo de rock and roll y grandes batidos azucarados que aún hoy define el ideal estadounidense, como la arquitectura victoriana evoca la grandeza del imperio británico o El Escorial recuerda que un día España dominó el mundo. La idealización del pasado desplaza la cara oscura: la segregación racial o el pánico nuclear en plena Guerra Fría. El sesgo de la memoria selecciona los elementos más placenteros y, sobre ese producto adulterado, Trump levanta su Make America Great Again. Hay que recuperar lo que la globalización nos arrebató, como si eso fuera posible en un mundo totalmente entrelazado, en el que el principal rival geopolítico, a diferencia de la URSS, es un actor decisivo para nuestra estabilidad económica.

También en Rusia, Putin ha construido su discurso de restauración en torno a la gloria de hace décadas. En esa coctelera nacionalista ha mezclado el folclore soviético y la victoria en la Segunda Guerra Mundial con los iconos ortodoxos, el tradicionalismo, el orgullo atómico y la reivindicación de Stalin. Se minimiza la represión y el Gulag. Se obvian el hambre y las colas en tiendas desabastecidas.

Incluso China, en pleno ascenso económico y tecnológico, con mucha más confianza en sí misma para devorar el futuro, necesita anclarse en su pasado imperial. El reino del centro se prepara para rejuvenecer y culminar una trayectoria milenaria, tras el siglo de humillación extranjera que va desde las Guerras del Opio, a mediados del siglo XIX, hasta la revolución de Mao en 1949. Xi Jinping ha logrado entroncar el confucianismo con el marxismo en busca de la armonía social para perfeccionar lo que Claudio Feijóo ha llamado "tecno-socialismo y capitalismo de Estado".

Como reflejo de un tiempo incierto, la política de la nostalgia se expande y se vuelve una opción eficaz cuando el futuro deja de parecer prometedor. Sin grandes expectativas, sin la esperanza de ascender socialmente, pensar en el mañana produce desasosiego, mientras que mirar hacia atrás proporciona certezas y una visión edulcorada de lo que fuimos.

Hemos alcanzado los niveles más altos de bienestar en términos históricos, pero el horizonte de progreso parece haberse desvanecido. Las nuevas generaciones asumen que vivirán peor que sus padres; las rentas del trabajo se estancan mientras la productividad y el gran capital se dispara, y el debate público se centra cada vez más en la angustia y el miedo a los cambios que están en marcha: desde la inteligencia artificial y su impacto en miles de categorías profesionales hasta las expresiones más violentas del clima, que nos interpelan con tono apocalíptico.

El filósofo británico John Gray lleva años empeñado en desmitificar la idea del progreso. Una cosa, dice, es el conocimiento tecnológico, que se acumula y permite una mejora constante y lineal. Otra distinta, piensa, es el progreso moral y político, donde no ocurre lo mismo. La línea se rompe con facilidad; cada avance debe mantenerse con enorme esfuerzo y, con el tiempo, pueden darse equivocadamente por hechas las conquistas anteriores. Suele haber pasos atrás y cataclismos que destruyen casi todo lo construido. El fin de la Segunda Guerra Mundial dio inicio a grandes avances sociales porque se miraba hacia adelante con optimismo. Ahora la nostalgia alimenta los discursos políticos al alza. Aparece disfrazada de fortaleza y resurgimiento, pero esconde la enorme fragilidad de mirar con miedo al futuro.