Inaccesibilidad mundialista
Para aquellos mexicanos indispuestos a vender su coche, hipotecar su casa o endeudarse para poder ir a un Mundial, la única forma realista de asistir a una Copa del Mundo consiste en alimentar la ilusión de hospedarla en casa. Y aunque el sueño se antojaba guajiro hace un par de años, la esperanza de recibir al mundo futbolístico en tierra mexicana nunca cedió terreno ni proclamó derrota. Eventualmente, el mexicano fue premiado por su paciencia. Sin embargo, lo que empezó siendo un sueño vuelto realidad para muchos pamboleros terminó convirtiéndose en una pesadilla diseñada por Estados Unidos y valorada como impagable por la FIFA.
Bastaron pocos meses de organización norteamericana para que el llamado “deporte del pueblo” empezara a transformarse en otro espectáculo más dentro del inmenso catálogo de entretenimiento estadounidense. En el afán por volver al futbol en un espectáculo más “exclusivo”, la FIFA permitió al anfitrión principal del Mundial convertir el torneo en un evento, más bien, excluyente. Mientras los precios de los “boletos dinámicos”, por ejemplo, volvieron el Mundial inaccesible para la mayoría de los aficionados, la política migrante de Estados Unidos ahuyenta a todo aquel que tema ser arrestado por su acento, su color de piel o su pasaporte al cruzar una frontera o ingresar a un estadio.
Después de todo, resulta bastante paradójico que el torneo que prometía hospedar distintos acentos, clases sociales y nacionalidades en un mismo sitio haya decidido fragmentar la sede a lo largo de medio continente. En el fondo, la pluralidad de sedes que hace “histórico” a este Mundial en específico no parece transmitir un interés por expandir la hospitalidad y la competencia global, sino un interés por redistribuir y multiplicar el capital.
Al final del día, la FIFA no se enorgullece de reunir al mundo en un mismo punto de encuentro competitivo, sino que se compromete en aumentar sus ganancias a toda costa. Y esa lógica no se detiene en las fronteras del norte. En la Ciudad de México, por ejemplo, el anuncio de la Copa del Mundo ha venido acompañado por un alza en las rentas, remodelaciones apresuradas que han deteriorado el transporte público y un desplazamiento de habitantes locales que son desalojados por propietarios que quieren capitalizar la oportunidad turística que supone hospedar este torneo.
Entre boletos impagables, vigilancia migratoria y ciudades convertidas en mercancía turística, el Mundial dejó de sentirse como una celebración del futbol para comenzar a parecerse, cada vez más, en una mercantilización de pesadillas. Unas donde las entradas son incosteables, el viaje es riesgoso y el negocio reina sobre las necesidades, las posibilidades y los sueños de aficionados que llevaba pensando en este momento desde hace muchos desvelos.
POR TOMÁS LUJAMBIO
COLABORADOR
@TLUJAMBIOT
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