70 años de la boda de Grace Kelly y Rainiero de Mónaco: la historia de amor que conquistó a 30 millones de espectadores y cambió el destino del Principado
Los días 18 y 19 de abril de 1956, Mónaco fue escenario de una de las bodas más memorables del siglo XX: el enlace entre Grace Kelly y el príncipe Rainiero III. Más de 30 millones de personas siguieron la ceremonia religiosa por televisión; querían ver cómo concluía aquel cuento en el que el príncipe y la actriz prometían estar juntos para siempre. Se cumplen 70 años de aquel 'sí, quiero' y de una de las historias más fascinantes de todos los tiempos.
El inicio de su historia de amor
En enero de 1956, Grace Kelly y Rainiero III de Mónaco anunciaron su compromiso en Filadelfia. Se habían conocido pocos meses antes, en mayo. Grace se encontraba en la Costa Azul para asistir al Festival de Cine de Cannes, donde presentaba su película La angustia de vivir, por la que había ganado un Oscar. El príncipe, que era fan de la intérprete, le pidió a un amigo común, Pierre Galante, periodista de la revista Paris Match y marido de la actriz Olivia de Havilland, que se la presentara. Ella aceptó, pero el encuentro estuvo lleno de contratiempos.
Esa mañana hubo una huelga de trabajadores eléctricos en el hotel de Grace. No pudo usar el secador de pelo ni planchar su ropa. Eligió un vestido de seda con flores que no necesitaba plancha y sostuvo su pelo en un pequeño recogido. Llegó al palacio a las tres de la tarde y aguardó durante cuarenta y cinco minutos al príncipe. Estaba molesta y dispuesta a irse cuando, al final, llegó Rainiero. Según el fotógrafo Edward Quinn, quien inmortalizó el encuentro, el humor de Grace cambió en el instante en que el Príncipe se disculpó con una sonrisa y se ofreció a ser su guía personal, apartando a los asesores.
Después de aquel encuentro, Grace volvió a Estados Unidos para rodar El Cisne. Durante seis meses, la actriz y el príncipe mantuvieron una relación por correspondencia y llamadas de teléfono que culminó cuando Rainiero viajó a Filadelfia para pedirle la mano. Aquel fue su segundo encuentro.
Sus dos anillos de compromiso
Cuando Rainiero viajó para pedir la mano de Grace, lo hizo con una sencilla alianza que simbolizaba la eternidad. Esta pieza, elaborada con diamantes y rubíes, había sido creada por Cartier a partir de dos reliquias familiares y tenía un significado especial: los colores rojo y blanco de las piedras representaban la bandera de Mónaco, el principado que Grace estaba a punto de llamar hogar. Aunque la pieza era una muestra de amor y lealtad a su nación, se rumorea que el príncipe la consideró una opción temporal, una especie de "anillo de promesa", ya que sentía que no estaba a la altura de las fastuosas joyas que lucían las demás estrellas de Hollywood.
Lo cierto es que, después de aquel sonado compromiso, Grace Kelly comenzó a grabar su última película, Alta Sociedad. En la trama, su personaje debía llevar un anillo de compromiso, pero el príncipe Rainiero, al enterarse de que se usaría una joya de utilería, decidió que su prometida merecía algo más digno de su estatus.
Fue así como encargó a Cartier un segundo y espectacular anillo de compromiso. Esta vez, la pieza central era un deslumbrante diamante talla esmeralda de 10,48 quilates, flanqueado por dos diamantes baguette. El majestuoso anillo, con un valor estimado de 4 millones de dólares en la época (equivalente a más de 38 millones hoy), se convirtió en un ícono de la elegancia y el lujo. Grace no solo lo lució en la película, sino que lo usó por el resto de su vida, consolidándolo como una de las joyas más famosas e inspiradoras de la historia.
Una boda seguida por más de 30 millones de personas
Apenas tres meses después de aquel viaje —y cuando todavía no había pasado un año de su primer encuentro— la pareja se casó por lo civil. La ceremonia tuvo lugar el 18 de abril en el Salón del Trono del Palacio del Príncipe de Mónaco. Grace llevaba en aquella ocasión un traje también de Helen Rose, con chaqueta y falda de ligero vuelo. Un dos piezas en un suave rosa (cercano al color champán) que destacaba por tener como protagonista el encaje Alençon que cubría todo el look (cuya base estaba confeccionada en tafetán) y unos bordados con hilo de seda que lograban un deslumbrante efecto de tejido brocado. Para culminar el look, la estadounidense se decantó por unos guantes de piel, unos salones de tacón de un tejido muy parecido a las prendas que llevaba y un tocado con flores de tejido montadas en un taleral. Llamó la atención la ausencia de joyas.
Tras la boda civil, tuvo lugar una gran gala en la Ópera de Mónaco y, al día siguiente, el 19 de abril, el esperado 'sí, quiero', celebrado en la catedral monegasca de San Nicolás, que reveló el vestido nupcial que pasaría a la historia e inspiraría a otras novias como Kate Middleton, Sassa de Osma, Kitty Spencer, Jasmine Tookes o Paris Hilton, sin contar con innumerables prometidas anónimas.
1500 reporteros y fotógrafos aguardaban la llegada de los 600 invitados (en la recepción aumentarían hasta alcanzar los 1500), entre los que estaban Cary Grant, Aristóteles Onassis, Ava Gardner, Gloria Swanson y Conrad Hilton, y el cortejo nupcial. No querían perderse ningún detalle de "la boda del siglo"; tampoco los más de 30 millones de personas que siguieron la ceremonia por televisión. Y aunque las anécdotas fueron muchas, si hubo algo que logró permanecer para siempre.
El vestido de la novia fue un regalo de los estudios MGM. Diseñada por la figurinista Helen Rose, esta impresionante creación estaba confeccionada en tafetán de seda, tul, encaje de Bruselas —que databa del siglo XIX y fue restaurado especialmente para la ocasión— y cientos de perlas bordadas a mano.
Se trataba de un diseño lleno de complejidad, compuesto de un corpiño ajustado con cuello alto y mangas largas en encaje, un fajín plisado a la cintura y una voluminosa falda tipo globo. En su confección participó un equipo de más de treinta costureras que trabajaron bajo estricta confidencialidad durante dos meses desde Hollywood.
Grace Kelly no utilizó tiara en su boda real, y tampoco sus descendientes, Carolina y Carlota. Esto se debe a que la familia real monegasca no tiene una larga tradición en el uso de tiaras en las bodas. Sus ceremonias nupciales se han despojado del estricto protocolo que todavía marca los enlaces de monarquías más tradicionales, como la española o la británica.
En su lugar, la princesa Grace acabó decantándose por una pieza de estilo Juliet cap adornada con encaje y una diadema de flores de azahar, a las que se sujetaba un velo de tul que medía casi un metro de largo. Como toque final, la actriz quiso añadir unos sutiles pendientes de perlas con diamantes que pertenecían a su familia. Una forma de recordar su vida anterior.
Después de la celebración, los recién casados siguieron la tradición monegasca y fueron a San Devota, donde la novia ofreció su ramo de boda a la patrona. En el banquete de la boda, según ha trascendido, se degustaron platos de salmón, caviar, pollo, huevos en gelatina y langostas. Por su parte, la tarta nupcial de seis pisos, que se puede apreciar al fondo de la fotografía, incluía elementos simbólicos del principado y estaba adornada con figuras de azúcar que representaban insignias militares y navales.











