Alfonso Méndez, psicólogo: "Un adolescente que no cuestiona nada me preocuparía bastante más que uno que lo cuestiona todo"

Alfonso Méndez, psicólogo: "Un adolescente que no cuestiona nada me preocuparía bastante más que uno que lo cuestiona todo"

A quienes conviven con un adolescente en casa, seguro que les suena esta historia: de repente, cada norma es un drama, cada "no" es una negociación eterna y el salón se convierte en un campo de batalla por cualquier frase en apariencia inofensiva. Antes de llevarse las manos a la cabeza pensando qué estamos haciendo mal como padre o madre, conviene respirar. No lo hacen por fastidiar, es pura ciencia. Su cerebro emocional va a mil por hora, mientras que la parte que frena los impulsos y el botón del autocontrol están todavía "en obras".

Esas discusiones infinitas y esas ganas de desafiar los límites no son rebeldía sin causa, son su entrenamiento vital. Todo parece entrar en una negociación constante y, en ocasiones, agotadora. Es la forma que tienen de ensayar cómo ser adultos, probar su identidad y aprender a manejarse en un mundo que empieza a quedarles grande. Así nos lo explica Alfonso Méndez, psicólogo del Instituto Centta.

¿Por qué la adolescencia convierte cada límite en una negociación constante?

Porque el cerebro adolescente está literalmente en “mantenimiento". La corteza prefrontal, que es la que regula el juicio, la planificación y el control de impulsos, no termina de madurar hasta los 25 años aproximadamente. Mientras tanto, el sistema límbico, el de las emociones y las recompensas, está actuando a pleno funcionamiento. El resultado es un ser humano que siente todo con una intensidad muy elevada, pero que aún no tiene todas las herramientas para gestionarlo. Negociar cada límite no es capricho ni mala educación, es desarrollo. Es su manera de practicar la autonomía, de ensayar quién quieren ser. Lo que a los padres les parece una batalla, para ellos es entrenamiento vital.

¿Es normal que un adolescente cuestione absolutamente todo lo que se le pide?

No solo es normal, es deseable. Un adolescente que no cuestiona nada me preocuparía bastante más que uno que lo cuestiona todo. El pensamiento crítico que ahora dirigen hacia sus padres con una energía que agota es el mismo que luego van a necesitar para no dejarse llevar por cualquier grupo, para tomar decisiones importantes, para no creerse cualquier cosa que les cuenten. El problema no es que pregunten el porqué de las cosas. El problema es cuando los adultos no sabemos responder a ese porqué sin sentirnos atacados.

madre mirando a su hijo adolescente© Getty Images

¿Qué diferencia un límite sano de un límite autoritario?

El límite sano tiene una función clara y explicable. Puedo decirte para qué sirve, tiene en cuenta quién eres tú y en qué momento vital estás, y deja un margen para la conversación. El límite autoritario, en cambio, se sostiene solo en el poder: "porque lo digo yo". Y ojo, no digo que sea siempre maldad. Muchos padres ponen límites autoritarios porque ellos también fueron criados así y no conocen otra manera. Solamente están repitiendo patrones aprendidos. Pero la diferencia práctica es enorme: el límite sano enseña, el autoritario solo contiene, y la contención sin comprensión suele explotar en cuanto el adolescente tiene un poco más de margen para moverse.

¿Qué errores cometen más los padres cuando intentan poner límites?

El primero y más frecuente: negociar el límite cuando ya están en el pico del conflicto. Eso nunca funciona. Nadie razona bien cuando está al rojo vivo, ni los padres ni los hijos.
El segundo error es la inconsistencia. Hoy el móvil hasta las diez, mañana hasta las doce porque estoy cansado de pelear. Eso no es flexibilidad. Es incoherencia. Y los adolescentes la detectan al instante y la usan.
El tercero es confundir límite con castigo. Un límite educa. Un castigo muchas veces solo humilla o desconecta.
Y el cuarto, que me parece especialmente importante: no explicar el para qué. Un límite sin sentido es solo una prohibición, y las prohibiciones sin sentido generan rebeldía, no aprendizaje.

Un error es la inconsistencia. Hoy el móvil hasta las diez, mañana hasta las doce porque estoy cansado de pelear. Eso no es flexibilidad. Es incoherencia. Y los adolescentes la detectan al instante y la usan

Alfonso Méndez, psicólogo del Instituto Centta

¿Cómo se evita que cada conversación termine en gritos, portazos o silencios eternos?

Eligiendo bien el momento y el terreno. Nosotros somos los adultos y nuestra labor es enseñar y educar. Intentar hablar de algo importante cuando el adolescente acaba de llegar del instituto, está con el móvil o acaba de tener un mal día es prácticamente garantizar el fracaso. El sistema nervioso necesita estar mínimamente regulado para que haya conversación real. También ayuda muchísimo aprender a separar el problema de la persona. No es lo mismo decir "eres un irresponsable" que "esto que ha pasado necesitamos hablarlo". Una cosa activa la defensa, la otra abre una puerta. Y cuando ya hay gritos o portazo, lo mejor suele ser dejar que baje la temperatura antes de retomar. Insistir en ese momento es echar gasolina.

¿Cómo se puede mantener la calma cuando el adolescente provoca o desafía?

