Si fuiste niño en los 80, estas 12 series te harán viajar en el tiempo
¿Recuerdas esas tardes interminables pegado a la tele, con los ojos abiertos como platos y el corazón latiendo al ritmo de aventuras imposibles, coches que parecían tener vida propia o héroes que resolvían cualquier problema con ingenio y una sonrisa? Los niños de los 80 vivieron una edad dorada de la televisión con personajes que se metieron en nuestras casas y nunca salieron de nuestra memoria. Desde protagonistas —o extraterrestres— traviesos y soñadores hasta equipos de lo más dispar que siempre encontraban la manera de salir adelante, estas series tenían algo mágico: mezclaban acción, humor y drama justo en la medida que hacía que cada episodio se convirtiera en un pequeño acontecimiento familiar. Ahora, décadas después, solo quienes crecieron con ellas pueden revivir la emoción de esas tardes que parecían no terminar nunca.
El equipo A
© NBC Universal Television Distribution"En 1972, un comando compuesto por cuatro de los mejores hombres del Ejército Americano fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra, quizá pueda contratarlos". Si has crecido en los 80, leer esto te habrá traído una sonrisa y un poquito de nostalgia. Porque si la has visto, es una de esas series que no olvidas.
Hannibal, el líder carismático y siempre ingenioso, planificaba cada misión con precisión, y seguro que has usado alguna vez su mítica frase: "Me encanta que los planes salgan bien"; Fénix, el guapo y encantador del grupo, se ganaba aliados con una sonrisa; M.A. Baracus, el fuerte de grupo pero con temor volar, aportaba músculo e intensidad; y Murdoch, el “loco”, convertía cualquier situación imposible en un invento o maniobra sorprendente. Entre coches que vuelan —por suerte nunca su icónica furgoneta negra con la raya roja—, explosiones y planes impracticables, cada capítulo ofrecía acción, humor y camaradería en dosis perfectas. Como curiosidad, ni Ana Obregón pudo resistirse al encanto de la esta ficción y participó en varios episodios.
MacGyver
© ABCSi alguien tenía el poder de sacar a cualquiera de un apuro con un clip y un chicle, ese era el agente secreto Angus MacGyver. Con su típica chaqueta, mirada concentrada y un talento casi sobrenatural para inventar soluciones donde no existían, se enfrentaba a explosiones, trampas y villanos sin disparar un solo tiro… salvo si era estrictamente necesario.
Ingeniero, científico y maestro de la improvisación, MacGyver resolvía problemas con lo que hubiera a mano: desde cinta aislante y goma elástica hasta un simple tenedor o un tornillo podían convertirse en un salvavidas y si te descuidabas, incluso podía construir con ellos una nave espacial. Cada episodio era un recordatorio de que la creatividad y el ingenio podían más que la fuerza bruta. Y, claro, también estaba su inseparable mochila —tan famosa como la de Pocholo—, esa compañera silenciosa que parecía contener todo lo que el mundo podía necesitar. Con un toque de tensión, aventuras y ese humor sutil que aparecía en el momento justo, ver a este superhéroe atípico en acción era como un pequeño juego para descubrir qué invento crearía esta vez.
Alf
© Warner Bros.Un extraterrestre peludo y con más hambre que sentido común aterrizó en la casa de los Tanner y revolucionó las normas de la convivencia familiar. Gordon Shumway, más conocido como Alf, venía del planeta Melmac con ganas de comer gatos (sí, gatos) y meter la pata en cada situación imaginable, pero también con un corazón enorme que te hacía adorarlo al instante.
La serie mezclaba travesuras, enredos domésticos y el inevitable conflicto entre mantenerlo oculto o enfrentarse a vecinos curiosos. Alf tenía una capacidad infinita para complicar lo sencillo, desde usar los electrodomésticos como instrumentos de caos hasta convertir un simple pastel en una guerra gastronómica. Y, claro, su sarcasmo y su ingenio le daban ese toque de humor que hacía que grandes y pequeños se rieran por igual mientras se preguntaban: “¿Qué locura hará esta vez?”
Los problemas crecen
© ABCSer parte de la familia Seaver significaba que cada día estaba lleno de risas, enredos y algún que otro pequeño desastre. Jason, el padre, era psiquiatra e intentaba trabajar desde casa mientras mantenía la paz en la familia, y Maggie, la madre, era una reportera que volvía al trabajo y hacía malabares para que todo funcionara. Pero eran los hijos quienes convertían cada capítulo en una aventura: Mike, el travieso mayor, un personaje que convirtió a Kirk Cameron en un ídolo adolescente; Carol, sensata, muy inteligente y siempre un paso por delante de sus hermanos; y Ben, el pequeño listo para meterse en cualquier lío.
