No es menor
La advertencia de S&P no debe leerse como una nota más. México conserva el grado de inversión, pero ya no basta con repetir que la economía mantiene fundamentos sólidos. Las calificadoras están mirando dos variables que no se resuelven únicamente con discursos: la trayectoria fiscal y la certidumbre para invertir.
S&P fue clara. En los próximos 24 meses podría bajar la calificación soberana de México si el gobierno no reduce de manera oportuna sus déficits fiscales, estabiliza la deuda pública, contiene la carga de intereses y atiende los pasivos contingentes. El plazo importa, no porque se trate de una amenaza, sino porque es una ventana que coincide con un momento especialmente delicado, a saber, la revisión prolongada del T-MEC y la recta final del segundo mandato de Trump.
Y ahí está el punto central. México puede tener una posición privilegiada en Norteamérica, pero esa ventaja pierde fuerza si la economía crece poco, si los inversionistas deciden esperar antes de comprometer capital, y si el gasto público se vuelve cada vez más rígido –recordemos, en tan sólo un cuatrimestre el gasto gubernamental se desplomó 18.4%, una cifra equivalente al Presupuesto de Egresos anual de Zacatecas.
Esto importa porque una peor percepción de riesgo, puede traducirse en crédito más caro, menor inversión, menos empleo formal y menor margen del gobierno para financiar proyectos. Más aún cuando la recaudación tributaria registra una caída real anual de 4.8%.
Y aunque la conexión con la vida diaria puede parecer lejana, no lo es. Si en 24 meses el panorama no nos favorece, algunos capitales pueden salir del país, la demanda por pesos puede disminuir y el tipo de cambio puede presionarse, afectando así la economía del día a día.
A su vez, el reto fiscal es más complejo; pues para cubrir el desbalance entre ingresos y gasto, el gobierno ha acelerado la contratación de nueva deuda a una tasa cercana a 20% anual, equivalente a comprometer más de una ¼ parte de todo el Presupuesto de Egresos de la Federación 2026.
No obstante, el reto no se resuelve simplemente gastando menos. Implica crecer más, recaudar mejor y enviar señales claras de estabilidad. Cuando la economía avanza lentamente, los ingresos públicos pierden dinamismo. Cuando los ingresos no alcanzan, la deuda, los intereses y las presiones presupuestarias ocupan cada vez más espacio. Es como una familia que paga una tarjeta con otra tarjeta y, además, vende activos para llegar a fin de mes. Puede funcionar por un tiempo, pero no corrige el problema; lo aplaza y lo encarece.
Por eso la advertencia no es menor. No porque México esté al borde de perder su grado de inversión, sino por la combinación de los factores. En ese sentido, la salida pasa por dos frentes. Primero, una consolidación fiscal factible, que permita estabilizar la deuda y contener el costo financiero. Segundo, una recuperación de la inversión privada, indispensable para elevar el crecimiento y fortalecer la resiliencia económica del país.
• Consultor y profesor universitario
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