Ormuz también vota: la guerra que Trump no puede controlar

Ormuz también vota: la guerra que Trump no puede controlar

La guerra entre Estados Unidos e Irán ya no puede leerse solamente como una confrontación militar. Es, sobre todo, una crisis del orden mundial. Cuando Donald Trump afirma que el cese al fuego está “en soporte vital”, no solo está describiendo el fracaso de una negociación: está revelando los límites de una política exterior basada en la amenaza, la presión y la ilusión de que la fuerza militar puede ordenar por sí sola una región históricamente compleja. Reuters reportó que Trump rechazó la respuesta iraní a la propuesta estadounidense y que las partes siguen lejos de un acuerdo. 

El punto central es el Estrecho de Ormuz. No es un detalle geográfico ni una línea más en el mapa. Es una arteria energética del capitalismo global. Por ahí circula una parte decisiva del petróleo y del gas que sostiene economías enteras, especialmente en Asia. Por eso Irán entiende que su poder no está únicamente en los misiles ni en el programa nuclear, sino en su capacidad de convertir la geografía en presión política.

Cada tensión en Ormuz se traduce en mercados nerviosos, precios de petróleo al alza y presión sobre consumidores que quizá no saben ubicar el estrecho en un mapa, pero sí sienten el impacto en la gasolina. The Guardian reportó que el Brent subió después de que Trump rechazara la respuesta iraní. 

Aquí está la contradicción de Trump: quiere aparecer como el líder fuerte que doblega a Irán, pero la guerra empieza a escaparse del terreno militar y entra al terreno electoral. Cuando la gasolina sube, la guerra deja de ser una abstracción geopolítica y se vuelve un problema doméstico. AP incluso reportó que Trump habló de suspender el impuesto federal a la gasolina para contener el impacto económico, aunque no puede hacerlo solo sin el Congreso. 

Irán, por su parte, parece estar jugando una estrategia de resistencia negociadora. No busca solamente sobrevivir al ataque o proteger su programa nuclear. Busca obligar a Washington a reconocer que ninguna arquitectura de seguridad regional puede construirse ignorando a Teherán. Por eso sus demandas no son solo técnicas: incluyen sanciones, garantías, compensaciones y reconocimiento de su papel estratégico. En otras palabras, Irán intenta transformar una crisis militar en una negociación sobre su lugar en el orden regional.

Y aquí aparece China. Beijing no necesita disparar para ser decisiva. Su poder está en la economía, en la energía y en su capacidad de presentarse como actor indispensable cuando Washington queda atrapado entre la guerra y la negociación. Si China compra energía, conversa con Irán y al mismo tiempo recibe a Trump, entonces el mensaje es claro: el mundo ya no se administra únicamente desde Washington.

La pregunta de fondo no es si Estados Unidos tiene más poder militar que Irán. Evidentemente lo tiene. La pregunta real es si ese poder todavía alcanza para imponer resultados políticos. Porque una cosa es destruir infraestructura y otra muy distinta es producir obediencia, estabilidad o legitimidad.

Trump puede ganar titulares con frases duras, pero Ormuz también habla. Y, en cierto sentido, Ormuz también vota. Vota en los mercados, en las gasolineras, en las encuestas y en la percepción global de un liderazgo estadounidense que parece confundir fuerza con control. Esta guerra muestra algo más profundo: la hegemonía ya no se derrumba de golpe; se desgasta cuando descubre que puede atacar, pero ya no puede ordenar.

POR TALYA ISCAN

Catedrática Universitaria. FCPyS, UNAM. UA, UIA, UP

@TALYAISCAN

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