La geopolítica del estribillo: money, money, money

La geopolítica del estribillo: money, money, money

“Money, money, money
Must be funny
In the rich man’s world.”
ABBA

“Mind your business.”
— Lema del centavo FUGIO (1787)

La política exterior de las grandes potencias suele explicarse con palabras nobles: democracia, estabilidad, seguridad internacional. Pero, desafortunadamente, con demasiada frecuencia podría resumirse mejor con un estribillo mucho más sencillo: money, money, money.

Sin duda ABBA tenía más ritmo que Donald Trump. Pero el presidente estadounidense parece haber adoptado la misma filosofía resumida en ese viejo estribillo: “money, money, money”. No solo como actitud personal, sino como una manera de entender el poder.

La Casa Blanca siempre ha sido un centro de influencia política, mas con Trump corre el riesgo de parecer también una incubadora de negocios. Investigaciones periodísticas han documentado ingresos millonarios vinculados a proyectos comerciales asociados a su nombre —desde bienes raíces hasta criptomonedas— mientras su figura domina la política estadounidense.

Obviamente no es el primer presidente cuya familia aprovecha la notoriedad del poder. La historia política está llena de zonas grises. Lo singular en el caso de Trump es la naturalidad con la que negocio, marca personal y política exterior parecen mezclarse sin demasiada incomodidad. Por eso conviene observar la política internacional con un lente menos romántico. Menos democracia exportada y más contabilidad estratégica.

Tomemos Venezuela. Durante años fue presentada como un frente de batalla ideológico entre democracia y dictadura. Sin embargo, cuando el petróleo vuelve a ser relevante —y siempre vuelve— la diplomacia suele flexibilizarse. El mercado energético tiene esa curiosa capacidad de volver pragmáticos incluso a los discursos más inflamados.

Ahora con Irán ocurre algo similar, aunque a mayor escala. La tensión con Teherán se explica por razones reales: el programa nuclear, la seguridad regional, el apoyo a milicias en Medio Oriente. Pero también hay una variable estructural difícil de ignorar:

Irán es uno de los grandes productores de petróleo del planeta y controla, indirectamente, una arteria vital del comercio mundial, el estrecho de Ormuz. Cada crisis en esa región recuerda algo elemental: la geopolítica del siglo XXI sigue girando alrededor de la energía.

Por eso la narrativa de la democratización suele convivir con intereses mucho más tangibles: petróleo, rutas comerciales, estabilidad energética. La democracia llega después. Si es que llega…

La historia ofrece precedentes incómodos. Manuel Noriega en Panamá fue durante años un aliado útil antes de convertirse en enemigo. Saddam Hussein en Irak pasó de socio táctico a amenaza global. Muammar Gaddafi gobernó Libia durante más de cuatro décadas antes de terminar derrocado violentamente.

La lista es larga y el balance poco glorioso. En demasiados casos, los países “liberados” no terminaron con instituciones más sólidas, sino con Estados mucho más frágiles y, lo que es lo peor, con menos libertades, derechos y garantías.

Ese historial explica parte del escepticismo actual hacia las cruzadas democráticas. Y también permite entender por qué la política exterior estadounidense —con Trump o sin él— suele moverse entre valores proclamados e intereses muy concretos.

Los billetes estadounidenses llevan inscrita la frase “In God We Trust”. Pero la primera moneda oficial del país, el centavo FUGIO de 1787, llevaba otra advertencia mucho más pragmática: “Mind your business”. Ocúpate de tus asuntos. O, si se prefiere una traducción menos inocente: ocúpate de tus negocios.

Y en ese contexto aparece una segunda obsesión muy trumpiana: brillar. No necesariamente Estados Unidos. Mucho menos las instituciones democráticas. Brillar él.

Por eso eventos globales como el Mundial de 2026 —organizado por Estados Unidos, México y Canadá— no son solo fútbol. Son turismo, contratos, patrocinios, derechos televisivos y miles de millones de dólares circulando. En ese tablero, política, dinero y espectáculo forman un Tres en Raya perfecto.

Y si algo ha demostrado Donald Trump a lo largo de su carrera es que, cuando esas tres casillas se alinean, el resultado suele ser el mismo que cantaba ABBA hace casi medio siglo: Money, money, money.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM

MAAZ