Samvel Karapetyan, el millonario que quiere reconciliar a Armenia con Rusia
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Samvel Karapetyan (Tashir, URSS, 1965) tiene todo el dinero que quiera, pero lo que ansía es ser primer ministro de Armenia. No recibe a EL MUNDO en un mitin, de los que se celebran estos días de cara a las elecciones parlamentarias del domingo: la calle está vetada para él. Es preso de su lindo palacete de Ereván, que hoy funciona también como cárcel privada. El empresario ruso-armenio, uno de los hombres más ricos de la diáspora, hace campaña bajo arresto domiciliario. Puede presentarse como alternativa al primer ministro Nikol Pashinián, pero lo hace desde una situación que resume bien la tensión política de Armenia: un país pequeño, derrotado en el conflicto de Karabaj, dividido entre Rusia y Occidente. Quiere ser su salvador, pero un pasaporte ruso le quema en las manos.
Se crió en Armenia, se enriqueció en Moscú. Karapetyan contesta a las preguntas en ruso con fuerte acento armenio, despacio, con la seguridad de quien se sabe rico, conocido y ahora también perseguido. Ha pasado por la cárcel y ahora su libertad está en un término medio. Igual que en Georgia, el Tío Gilito del país quiere salvarlo, pero también necesita salvarse. No viene de la política profesional, sino de un imperio construido en Rusia llamado Tashir. Incluso controlaba la electricidad del país, pero esa parte de su imperio ha sido nacionalizada. La guerra con el Gobierno es total y la batalla final se libra en las urnas pasado mañana.
Su plan tiene un obstáculo legal: bajo la Constitución actual, un ciudadano con otra nacionalidad no puede ser primer ministro de Armenia. Karapetyan, con un pasaporte ruso y otro armenio y una vida empresarial profundamente ligada a Moscú, responde como empresario acostumbrado a resolver bloqueos. "Si ganamos las elecciones, en una hora se puede cambiar". Niega estar siendo ayudado por Putin, que ha dado la cara por él. Las noticias de que los servicios secretos rusos y maquinaria de propaganda están apoyándolo desde la sombra es "simple narrativa del Gobierno". Su grupo controla o controlaba en disputa activos estratégicos, incluida la red eléctrica armenia, y el Ejecutivo ha movido piezas para intervenir ese sector: "Nadie puede garantizar el bienestar de la gente mejor que nosotros". Sus críticos ven ahí el regreso del poder oligárquico, él lo presenta como experiencia de gestión.
Guerra en Ucrania
También cree que la reciente presión con sanciones de Putin contra Armenia no tiene que ver con él, sino con los gestos del Gobierno hacia Ucrania. "Estoy en contra, porque sufren los empresarios armenios y el pueblo armenio", dice. "Pero entiendo cómo empezó".
Sobre Ucrania, el magnate no condena a Moscú y prefiere refugiarse en la neutralidad de país pequeño. "Para mí, tanto los ucranianos como los rusos son pueblos cercanos", afirma. "Armenia no debe participar en ese conflicto ni tomar partido". Cuando se le recuerda que fue Rusia quien atacó Ucrania, responde que Armenia no debe entrar en una guerra de grandes potencias: "Podemos hacer como mucho un par de declaraciones que no cambian nada".
La herida principal de Armenia, sin embargo, no es Ucrania sino Karabaj, territorio disputado con Azerbaiyán que los armenios han perdido probablemente para siempre tras la derrota de 2023. Karapetyan acusa a Pashinián de haber perdido "tres guerras", de haber abandonado a su población y de haber aceptado la lógica de Azerbaiyán. "Hoy tenemos un Karabaj sin armenios".
Karapetyan rechaza que la pasividad de Rusia -que al menos sobre el papel es aliado militar de Armenia- sea la principal responsable de la pérdida de Karabaj, aunque admite que tiene "preguntas" para Moscú. "Para que Rusia ayudara, primero Armenia tenía que colaborar", sostiene. «Y Armenia, encabezada por Pashinián, se distanció desde el primer día de esa cuestión». Cree que Ereván abandonó a los armenios de Karabaj al presentar el conflicto como un problema local. Su receta para Karabaj no pasa por otra guerra, sino "por diplomacia para conseguir el derecho de los armenios de Karabaj a regresar a sus hogares". Ese regreso, añade, debe ser seguro y garantizado por grandes potencias. También exige la liberación de los prisioneros armenios encarcelados en Bakú y una paz que no consista, según sus palabras, en "cumplir todas las exigencias de Azerbaiyán".
También mira con cautela el llamado corredor de Trump, la conexión entre Azerbaiyán y Najicheván a través del sur armenio: exige que Estados Unidos no sea solo testigo del acuerdo. "Hay que elevar el papel de Estados Unidos, debe pasar de testigo a garante". Su temor es que, sin garantías, Azerbaiyán reclame mañana como propio ese paso estratégico por territorio armenio.
Desde el palacete de Ereván donde vive como prisionero, Karapetyan quiere que los armenios lo vean como un hombre eficaz encerrado por plantar cara al poder, por ejemplo defendiendo a la iglesia de los ataques del Gobierno. La pregunta es si Armenia verá en él una salida a la derrota o una vuelta al viejo mundo de los oligarcas y la eternidad rusa.