El sueño lunar eterno
Imaginemos las noches inhóspitas de oscuridad perpetua que los primeros asentamientos humanos vivieron. El peligro era una nocturna constante, y la tenue luz lunar -con algo de licencia literaria-, fue el cándido manto que protegió e inspiró a los humanos primitivos. La Luna, a la par del Sol, ha sido parte de los ingredientes naturales que permitieron a nuestra inventiva forjar una vasta y diversa mitología para explicarnos como seres humanos.
La hemos imaginado de mil formas: surcando los cielos, en su carroza plateada, con corceles blancos para explicar su movimiento y la llamamos Selene o conjeturamos crueles batallas divinas, donde la testa de Coyolxauhqui se convirtió en la luz mortecina de la que surgió nuestro satélite nocturno, o bien, simbolizamos en la Luna -llamada Ixchel- como parte de la binómica alegoría del amor sempiterno.
Por eso el atrevimiento literario De la Tierra a la Luna de Julio Verne hoy todavía nos parece audaz e imponente: porque dejamos de ver a la Luna como una deidad y la convertimos en destino para la humanidad.
Aunque algunos autores, como Luciano de Samosata, Cyrano de Bergerac o Edgar Allan Poe, habían especulado con sus majestuosas tintas poéticas y etéreas, sobre viajes lunares, más como un ensueño que como realidad, fue Verne quien, empleando un lenguaje técnico, fórmulas matemáticas y una historia atrayente, nos hizo creer que alunizar era ciencia, no poesía.
El abismo fáctico, entre la ciencia y la literatura se rompió por fin cuando el Apolo 11 de la Nasa, con Neil Armstrong al mando, la humanidad logró alunizar el 20 de julio de 1969.
En esos años, mientras la carrera armamentista empujó la conquista lunar -en un paralelismo con la visión de Verne-, la Tierra, a diferencia de la literatura, era el escenario de momentos convulsos, en lo económico, social y cultural, que transformarían la historia de la humanidad con más impacto que ese alunizaje.
En semanas pasadas la odisea lunar se volvió a emprender: la Misión Artemis II concluyó su primer vuelo alrededor de la Luna y nos descubrió, con otros ojos, su lado oscuro y oculto. Promete ser la antesala de más viajes y proyectos interestelares de mayor envergadura, pero al igual que los años 60, la Tierra a lo lejos, es el escenario de cambios de gran calado que se avecinan para la civilización humana, más allá que los viajes estelares.
Los viajes cósmicos, desde que los atestigüé en los años 60, me han dado la sensación de que son avances importantes para la humanidad, pero, sobre todo, un terrible recordatorio de que en el vasto universo no tenemos nada parecido a nuestra patria común, que es este globo terráqueo que habitamos. Entre el eterno sueño lunar y el hábitat terrenal, prefiero que la humanidad incline sus esfuerzos por nuestro orbe celestial. La muerte entrópica de nuestro planeta nos convoca a dejar de ver los cielos y empezar a forjar el porvenir, con pies firmes y directos sobre la Tierra.
POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ
MINISTRO EN RETIRO DE LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN
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