11 pueblos costeros de Portugal que aún conservan su esencia marinera y donde el Atlántico te deja sin palabras
Portugal tiene una de las costas más variadas y sorprendentes de Europa. A lo largo de sus más de 800 kilómetros de litoral, el Atlántico va dibujando acantilados, playas salvajes, desembocaduras de ríos y pequeños pueblos que igual ni te suenan, pero que merecen muchísimo la pena. Desde el norte, donde el Miño se abre paso entre fortalezas y villas marineras, hasta el Alentejo más salvaje o el Algarve de aguas turquesa, su costa es una sucesión de paisajes que cambian sin darte ni cuenta. Récorrela de pueblo en pueblo.
© Alamy Stock PhotoAZENHAS DO MAR
Cuesta decidir qué mirar primero en Azenhas do Mar, si las casitas colgadas del acantilado o el mar rompiendo abajo, que recuerda por ello a la italiana Cinque Terre, pero a la portuguesa. Así se descuelga esta joya costera sobre el acantilado, a solo 15 minutos de Sintra y a 45 de Lisboa. Sus casitas blancas trepan y se apilan en la roca, sobre unas piscinas naturales de agua salada que se forman cuando baja la marea. Subiendo por unas escaleras, un mirador regala la mejor panorámica y, junto a él, en la terraza del restaurante Azenhas do Mar, espera un atardecer deslumbrante.
© ShutterstockPORTO COVO
En una de las zonas menos exploradas del litoral portugués todavía se esconde este pequeño pueblo de casitas blancas ribeteadas en azul, pequeñas plazoletas y el Atlántico siempre al final de la calle. La vida aquí gira entre la mesa y el mar: pescados y mariscos recién servidos, un buen arroz caldoso y paseos tranquilos después de comer. Y cuando apetece playa, basta con elegir entre arenales como Buizinhos, Pessegueiro, Samoqueira o Praia Grande, cada uno con su propio carácter, pero todos con ese aire salvaje tan del Alentejo.
© Alamy Stock PhotoFERRAGUDO
A lo largo de los más de 150 kilómetros de costa del Algarve, donde se encadenan playas kilométricas y acantilados imponentes, todavía sobreviven pequeñas villas que conservan intacta la esencia de los antiguos pueblos pesqueros. Ferragudo es una de ellas. Aquí todavía se ven marineros cuidando las redes, calles adoquinadas cubiertas de buganvillas y el Atlántico siempre asomando al fondo. Después de recorrer sus calles adoquinadas, repletas de buganvillas, la visita en este pueblo siempre debe acabar contemplando el horizonte desde el fuerte de São João do Arade.
© ShutterstockTAVIRA
Es oficialmente una ciudad, desde 1988, pero se siente más como un pueblo grande, porque tiene solo 13.000 habitantes. Una joya ribereña de callejuelas empinadas y casas encaladas coloreadas por las buganvillas. Su elegancia se ve reflejada en el río Gilão, que cruza un puente romano por el que pasada la calzada de Faro a Mértola y testimonio de su antigüedad, como también su muralla árabe y el castillo árabe que corona la empinada Vila Adentro. Como mejor complemento, la belleza de su Ilha de Tavira, un pequeño paraíso natural de mar cristalino y dunas perteneciente al Parque Natural de Ria Formosa.
© sanchacampos - stock.adobe.comCACELA VELHA
Al extremo oriental de este mismo espacio protegido, el Parque Natural da Ria Formosa — un magnífico laberinto de agua, canales, caños, esteros, dunas y playas que discurre paralelo a la costa a lo largo de 50 kilómetros— se asoma desde lo alto de un promontorio la aldea de postal de Cacela Velha. Es pequeña, pero muy fotogénica. Además de la vista desde el mirador, sus puntos fuertes son el pequeño conjunto que domina el acantilado, la playa de arena finísimas, la iglesia de Nossa Senhora da Assunção, con su toque tradicional portugués, y, al lado, la Casa da Igreja, donde sentarse a degustar ostras contemplando la puesta de sol.
© Turismo de AlentejoZAMBUJEIRA DO MAR
Su playa es una de las más conocidas de Alentejo, rodeada de acantilados y de naturaleza y codiciada por los surfistas. Zumbujeira recuerda a los pueblos blancos andaluces y se anima especialmente en verano, sobre todo durante el Festival de Verano del Sudeste, una de las grandes citas musicales de Portugal. A Barca Traquitanas, una cabaña junto al puerto pesquero resulta perfecta para cenar pescado fresco y sencillas recetas marineras.
© ShutterstockVILA NOVA DE MILFONTES
Un cartel en la entrada lo deja claro: “Alentejo, tiempo para ser feliz”. Y, sin exagerar demasiado, la sensación encaja bastante bien en este rincón del litoral portugués. Dividido por la desembocadura del río Mira, este antiguo pueblo marinero ha sabido conservar su esencia sin perder encanto. Entre sus calles, llenas de pequeños comercios, bares y restaurantes, todo invita a ir sin prisa. Y al otro lado, los arenales parecen no acabarse nunca, con el Atlántico golpeando fuerte como recordatorio constante de dónde estás.
© Alamy Stock PhotoCAMINHA
Las mejores vistas de este bonito pueblo emplazado donde el río Miño abraza al Atlántico se tienen desde el monte de Santa Trega, en A Guarda. Calles empedradas, plazas animadas y casitas de pescadores dibujan un casco histórico fortificado en el que sobresale la Torre del Reloj. El sonido de las gaviotas y el aroma a sal acompañan el paseo hasta la playa de Camarido o al ferri que cruza a Galicia. En una solitaria isla cercana se levanta el imponente fuerte de Ínsua, con forma de estrella.
© Alamy Stock PhotoSINES
A lo largo de uno de los tramos más salvajes y vírgenes del litoral portugués, entre Odeceixe y la península de Troia, la costa del Alentejo se despliega con playas interminables y pequeños pueblos. En uno de esos puntos aparece este antiguo puerto con alma marinera, donde las casas blancas y azules miran directamente al océano. Aquí la historia pesa: un castillo del siglo XIII, la huella de Vasco da Gama y un pasado que aún se deja sentir mientras el Atlántico rompe sin descanso al fondo. A eso se suman playas amplias y abiertas que recuerdan por qué esta costa sigue siendo una de las más salvajes de Europa.
© ShutterstockERICEIRA
Entre la tradición portuguesa y el ambiente surfero se mueve esta encantadora población que muchos descubren en una excursión desde Lisboa, pues queda a solo 35 kilómetros de ella y a 11 de Mafra, ciudad famosa por el Palacio Nacional. Posee un coqueto casco antiguo de calles empedradas y viviendas encaladas en torno a la iglesia parroquial, pero es el puerto al pie del acantilado, los restaurantes de pescado y marisco y, sobre todo, sus gloriosas playas, lo que uno llega buscando a la que es una de las primeras reservas de surf a nivel mundial, especialmente su playa Ribeira d’Ilhas.
© ShutterstockCARVOEIRO
Como un pequeño anfiteatro, con sus casas asomadas al mar, Carvoeiro es uno de los pueblos más bellos del Algarve. Y lo es especialmente, porque caminando junto a la costa por sus pasarelas de madera se observan las insólitas formaciones rocosas de esta zona conocida como Algar Seco, esculpidas por el viento y el mar durante cientos de años. Entre cuevas escarpadas, grutas o hendiduras aparecen ventanas naturales y miradores con increíbles vistas al océano.