Ni Lagos ni Faro: el pueblo blanco en el confín del Algarve cuya playa fue proclamada Maravilla de Portugal entre acantilados salvajes
Como ha pasado históricamente con muchos de nuestros paraísos naturales, este fue descubierto en los años 70 por alegres naturistas y hippies que llegaron buscando su escondite del mundo. Aquí encontrarían algo todavía mejor, un pueblo que parecía no haberse hermanado del todo con aquel avanzado siglo XX. En este valle angosto, donde el río se encoge antes de morir en el Atlántico, el pueblo que encontraron sigue siendo una pequeña y tradicional villa portuguesa, con su playa casi secreta, ahora de surferos y familias, pero también con senderos históricos y la belleza natural de las pequeñas joyas que aún se esconden en la vecina Portugal.
La franja costera donde se desarrolló la llamada cultura mirense, datada entre 5.000 y 8.000 años antes de Cristo, fue el lugar donde se asentó Odeceixe, fundada de forma definitiva durante el dominio árabe del sur de la península. Sin embargo, el río Seixe, que le dio nombre, fue también su perdición en 1755, cuando se desbordó más de 6 kilómetros de su cauce, anegando todas las vegas y arrasando el centenar de casas con las que apenas contaba la población. El pueblo que hoy se ve es, en gran parte, el que se reconstruyó después de la tragedia, una postal portuguesa de calles estrechas y sinuosas salpicadas de casas bajas encaladas ribeteadas de añil, verde y amarillo, con tejados de teja roja.
El alma del Algarve
La vida del pueblo se concentra en la plaza 1 de Maio, donde se agrupan los principales bares y restaurantes y, por supuesto, la vida de los vecinos, actuando como una sala de estar colectiva. Sillas de plástico encaradas hacia el centro, el olor del café y de las comidas emanando de las ventanas abiertas y las tiendas de artesanía donde se insinúan cuencos de madera, tazas de barro y cestas tejidas a mano que se alzan como los souvenirs más reales.
Vigilando todo ello desde lo alto, en la loma, está el molino. Se trata de una muela que, aunque data del siglo XVIII, fue reconstruida en los años 90 y sigue en funcionamiento, siendo a día de hoy uno de los mejor conservados del país. Subir hasta él no cuesta más que unos minutos y recompensa con una terraza improvisada bajo la que se extiende el mosaico blanco del caserío con la vega verde atravesada por el río y el destello del océano en el horizonte.
Tan fácil es sentir la tranquilidad del entorno aquí como volviendo hacia el centro. En él se encuentra la iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Piedad, con una arquitectura sencilla y una capilla mayor de estilo neoclásico que también regala el particular silencio que se vive en Odeceixe. Sus trazas de estilo gótico manuelino preciosista son testigo de algunas de las tradiciones que se mantienen vivas, como el cante de janeiras o el lunes de Pascua, cuando se parte desde aquí a la playa para romper el folar.
Sin embargo, antes de bajar a la costa, merece la pena detenerse en el mirador sobre la ribeira de Seixe. El estuario, formado por una enorme barrera de arena que obliga al río a trazar una gran curva antes de alcanzar el mar, se precede de una zona de humedal de gran riqueza. Desde el mirador, un sendero circular permite acercarse al agua y observar una gran variedad de aves y, con suerte, algunas de las nutrias que viven en este tramo del río.
La playa, una maravilla de dos caras
A 4 kilómetros del pueblo, tras una carretera que discurre entre pinos y matorrales aromáticos, aparece de golpe la razón por la que Odeceixe debería figurar en todos los mapas, pero, por suerte, pocos la han ubicado. En 2012 fue elegida una de las Siete Maravillas de Portugal por los portugueses en un concurso de la cadena portuguesa RTP en la categoría de playas de acantilados, y basta verla para entender por qué. La playa tiene forma de herradura y se extiende a lo largo de unos 330 metros, rodeada de acantilados de pizarra negra cubiertos de vegetación. En su extremo norte, los riscos se inclinan sobre el agua con una verticalidad que le da al conjunto un aire al más puro estilo escenográfico.
