Lo inventaron los ingleses...
Ya es una frase muy sobada: el fútbol lo inventaron los ingleses para que lo ganaran los alemanes. Eso pasó a la historia.
En este país duermen en los archivos las relaciones entre británicos y mexicanos derivadas de la importación del juego cuyas semillas fueron sembradas en Pachuca y las inmediaciones mineras del estado de Hidalgo. El fútbol floreció feliz.
Algunos registros nos dicen: el primer juego en la Ciudad de México, fue en una cancha en el Paseo de la Reforma el 9 de octubre de 1892. Disputaron los del “Mexican Athletic Club (MAC)” contra los del “Athletics”. Ignoro el marcador. Lo sí sabido es el “score” de otro juego de los del MAC: veinte días después, le metieron 16 cañonazos al equipo del “London Bank Anglo-American Club”.
Y si ya estamos memoriosos hablemos de tiempos más cercanos.
En mayo de 1961, los mexicanos fueron a jugar a Londres. La escuadra nacional fue derrotada en Wembley, en el mero 10 de mayo, con el vergonzoso marcador de ocho a nada. Lindo para mamita.
En el relato las cifras son apabullantes: en nueve partidos (ocho amistosos y uno en fase de grupos en el Mundial de 66), México ha recibido 23 goles y anotado 24.
Si en 1892 se jugaba en el llano de Reforma, hoy esa misma avenida, bordeada de rascacielos y vitrinas, puede convertirse en el escenario delirante e incontrolable de un entusiasmo desconocido todavía alejado de la copa.
No importa si en el más reciente festejo en la victoria alada cuatro paisanos pasaron a mejor vida vestidos con la camiseta de sus amores. No importa si el Ángel de la Independencia pasó a ser el Ángel exterminador. Nada vale frente a la posibilidad de avanzar hasta donde nunca antes se había llegado de tan sublime manera: limpia de goles la portería; invicta condición en las fases eliminatorias... hasta ahora.
Por primera vez podríamos derrotar significativamente a los ingleses. Todo por primera vez mientras el oportunista gobierno –incapaz de controlar multitudes, pero si de lucir sombreros ajenos— adorna el carro de la victoria.
¿Y si sí?, preguntan los esperanzados.
¿Y si no?, responden los cínicos.
El partido de futbol de mañana tiene tres componentes: el deportivo, el político y el social.
En lo primero ya hemos puesto atención y fríos antecedentes nada halagüeños. En lo segundo, ya vimos al patito Merlín convertirse temporalmente en el escudo nacional. Desplazó al águila y a la víbora.
Y en lo social falta ver las consecuencias de esta intoxicada fraternidad. El amontonamiento no implica cohesión nacional en otros campos. Es sólo una oportunidad carnavalesca.
Es un nacionalismo de jersey con ambiciones electorales hacia el futuro.
POR RAFAEL CARDONA
COLABORADOR
@CARDONARAFAEL
MAAZ