De "Occidente" a las "Potencias medias"

De "Occidente" a las "Potencias medias"

En la edición de 2026 del Foro Económico Mundial de Davos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, puso de largo una expresión que llevaba un tiempo circulando por conferencias, seminarios, think tanks e informes estratégicos: "los Middle Powers deben actuar juntos", afirmó, "porque, si no estamos en la mesa, estaremos en el menú". Y prosiguió destacando que en un mundo de rivalidad entre grandes potencias, las "Potencias Medias" pueden competir entre sí por sus favores o unirse para crear una tercera vía con influencia. No proponía levantar un nuevo bloque ni confiaba el porvenir al multilateralismo; hablaba de coaliciones capaces de operar, construidas asunto por asunto entre países con suficiente en común para concertarse.

Las expresiones dominantes rara vez cambian por casualidad. Cuando una categoría se abre paso con tanta rapidez suele ser porque las anteriores ya no explican satisfactoriamente la realidad. Eso es precisamente lo que está ocurriendo con "Occidente".

"Occidente" nunca fue una noción geográfica ni una organización formal. No coincide exactamente con la OTAN, el G7 o el conjunto de las democracias liberales. Es una comunidad política de perfil deliberadamente impreciso, articulada en torno al liderazgo estadounidense y al proyecto visionario de alcanzar la paz mediante una prosperidad encauzada en el intercambio reglado y fundamentada en un núcleo de principios y valores generales. La intuición formulada en la Carta del Atlántico encontró traducción institucional en Bretton Woods y, más adelante, en la progresiva apertura de la economía mundial.

Aquel proyecto poseía legitimidad política, pero también una extraordinaria legitimidad funcional. Sus resultados fueron espectaculares. Durante décadas, centenares de millones de personas salieron de la pobreza -del temor y la necesidad, "from fear and want", que decía la Carta del Atlántico-, el comercio multiplicó la riqueza y la humanidad en conjunto mejoró sus condiciones de vida. El sistema no benefició únicamente a quienes se reconocían como occidentales. Países ajenos a esa tradición -China notoriamente- crecieron integrándose en la arquitectura creada después de 1945. El vigor de los principios quedaba respaldado por la evidencia de su provecho.

Esa correspondencia se ha quebrado. La globalización feliz pertenece al pasado. La crisis financiera, el ascenso del Imperio del Medio, la utilización del comercio y la tecnología como instrumentos de coerción, las subordinaciones estratégicas, la pandemia y las guerras han desmentido la creencia de que una mayor interconexión produciría por sí sola prosperidad compartida y moderación política. El entramado ya no garantiza seguridad ni distribuye sus frutos con la eficacia que sustentaba la autoridad de quienes lo encabezaban.

Al deterioro práctico se suma una erosión intelectual. Irak y Afganistán alimentaron una amalgama de mala conciencia occidental, crítica poscolonial y reivindicación de protagonismo por parte de los herederos de Bandung. Se extendió así la idea de que el sistema liberal no sólo funcionaba de manera defectuosa o aplicaba sus reglas con doble rasero, sino que constituía en sí mismo una forma de dominación.

La distinción importa. Una cosa es denunciar las incoherencias y los abusos cometidos en su nombre; otra, concluir que la democracia liberal, el Estado de Derecho o la limitación del uso de la fuerza son meras coartadas occidentales. La debilidad actual procede de esa renuncia a defender sin complejos lo que daba densidad política a "Occidente". Se aspira a conservar un mundo regido por normas, pero se evita precisar cuáles, sobre qué concepción de la persona se alzan y qué régimen ofrece garantías superiores frente al poder.

A todo ello se añade la pérdida de confianza en Estados Unidos. La cuestión no consiste en si aún es la principal potencia militar, tecnológica y financiera. Lo es. Consiste en saber si sus aliados pueden seguir dando por supuesto que ejercerá el papel sobre el que descansó "Occidente" por tres cuartos de siglo. El trumpismo ha introducido un riesgo estructural: Washington sigue siendo indispensable, pero su disponibilidad, su permanencia y hasta su voluntad de participar han dejado de presumirse.

