Perder la ilusión te hace más mayor y puede esconder un problema, según la psicología

Perder la ilusión te hace más mayor y puede esconder un problema, según la psicología

9 de abril de 2026 - 12:10 CEST

Hay personas que, alrededor de los 40, se dan cuenta de que la vida ya no les emociona como antes. Por ejemplo, alguien que antes disfrutaba planificando viajes o actividades de ocio empieza a posponerlo todo y lo que antes le hacía ilusión ahora ya no tiene apenas significado. Cualquier propuesta se toma como un esfuerzo y los logros alcanzados pierden atractivo. La experiencia y las capacidades siguen presentes, pero la manera de proyectarse hacia el futuro cambia, y con ella, la sensación de entusiasmo.

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Este tipo de sensación no tiene que ver con la edad biológica, sino con cómo nuestra mente procesa la motivación y la ilusión. Según explica Jesús Matos, psicólogo y coordinador del máster en Psicología Aplicada al Bienestar Integral del ISEP, "perder la ilusión refleja alteraciones en los sistemas que regulan la anticipación de recompensa y la orientación hacia el futuro, elementos clave para sentir que la vida todavía tiene cosas por las que emocionarse".

Mujer rubia con flequillo mirando por el balcón © Getty Images

Perder la ilusión, una señal de desgaste

La ilusión, según Matos, está ligada a lo que la neurociencia denomina wanting, el deseo o impulso hacia algo, y depende de circuitos dopaminérgicos mesolímbicos. Son una red del cerebro encargada de gestionar el placer, la motivación y la recompensa. Funcionan liberando dopamina cuando realizas o anticipas algo que te resulta agradable, lo que genera sensación de bienestar. Gracias a él, tu cerebro aprende qué conductas merece la pena repetir. "Anticipan que algo merece la pena. Por eso, cuando una persona pierde la ilusión, no es tanto que deje de experimentar placer en el momento, sino que el futuro deja de funcionar como un motor psicológico", detalla. 

“Desde modelos más cognitivos, esto también se ha relacionado con alteraciones en la prospectiva mental", señala Matos. Se trata de la capacidad que tiene el cerebro para imaginar y anticipar situaciones futuras antes de que ocurran. Es, en esencia, probar en la mente distintos escenarios para tomar mejores decisiones en el presente. Intervienen procesos como la memoria, la imaginación y la planificación, coordinados por áreas como la corteza prefrontal. Gracias a esta habilidad, puedes prever consecuencias, organizarte y adaptarte con mayor eficacia a lo que está por venir.

Mujer reflexiva mirando por la ventana© Getty Images

¿Recordar en lugar de ilusionarse? El cambio que te hace mayor

Una señal frecuente es sustituir las ilusiones por recuerdos del pasado. Jesús Matos aclara que esto puede ser indicativo de depresión o distimia, especialmente si se mantiene en el tiempo. En los trastornos depresivos, uno de los síntomas centrales es la anhedonia, que implica no solo menor placer en el presente, sino también una reducción en la anticipación de placer futuro.

El patrón característico es que los recuerdos positivos siguen estando accesibles, pero el futuro pierde atractivo o incluso se percibe como vacío. Desde la investigación cognitiva, se ha descrito como una asimetría temporal: las personas con sintomatología depresiva generan menos imágenes positivas del futuro y tienen más dificultades para construir escenarios futuros ricos y detallados.

Matos subraya, eso sí, que “centrarse excesivamente en recuerdos no es en sí patológico, pero puede convertirse en un indicador cuando refleja una incapacidad para generar expectativas positivas hacia adelante”. Esto significa que el fenómeno en sí no siempre es motivo de alarma. 

De hecho, muchas veces adoptamos esta actitud que nos hace más mayores, pero que no afecta al bienestar. Sin embargo, sí merece atención si empieza a interferir en el día a día y nos hace sentir mal. 

mujer seria y pensativa sentada en la arena de la playa© Getty Images

Cuándo hay que pedir ayuda

El psicólogo explica que hay varios criterios que ayudan a identificar cuándo esta pérdida de ilusión puede necesitar apoyo profesional:

  • Persistencia temporal: si el estado se mantiene la mayor parte de los días durante al menos dos semanas, puede ser indicativo de depresión.
  • Generalización: cuando afecta a múltiples áreas, como trabajo, relaciones y ocio, y no solo a un ámbito concreto.
  • Deterioro funcional: si la intensidad, frecuencia y duración del estado hace que la persona reduzca su actividad, evite situaciones o deje de implicarse en conductas relevantes.