Lo que la hace verdaderamente singular es su naturaleza doble. La configuración de la playa, donde el río Seixe se encuentra con el mar, crea en el lado del río una zona tranquila de tipo laguna con agua más cálida y sin oleaje, perfecta para las familias. Además, con la marea baja, se forman pequeñas piscinas naturales en la arena que hacen las delicias de los más pequeños. Al otro lado, el Atlántico se abre y las olas rompen largas y suaves sobre los bancos de arena, proporcionando a los amantes del surf aquello que vienen a buscar, un campo de juegos excelente para todos los niveles.
Considerada una de las playas más resguardadas de todo el Algarve occidental gracias a la cuenca que forman los acantilados, aquí también se pueden alquilar kayaks y recorrer la ribera del Seixe para observar el hábitat de nutrias, garzas reales y martines pescadores. Hacia el sur, cruzando a pie en marea baja o siguiendo un sendero abierto en la roca, se llega a la playa das Adegas, una de las más conocidas de Portugal entre los nudistas.
La costa más salvaje de Europa
La densidad de las grandes playas del Algarve no procede aquí, y uno de los motivos es el espacio natural que la rodea, actuando como cortafuegos natural frente a la masificación. El Parque Natural del Suroeste Alentejano y Costa Vicentina es el resultado de una apuesta por preservar una de las costas en mejor estado de conservación de Europa, tanto en lo que respecta al paisaje y a los valores naturales y ambientales como a la cultura y las tradiciones del territorio.
Odeceixe se articula como la puerta norte a este territorio donde los acantilados de pizarra y grauvaca —una roca sedimentaria oscura y rugosa— albergan una biodiversidad notable. Es posible observar la particular nidificación de las cigüeñas blancas directamente sobre las rocas costeras, un comportamiento extraordinario para una especie que, en el resto de Europa, se limita a las construcciones como torres y chimeneas. El hábitat lo comparte con el lince ibérico, el jabalí y el gato montés, aunque para verlos hay que tener una gran dosis de suerte.
La Rota Vicentina es, en realidad, la suma de dos senderos que convergen precisamente en el municipio de Odeceixe antes de continuar hacia el cabo de San Vicente. El primero es el Caminho Histórico, que cruza el interior de la región pasando por aldeas y campos de cultivo. El segundo es el Trilho dos Pescadores, que sigue la línea de costa desde Porto Covo hasta la localidad y constituye uno de los recorridos costeros más espectaculares de la península. El circuito que parte de la playa por este último camino suma un total de 9 km y recorre los acantilados siguiendo los pasos de los pescadores locales que accedían así a sus caladeros.
El tramo que llega desde Zambujeira do Mar sigue el curso de la ribeira, atraviesa complejos dunares y campos hasta que el pueblo aparece en su colina como un mirador natural que vale el esfuerzo. Y el esfuerzo trae hambre. De hecho, el paisaje dual de tierra y mar no se puede entender sin la gastronomía, y es que la comarca de Aljezur, en la que nos encontramos, es rica en pescado y en otros productos. Desde sargos, doradas y róbalos, así como erizos, lapas, mejillones y percebes, hasta la batata doce, el feijão y la caza, los platos siempre dan de sí lo mejor del territorio.
¿Dónde está y cómo llegar?
En el extremo norte del Algarve portugués, a unos 105 km de Faro y accesible por la EN120 desde Odemira o Aljezur.
Mejor época para viajar
Mayo-junio o septiembre, cuando el clima es suave y la playa y el pueblo están más vacíos.
Tres imprescindibles que ver y hacer
El molino de viento en lo alto del pueblo
El fenómeno geográfico y natural de la playa
Al menos, una etapa del Trilho dos Pescadores.
¿Qué probar aquí?
Los percebes y el pescado a la brasa, acompañados de batata dulce local.
Dónde alojarse
En Monte do Cardal, una casa rural a pocos minutos del pueblo con piscina, terraza entre madroños y un desayuno casero de nivel.
Ideal para…
Familias con niños gracias al lado fluvial de la playa, pero también para surfistas y senderistas.
El consejo del experto viajero
Aparca el coche en el pueblo y baja a la playa a pie por el sendero que bordea el río entre cañaverales y aves acuáticas.