De esa triple fractura -funcional, intelectual y estratégica- surge la conversación sobre las "Potencias Medias".

Lo revelador es que nadie consigue determinar quiénes son. Canadá siempre figura; Australia y Japón, casi siempre. India aparece con frecuencia; Indonesia gana relevancia; Brasil resulta ineludible. Turquía, Sudáfrica o los países del Golfo entran según el asunto. No existe una lista estable porque no estamos ante una alianza, ni siquiera ante una comunidad de valores. Se trata de una función y, en buena medida, de un anhelo: adquirir capacidad para no quedar aprisionado entre los grandes.

La perspectiva tampoco es idéntica en Europa y en Asia. Para los europeos, el catalizador ha sido la incertidumbre respecto de Estados Unidos y la necesidad de salvaguardar el edificio del que Washington fue arquitecto. En el Indo-Pacífico, muchos países nunca pertenecieron plenamente al "Occidente" político y contemplan la rivalidad sino-estadounidense desde otra ambivalencia. No buscan tomar partido definitivamente, sino ensanchar su margen de maniobra, diversificar dependencias y evitar que Washington o Pekín decidan por ellos.

De ahí la proliferación de lo que algunos denominan "workarounding" -"diplomacia del rodeo"-, basada en asociaciones flexibles que sortean los bloqueos de las grandes instituciones y abren espacios de colaboración fuera de alineamientos rígidos. Singapur y Emiratos Árabes Unidos han promovido, junto con una docena de pequeños Estados de varios continentes, una iniciativa destinada a mantener el tránsito comercial sin obstáculos. Chile, Nueva Zelanda y Singapur impulsaron a su vez un acuerdo digital al que se incorporó Corea del Sur y al que aspiran a sumarse países tan diferentes como Canadá, Costa Rica, Emiratos o Ucrania. No pretenden reemplazar la Organización Mundial del Comercio ni fundar otra comunidad política; ensayan fórmulas más ágiles para pactar sobre inversión, cadenas de suministro, economía digital o tecnologías de frontera.

Estas constelaciones transregionales confirman que la "diplomacia del rodeo" no es sólo una expresión elegante. Muestran también sus límites. Sus integrantes pueden coincidir en la defensa del comercio abierto y discrepar sobre Ucrania; cooperar en minerales críticos y patrocinar concepciones incompatibles sobre los derechos individuales; reclamar normas comunes mientras rehúyen cualquier compromiso con la democracia liberal. La designación gana campo justamente a costa de su trabazón política.

Desde Washington, Elbridge Colby, subsecretario de Guerra para Asuntos de Política, rechazaba el miércoles en una ristra de posts en X, que pueda existir una estrategia colectiva de "Potencias Medias": sus geografías, intereses y capacidades no ofrecen una "base coherente para el alineamiento". Tendría razón si lo que se anunciase fuera una nueva OTAN o un G7 ampliado. Pero quizá responde a una ambición no enunciada. Lo que emerge no es una alianza permanente, sino una red de cooperaciones parciales entre Estados que ya no consideran prudente descansar exclusivamente sobre un solo actor hegemónico.

Durante años, la conversación se organizó en torno a "Occidente y el resto", según la conceptualización de Roger Scruton en su obra del mismo título. Después irrumpió el "Sur Global", batiburrillo igualmente heterogéneo -no se solapa con el G20- que refleja la impugnación del reparto de poder y el eco persistente de Bandung. Las "Potencias Medias" se plantean otra pregunta: ¿quién sostiene el sistema cuando su principal arquitecto deja de inspirar confianza y cuando los valores que le dieron origen se defienden con creciente timidez?

Carney llamó a sentarse a la mesa para evitar acabar en el menú. La imagen es eficaz, pero deja pendiente la cuestión esencial: ¿qué desean preservar quienes se reúnen alrededor de ella? Porque ningún sistema perdura sólo mediante intereses convergentes; necesita también una idea del poder, de sus límites y de la dignidad de la persona. En la ambivalencia ante esa herencia reside, precisamente, la fortaleza operativa y la debilidad intelectual de las "Potencias Medias".