Siendo muy consciente de que la provocación muchas veces no va dirigida realmente hacía nosotros. Va dirigida a todo lo que representas en ese momento: la autoridad, el control, la sensación de que no tienen poder sobre su propia vida. Si lo tomamos como un ataque personal, estamos perdidos. Una cosa que recomiendo mucho es desarrollar lo que yo llamo la "micro-pausa reflexiva": ese segundo antes de responder donde te preguntas si lo que vas a decir va a abrir o cerrar la conversación. Parece pequeño, pero cambia todo. Y si sientes que no puedes mantener la calma, di exactamente eso: "Ahora mismo necesito un momento, lo hablamos en un rato". Eso no es debilidad, es modelar regulación emocional en vivo, que es de las cosas más valiosas que podemos enseñarles a nuestros hijos.

padres sentados hablando con su hijo adolescente© Getty Images/Onoky

¿Cómo se equilibra la necesidad de libertad del adolescente con la necesidad de supervisión de los padres?

Con un concepto que me gusta mucho: la autonomía progresiva y supervisada. No es soltar la cuerda de golpe ni tampoco seguir sujetándola como cuando tenían ocho años. Es ir dando cuerda poco a poco, comprobando cómo la gestionan, y ajustando en función de lo que ves. La supervisión no tiene que ser vigilancia, puede ser conversación. Saber con quién está, qué le preocupa, cómo va su mundo. Si hay vínculo real, la información fluye sola. Si solo hay control, la información desaparece y empiezan los secretos.

¿Qué señales indican que estamos controlando demasiado… o demasiado poco?

Controlamos demasiado cuando el adolescente deja de contarnos cosas; cuando miente de manera sistemática no por maldad, sino por supervivencia; cuando necesita escaparse de casa para respirar o cuando cualquier decisión mínima tiene que pasar por nosotros. Controlamos demasiado poco cuando no sabemos con quién pasa el tiempo, cuando hay conductas de riesgo que nadie ve o nadie quiere ver, cuando el adolescente dice que puede hacer lo que quiera y no es un decir, sino la realidad. En ambos extremos hay sufrimiento, aunque se exprese de formas muy distintas. El termómetro más fiable suele ser la calidad del vínculo: si hay conversación, si hay confianza, aunque sea imperfecta, probablemente estemos en un lugar razonablemente bueno.

Funciona muy bien la escucha activa real, no el "te escucho" dicho mirando el móvil, sino el interés genuino por su mundo, aunque ese mundo te parezca incomprensible

Alfonso Méndez, psicólogo del Instituto Centta

¿Por qué tantos padres sienten que viven en una "guerra diaria"?

Porque nadie nos preparó para esto. Pasamos de la infancia, donde el modelo funciona bastante bien, a la adolescencia, donde todo el manual anterior deja de servir de repente. Y encima se vive con culpa: "¿Lo estaré haciendo mal? ¿Por qué con otros padres no es así?" Lo que no se ve es que en casi todas las casas con adolescentes hay algún grado de conflicto. La guerra diaria suele aparecer cuando el modelo relacional no ha evolucionado al ritmo que el hijo ha crecido. Seguimos intentando relacionarnos con un adolescente de 15 años como si tuviera diez, y eso genera fricción constante. No porque seamos malos padres, sino porque el cambio da vértigo y nadie nos enseña a gestionarlo.

madre besando a su hija adolescente© Getty Images

¿Qué tipo de comunicación funciona mejor con un adolescente que siempre está a la defensiva?

La que no empieza con un reproche. Si cada vez que abres la boca el adolescente sabe que viene una crítica, va a estar en guardia antes de que digas la primera sílaba. Hay que romper ese patrón. Funciona muy bien la escucha activa real, no el "te escucho" dicho mirando el móvil, sino el interés genuino por su mundo, aunque ese mundo te parezca incomprensible. También funciona la honestidad emocional de los padres: "Esto me preocupa, y a veces no sé cómo decírtelo sin que se convierta en pelea". Los adolescentes responden mucho mejor a la vulnerabilidad honesta que a la autoridad perfecta. Cuando ven que también nos equivocamos y lo reconocemos, bajan la guardia.

Te puede interesar

Si tuviera que dar tres claves esenciales para poner límites sin guerra diaria, ¿cuáles serían?

  • Primera: el límite se construye antes del conflicto, no durante. Hablar de las normas cuando todo está en calma, explicar el porqué, dejar que opinen aunque la decisión final sea tuya. Si el límite ya está acordado y entendido antes de que llegue la situación, hay mucho menos margen para la negociación en caliente.
  • Segunda: cuida el vínculo como si fuera lo más importante, porque lo es. El límite sin vínculo es solo poder. Y el poder sin relación genera resistencia o sumisión, y ninguna de las dos cosas es lo que queremos realmente. Si tu hijo o hija sabe que estás de su lado aunque no siempre estés de acuerdo con lo que hace, los límites se viven de manera completamente diferente.
  • Tercera: elige tus batallas. No todo merece el mismo nivel de firmeza. Hay cosas innegociables, las que tienen que ver con la seguridad, el respeto básico, el bienestar real. Y hay cosas que son preferencias tuyas disfrazadas de normas. Aprender a distinguir unas de otras te ahorra una cantidad enorme de energía y te da autoridad moral cuando de verdad importa.