Cada situación cotidiana —desde bromas escolares hasta experimentos fallidos o conflictos familiares— se convertía en comedia ligera con corazón. Y para los curiosos del mundo del cine, esta serie fue uno de los primeros trabajos televisivos de Leonardo DiCaprio, que dio vida a Luke Browver, un joven sin hogar al que adoptaban los Seaver. Con humor y cariño, mostraba que la vida familiar podía ser tan divertida como complicada, y que siempre había espacio para alguna travesura inesperada.
El coche fantástico
© NBCAntes de que existieran los relojes inteligentes, bastaba un simple “KITT, te necesito” en uno aparentemente normal para que el coche más increíble que pudieras imaginar entrara en acción. Pensaba, analizaba peligros y tenía un sentido del humor bastante fino. Michael Knight, interpretado por David Hasselhoff, recorría las carreteras al volante de este Pontiac Trans Am negro, brillante e indestructible que no solo alcanzaba velocidades inverosímiles, sino que también salvaba a su conductor en el último segundo con una precisión casi futurista.
Al servicio de la Fundación para la Ley y el Orden, Michael acudía allí donde la justicia no llegaba, aunque muchas veces era KITT quien se llevaba el aplauso del público: su voz serena, su ironía medida y aquel piloto rojo que se iluminaba de lado a lado del capó formaban parte del ritual de cada episodio. Persecuciones, saltos imposibles y diálogos entre hombre y máquina convertían la serie en pura acción con un punto de complicidad tecnológica que, durante un rato, te hacía creer que cualquier coche podía esconder un botón secreto listo para activarse.
Fama
© NBCCuando los talent shows todavía no inundaban la televisión y series como Un paso adelante o Glee ni siquiera existían, un grupo de estudiantes de la Escuela Superior de Artes Escénicas de Nueva York ya demostraba que el éxito no era cuestión de suerte, sino de disciplina, talento y muchas horas de ensayo. Clases de baile, interpretación y música se mezclaban con rivalidades, inseguridades y sueños que parecían demasiado grandes para aquellos pasillos llenos de espejos.
"Tenéis muchos sueños, buscáis la fama. Pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar... con sudor", así comenzaba cada capítulo. La serie seguía el día a día de chicos como Coco, Leroy, Danny o Doris, que querían triunfar en el escenario y aprendían, a veces por las malas, que el aplauso se ganaba paso a paso. Coreografías imposibles, canciones que invitaban a levantarse del sofá y profesores exigentes que no regalaban nada convertían la serie en una mezcla de energía y emoción adolescente. No solo hablaba de alcanzar la fama, también mostraba lo que cuesta mantenerla.
V
© NBCDe repente, enormes naves espaciales aparecían suspendidas sobre las principales ciudades del mundo. No atacaban, no disparaban, no exigían nada… solo prometían paz y tecnología. Así comenzaba V, la serie que convertía el salón de casa en territorio de conspiración. Los Visitantes, encabezados por la malvada Diana, llegaban con aspecto humano, sonrisa amable y un discurso tranquilizador, pero algo en su mirada —y en su manera de moverse— hacía sospechar que no todo era lo que parecía.
Pronto se descubría la verdad: bajo aquella piel perfecta se escondían criaturas reptilianas con un plan mucho menos inocente: buscar recursos y esclavizar a la humanidad. El periodista Donovan y la científica Julie se convertían en líderes de la resistencia junto a otros ciudadanos anónimos mientras la tensión crecía capítulo a capítulo. Ciencia ficción con mensaje político, suspense y escenas difíciles de olvidar —como la villana alimentándose de ratones o cómo se arrancaban la piel para dejar al descubierto su verdadera apariencia— que nos hicieron mirar al cielo con cierta desconfianza durante un tiempo.
Aquellos maravillosos años
© ABCKevin Arnold nos llevaba de la mano a los años 60 a un barrio lleno de casas con porches, bicicletas y tardes interminables con amigos. Desde su ventana, observaba el mundo con la mezcla perfecta de curiosidad, torpeza y ternura que caracteriza a la adolescencia. Entre el colegio, los primeros amores con Winnie Cooper y las travesuras con Paul —no, no era el cantante de Marilyn Manson—, su inseparable amigo, cada episodio era una pequeña cápsula de recuerdos universales: los sueños que parecían gigantes y los problemas que, vistos con distancia, ahora provocan una sonrisa.
Con una voz en off adulta como narrador, la serie combinaba humor, emoción y pequeños momentos de reflexión al mismo tiempo que mostraba la familia de Kevin: Jack y Norma al frente y su molesto hermano Wayne, formando un cálido núcleo donde cabía el cariño y las discusiones cotidianas. Con guiños a la música de la época —como su inolvidable cabecera con With a Little Help from My Friends en la versión de Joe Cocker—, la cultura pop y los pequeños detalles que hacían único cada día, Aquellos maravillosos años capturaba la magia de crecer, incluyendo la angustia de la adolescencia, en un mundo que parecía más sencillo.