Matos apunta además que “un elemento especialmente importante es el cambio en el comportamiento. La evidencia muestra que la depresión se asocia con una disminución de la conducta dirigida a objetivos y del contacto con reforzadores positivos”. A nivel neurocognitivo, se observa una menor sensibilidad a la recompensa y un sesgo hacia la información negativa, lo que contribuye a mantener este estado.

Mujer feliz sentada en el sofá con un móvil en las manos© Getty Images

Cómo volver a ilusionarse 

Aunque la pérdida de ilusión puede parecer irreversible, Matos asegura que “la ilusión no es solo una emoción, sino el resultado de procesos conductuales, cognitivos y neurobiológicos que se pueden reactivar”. Existen varias estrategias respaldadas por la evidencia científica:

mujer caminando relajada por el campo© Getty Images

Activación conductual

Es una de las intervenciones con mayor evidencia en depresión. Consiste en aumentar sistemáticamente la exposición a actividades potencialmente reforzantes, incluso sin motivación inicial. Como explica Matos, “la lógica es clara: primero cambia la conducta, después cambia la emoción”.

Un ejemplo sería una persona que ha dejado de salir a pasear o quedar con amigos porque no tiene ganas. En la intervención de activación conductual, se puede proponer que haga una caminata diaria de 20 minutos, aunque al principio no sienta motivación ni placer. Con el tiempo, al cumplir esta actividad, su cerebro empieza a registrar pequeños reforzadores: el aire fresco, ver personas conocidas o sentir el cuerpo en movimiento. Así, al cambiar la conducta primero, poco a poco la emoción mejora.

Mujer disfrutando del desayuno por la mañana© Getty Images

Incrementar la novedad y la variabilidad

La dopamina responde especialmente a lo nuevo. Introducir cambios, aunque sean pequeños, puede ayudar a reactivar los sistemas motivacionales y devolver cierta sensación de anticipación y entusiasmo.

Un ejemplo muy sencillo: pongámonos en la situación de una persona que siempre desayuna lo mismo. Para estimular la dopamina, podría probar un desayuno diferente cada mañana, como frutas nuevas, un café distinto o cambiar la ruta para comprarlo. Aunque sean cambios pequeños, esa novedad activa los sistemas de recompensa del cerebro, generando sensación de interés y anticipación, y aportando un pequeño impulso de motivación y entusiasmo a su rutina diaria.

Mujer entrenando por la mañana© Getty Images

Actividad física y regulación fisiológica

El ejercicio tiene efectos consistentes sobre el estado de ánimo, en parte gracias a su impacto sobre neurotransmisores y factores neurotróficos como el BDNF. Se trata de una proteína que ayuda a las neuronas a crecer, conectarse entre sí y mantenerse sanas. Actúa como un fertilizante para el cerebro, favoreciendo la plasticidad neuronal, que es la capacidad del cerebro para adaptarse y reorganizarse. Por eso, actividades como el ejercicio no solo fortalecen el cuerpo, sino que también estimulan el BDNF, lo que puede mejorar el estado de ánimo, la memoria y la motivación. Y es que mantenerse activo no solo cuida el cuerpo, sino que también contribuye a reconstruir la ilusión.

Volvemos al primer ejemplo: la prescripción de caminar al menos 20 minutos diarios puede convertirse en un hábito, en una motivación que puede llevar a esa persona a introducir nuevas actividades físicas. 

mujer leyendo un libro tumbada en el suelo, junto a su bicicleta© Getty Images

Reconexión con valores personales

Modelos como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) recomiendan actuar en función de lo que es importante para cada persona, incluso sin motivación inicial. Matos destaca que esta estrategia “facilita la reconstrucción del sentido y, progresivamente, de la ilusión”, devolviendo al futuro su capacidad de atraer y motivar.

Algunos ejemplos podrían ser: 

  • Alguien que disfruta cocinando podría probar a preparar una receta nueva cada semana, experimentando con sabores o presentaciones distintas. 
  • Si le gusta leer, dedicar un rato a descubrir un género o autor diferente al habitual, generando sorpresa y curiosidad. 
  • Para quien disfruta del contacto con la naturaleza, hacer pequeñas excursiones o paseos por lugares distintos, aunque sean cercanos a casa. 
  • Si le gustan las manualidades o el arte, intentar un proyecto creativo nuevo, como pintar, hacer cerámica o tejer, aportando novedad y concentración.

Todas estas actividades estimulan la dopamina y el BDNF, ayudando a mejorar el ánimo y la motivación de manera progresiva.