Los que nunca leyeron

Los que nunca leyeron

En uno de los juicios más conocidos de la historia reciente de Egipto, el hombre acusado de intentar asesinar al novelista Naguib Mahfouz explicó su motivo con absoluta convicción: había escrito un libro contra el Islam.

—¿Lo leyó?—, preguntó el juez.

—No…

La escena, reproducida una y otra vez durante años, importa menos por su literalidad que por lo que revela.

No es únicamente la historia de un fanático. Es la historia de alguien dispuesto a matar por un libro que jamás abrió.

Y quizá también sea la historia de nuestro tiempo. Ciertamente de la realidad de la vida política.

Durante siglos se creyó que el fanatismo nacía del exceso de certezas. Sin embargo, el siglo XXI parece demostrar algo distinto: el problema ya no es tener demasiadas convicciones, sino tener convicciones que nunca pasaron por el pensamiento, la crítica, la autocrítica, la reflexión.

Como nunca antes, millones de personas opinan sobre libros que no leen, sentencias que no conocen, investigaciones que no revisan, reformas que jamás aquilatarán y guerras entre países cuyas historias ignoran por completo. Condenan películas que no vieron. Defienden discursos que nunca escucharon de verdad. Comparten artículos con títulos que apenas alcanzaron a ojear antes de reenviar.

Pensar dejó de ser el requisito para opinar. Ahora basta con “pertenecer”. Esa es la verdadera transformación.

El fanático del siglo XX, por paradójico que parezca, estudiaba. Los marxistas leían a Marx. Los liberales discutían a Hayek. Los fascistas citaban a Gentile. Los islamistas aprendían el Corán. Incluso las ideologías más peligrosas exigían una cierta disciplina intelectual. Equivocada, muchas veces; perversa, en ocasiones; pero intelectual al fin. Convencida después de la experiencia. Hoy ya no.

La doctrina cabe en un video de 30 segundos. La indignación dura menos que una historia de Instagram. El manifiesto fue sustituido por un “meme”. Y la reflexión, por un algoritmo que sirve una y otra vez a aquello que confirma lo que el usuario ya de antemano pensaba.

No hace falta convencer. Basta con REFORZAR. La política dejó de ser una discusión sobre ideas para convertirse, con demasiada frecuencia, en una cuestión de identidad. Los hechos importan menos que la procedencia. Una afirmación no se juzga por su veracidad, sino por quién la pronunció. Un dato vale o no vale según el uniforme de quien lo presenta. Cambiar de opinión deja de ser un ejercicio de honestidad intelectual y comienza a verse como una deserción. O, incluso, como traición.

Por eso resulta cada vez más difícil debatir. No porque falten argumentos, sino porque sobran lealtades acríticas.

Las redes sociales aceleraron ese fenómeno, pero no lo inventaron. Lo multiplicaron. Nunca había sido tan sencillo vivir rodeado exclusivamente por personas que piensan igual, consumen las mismas fuentes, repiten las mismas consignas y confirman los mismos prejuicios. La discrepancia ya no desaparece mediante la censura. Se vuelve invisible.

Las dictaduras del siglo pasado prohibían libros. Las “democracias” polarizadas del siglo XXI han encontrado un mecanismo más eficaz: conseguir que nadie sienta la necesidad de entenderlos. Ni de pensar. Ni de reflexionar.

Tal vez por eso la imagen del hombre que quiso matar a un escritor sin haber leído una sola página de su obra sigue resultando tan perturbadora. No pertenece únicamente a un juicio egipcio. Es el retrato de una época.

La época de quienes ya no necesitan conocer para condenar. Ni comprender para defender. Les basta con repetir. Y repetir. Y repetir.

PAL