Se ha escrito un crimen
© CBSEn un pequeño pueblo donde todo parecía tranquilo, la escritora de novelas de misterio Jessica Fletcher, a quien daba vida la inolvidable Angela Lansbury, demostraba que el crimen podía aparecer en cualquier esquina… incluso en las más inesperadas. Cada capítulo comenzaba con un asesinato que parecía imposible de resolver y, pronto, la sagaz Jessica, con su infinita curiosidad y su aguda mente, se convertía en la pieza clave para desenmarañar pistas, secretos y malentendidos.
Lo divertido era ver cómo una señora mayor y amable conseguía resolver casos que ni la policía lograba descifrar, mezclando lógica, intuición y una dosis perfecta de sentido común. Desde cenas elegantes hasta pequeños detalles en la biblioteca o en la tienda del pueblo, cada episodio ofrecía misterio, humor ligero y una sensación de que, con observación y paciencia, cualquier enigma podía ser desvelado. ¿Quién no quería ser como ella y descubrir al culpable? Para quienes crecieron con la serie, la mezcla de intriga y cercanía de Jessica Fletcher sigue siendo imposible de olvidar.
La hora de Bill Cosby
© NBCSi había un lugar donde cualquier pequeño desastre doméstico se convertía en risa asegurada, ese era el salón de los Huxtable en Brooklyn, donde nos mostraban que criar a cinco hijos podía ser tan divertido como caótico. El padre familia, Cliff, ginecólogo, y su esposa Clair, abogada, lidiaban con los líos de Sondra, Denise, Theo, Vanessa y Rudy con paciencia, humor y creatividad. Desde exámenes complicados hasta malentendidos familiares, cada situación se convertía en una excusa para reír, reflexionar y, de paso, aprender algo sobre la vida.
Aunque la serie era una comedia ligera, no esquivaba temas serios como la dislexia de Theo o embarazos adolescentes, entre otros. Su retrato de una familia afroamericana de clase media-alta, educada y unida, ayudó a derribar prejuicios y se convirtió en un referente televisivo de los 80. Con humor, cariño y momentos memorables, La hora de Bill Cosby sigue recordándose —al igual que los coloridos jerseys del cabeza de familia— como un clásico que enseñaba que la familia perfecta no existe… pero eso no impide que sea entrañable.
El gran héroe americano
© Disney General Entertainment ConLo normal es que un profesor de secundaria dé clases, pero no que acabe vestido con un traje rojo capaz de concederle superpoderes. Durante una excursión al desierto, Ralph Hinkley recibe de unos extraterrestres un traje que le permite volar, ver a través de las paredes e incluso ser inmune a las balas… el único problema es que pierde el manual de instrucciones casi inmediatamente y tiene que aprender a usarlo sobre la marcha a base de prueba y error.
Convencido por el agente del FBI Bill Maxwell de que sus nuevas habilidades deben usarse para combatir el crimen, Ralph afronta cada misión con valentía, improvisación y más de un tropiezo. Su novia, la abogada Pam Davidson, y algunos de sus alumnos se convierten en aliados improvisados mientras él descubre, casi por accidente, cómo dominar sus poderes. La serie nos presenta a uno de los superhéroes televisivos más singulares de los 80: capaz de salvar el día… aunque no siempre con tanta elegancia como le gustaría.
Corrupción en Miami
© NBCLas palmeras, el sol y la música de los 80 escondían historias mucho más oscuras: Sonny Crockett, el papel que lanzó a la fama a Don Johnson, un exjugador de fútbol y veterano de Vietnam que vivía en un barco con su caimán, y Ricardo Tubbs (Philip Michael Thomas), quien llegaba a la ciudad en busca de venganza, patrullaban las calles de Miami con trajes claros con camiseta —marcando tendencia en la manera de vestir de toda una generación— y una elegancia relajada que contrastaba con el peligro constante. Detectives encubiertos, se infiltraban en redes de drogas, perseguían criminales internacionales y lidiaban con el lado más peligroso de la ciudad.
Persecuciones en coches deportivos, tiroteos y relaciones complicadas se sucedían al ritmo de la estética ochentera más icónica: luces de neón, playas desiertas y playlists —con artistas como Phil Collins o Dire Straits— como parte fundamental de la trama. Corrupción en Miami se convirtió en un icono de la época, mostrando que el glamour podía convivir con el crimen y dejando en la memoria de los espectadores la imagen de dos detectives tan carismáticos como implacables.