Meloni y la temporada de la ingratitud
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En el Corriere della Sera, Paolo Mieli describe a la perfección la sensación de soledad que siente Giorgia Meloni al descubrir que tiene tantos "francotiradores". No solo entre sus aliados, sino también, probablemente, entre sus propios compañeros de Hermanos de Italia. Muchos de los cuales, sin ella, ni siquiera estarían en el Parlamento. Los rebeldes, que permanecerán en el anonimato al igual que los famosos 101 que traicionaron a Romano Prodi en la votación para el Quirinal, han volcado en la votación secreta contra la reforma de las preferencias electorales toda su frustración personal.
No solo el miedo a quedarse sin escaño y a no saber siquiera cómo llevar a cabo (y financiar) una campaña electoral, sino también otras insatisfacciones o ambiciones ocultas. El éxito de la líder de la coalición de gobierno contrasta, por ejemplo, con las evidentes dificultades de otros líderes de los partidos de la mayoría. Despierta, en el fondo, un poco de envidia. La gratitud no es un sentimiento propio de la política. Y quizá sea mejor así, porque, de lo contrario, uno quedaría prisionero de la autoridad —cuando no de la sed de poder— de los líderes, incluso cuando estos ya se encuentran visiblemente en declive, en la fase descendente de sus trayectorias personales.
Pero para Giorgia Meloni aún es un poco pronto. Solo que esta obsesión por el récord de duración de su Ejecutivo es como si la hubiera proyectado en una dimensión histórica prematura, envejeciéndola también a los ojos de sus seguidores y aliados. Quienes tampoco carecen de ambiciones y no siempre tienen toda una larga carrera política por delante. Algo similar ocurre también en la gestión del poder empresarial cuando la fortuna y la visibilidad de los directivos son tales que aplastan a la primera línea directiva. O, al menos, les transmiten esa impresión. Si el líder se mantiene demasiado tiempo en el cargo y encadena un mandato tras otro, limita las perspectivas profesionales de sus principales colaboradores.
En la empresa no existe el voto secreto, pero, si lo hubiera, depararía muchas sorpresas. Un gran experto en gobernanza empresarial como Sandro Catani sostiene, citando un interesante estudio de la Fundación Rodolfo De Benedetti, que el primer ejecutivo puede adoptar, en ocasiones, el aspecto de una figura imperial sui generis. "Se convierte en el soberano de un feudo que determina su propia remuneración como un acto de propiedad, no como una negociación. Su distancia respecto al consejo de administración, a menudo compuesto por familiares y personas de confianza, es meramente formal. Y la primera línea directiva parece más una corte que una estructura: ejecuta, no delibera". Una soledad de la que conviene protegerse a tiempo, sea cual sea el poder que uno tenga.