Amores prohibidos en la realeza: de Grace Kelly a Sonia de Noruega, los príncipes que desafiaron las reglas
La historia de la realeza suele evocar en el imaginario colectivo escenas perfectamente guionizadas, donde los matrimonios parecen caminos trazados con precisión por la conveniencia, el protocolo y las alianzas entre coronas. Sin embargo, en ocasiones la historia decide escribirse de otra manera. Entonces el corazón ignora al poder, desobedece las reglas y provoca auténticos terremotos que cambian el rumbo de las monarquías.
Eduardo VIII y Wallis Simpson: la abdicación más famosa por amor
El amor —a veces— es entrega, abnegación y sacrificio. Un planteamiento que Eduardo, duque de Windsor, trazó como un camino distinto en la historia del Reino Unido que hoy día sigue vigente. Un joven destinado a sobrellevar sobre su testa la Corona más destacada del mundo vio cómo sus deseos cruzaban una línea delimitada por la prohibición. Nos remontamos a 1933, momento en el que el heredero al trono se cruza con la norteamericana Wallis Simpson, lo que llevó —en ese preciso momento— a reescribir la historia de Gran Bretaña. Una relación que entonces dio paso a la prueba de amor más generosa jamás vista.
La vida de aquel joven príncipe de Gales dio un giro inesperado cuando, sin ser consciente, fue coronado rey, su padre, había fallecido. Aquel "puente de Londres ha caído" se hizo real, pero aún le quedaba una cuenta pendiente, aparte de convertirse en rey: compartir la Corona con una mujer; la reina. El denominado Eduardo VIII consideraba la romántica idea de que en algún momento podría pronunciar ‘el sí quiero’ con Wallis y convertirla en reina. Pero en su fuero interno sabía que eso nunca sucedería, puesto que el pueblo inglés nunca lo aceptaría. Una americana y divorciada por dos veces no ocuparía nunca el trono de Gran Bretaña. No obstante, el recién nombrado rey intentó conseguirlo de todas las formas posibles. El 16 de noviembre de 1936, el nuevo rey comunicó a Baldwin, el primer ministro, su deseo de convertir a la señora Simpson en su esposa. Aquello no resultó; todas las ideas fueron rechazadas por el gobierno, por lo que el rey se vio obligado finalmente a desistir en su empeño. Por ello, un mes después —el 11 de diciembre de 1936—, el pueblo británico era oyente de las palabras del rey. Eduardo VIII de Gran Bretaña, Irlanda y los Dominios británicos de Ultramar, además de emperador de la India, firmó el documento de renuncia al trono para él y sus descendientes, después de un reinado de tan solo 325 días que pasará a los anales de la historia contemporánea como uno de los más breves.
Su renuncia le valió su ansiado matrimonio, con la celebración de una boda a la que no asistió ningún miembro de la Familia Real. Este gesto dio paso a la coronación de Jorge VI, quien, a través de su descendencia, continuó su legado de la mano de Isabel II y que aún perdura de la mano de Carlos III. Una historia de amor que perduró hasta la muerte de quien un día fue rey, marcando una de las historias de amor más románticas de las páginas jamás escritas de Gran Bretaña.
Rainero III de Mónaco y Grace Kelly: Hollywood llega a Palacio
La historia de Eduardo VIII cruzó el límite de un escándalo que resultó en una renuncia. Sin embargo, aquel histórico gesto sentó un precedente a largo plazo para poner sobre la mesa los sentimientos y la normalización de las normas matrimoniales reales. Aquella historia traspasó los muros de Hollywood, pasando de un amor con aires de tristeza a uno que rozaba la perfección de quienes se habían juntado escribiendo una nueva historia. Rainero III y la actriz americana, Grace Kelly, marcaron un nuevo eje en las historias de amor dentro de las monarquías. Podría decirse que fue el punto de inflexión mediático y aspiracional que transformó la percepción de las plebeyas en la realeza, dando paso a una realidad más similar a la que hoy día conocemos. El amor entre el Príncipe de Mónaco y la actriz más consagrada del Hollywood dorado: Grace Kelly nace de la forma más inesperada. Un hecho que inició en el festival de Cannes de 1955, aunque meses después ese encuentro se trasladó hasta Filadelfia; el Príncipe creyó justo visitar a la que creyó definitivamente la mujer de su vida.
Imagínese —querido lector— a una actriz que por aquel entonces se encontraba entre las mayores estrellas de Hollywood, tras el rodaje de películas como La ventana indiscreta o El cisne —en la que, casualmente, interpretaba a una princesa—, poniendo fin a su carrera cinematográfica con Alta sociedad, su último título antes de dedicarse por completo a ser la princesa de un pequeño reino europeo. Aquella historia culminó con el amado 'sí, quiero', dejando para la posterioridad una de las imágenes más perfectas de nuestra historia. La boda, una de las más magníficas de los años cincuenta, tuvo lugar el 18 de abril de 1956, dando inicio a un reinado soñado.
Tras esto, el fruto del amor se personificó con el nacimiento de Carolina Luisa Margarita, Alberto —actual soberano de Mónaco— y la princesa Estefanía, y aunque la vida parecía estar vestida de tonos dulces, aquella historia que parecía un sueño se asemejó a lo que en sí mismo podría ser una producción de cine, aunque con aires de tristeza y melancolía. El golpe más duro para el corazón del príncipe fue la muerte en accidente automovilístico de su esposa. Adiós a una vida de sueño que había dado paso a un histórico amor, aunque dejando sobre nuestra faz un legado que aún perdura.
Harald V de Noruega y la reina Sonia
De la tragedia a la consolidación definitiva: las plebeyas tenían acceso a Palacio de una forma —casi— universal. Y es que Wallis Simpson y Grace Kelly marcaron el eje del futuro de la realeza europea y del resto del mundo. Una primera apertura —allá por la década de los 60— se visibiliza de la mano de un joven príncipe llamado Harald, quien también estaba destinado a sostener la Corona de su país. Un hecho que también estuvo a punto de cambiar la historia de Noruega, pues su amor "real" modernizó a la monarquía europea en un momento en el que era inimaginable que un príncipe heredero se casara con una mujer cuyos orígenes no estaban enlazados a la realeza. La lucha de Harald perduró diez años en los que su padre, el rey Olav, pensaba que el inicio de un matrimonio morganático iba a ser el principio del final de la monarquía. Esta historia de amor —aún con ejemplos sostenidos— estuvo marcada por el sacrificio, aunque marcando el cambio de los tiempos. La vida de Harald y Sonia cambió en torno a los 14 años de edad, momento en el que viven su primer encuentro.
Sin embargo, esto quedó en manos del tiempo, siendo a los 22 años cuando surgió lo que calificaron de "amor a primera vista". Fue en el verano de 1959 —a través de amigos— cuando una fiesta en la residencia real de Oslo provocó el encuentro que marcó una cadena seguida de visitas, que dio comienzo a una relación secreta que perduró dos años y medio, hasta que la prensa francesa distribuyó unas imágenes del entonces príncipe con una jovencísima llamada Sonia. Esto fue acompañado de una unánime opinión: el matrimonio no sería aprobado ni por el Gobierno ni por el rey Olav. Harald fue enviado al Reino Unido; Sonia a Suiza. Lo que parecía un gesto premonitorio de ruptura resultó ser cierto; las crisis, quizá la imposibilidad de sostener el amor, llevó a la ruptura de ambos, aunque siempre había algo que les terminaba uniendo de nuevo. "Tenía sentimientos muy encontrados, yo amaba a Sonja Haraldsen, pero también tenía mala conciencia hacia mi padre y hacia Noruega", explicó el rey Harald con el tiempo, aunque contando con un legado familiar que debía su historia al canon antiguo. La madre de Harald era princesa de Suecia y su abuela era hija del rey británico Eduardo VII.
"Teníamos que tener paciencia, yo sabía que el tiempo jugaría a nuestro favor", mencionó Harald. Una paciencia que se puso al límite cuando el entonces príncipe lanzó la mayor advertencia: se convertiría en rey pero se quedaría soltero; puso sobre la mesa romper con la dinastía al no crear descendencia. Finalmente, el rey Olav autorizó la boda y el amor se hizo destino. La boda, celebrada el 29 de agosto de 1968, terminó con una etapa "surrealista" —como llegó a calificarlo la reina Sonia— en la que los rumores, desmentidos y las presiones fueron el día a día de los entonces príncipes herederos. Marta Luisa y el príncipe Haakon —actual heredero al trono— conforman el legado más romántico de quienes un día lucharon de forma —casi infinita— por amor. "Sonia lo ha significado todo para mí", dijo el rey Harald y es que el apodado como 'rey vikingo' accedió al trono el 23 de junio de 1991 tras el fallecimiento del rey Olav.
El inicio de una etapa modernizada y el asentamiento de las monarquías actuales
Aquella unión —la de Harald y Sonia— no solo cambió los términos y condiciones de quienes aspiraban al trono, sino también el de la propia historia de su país. Décadas después, ese espíritu amoroso recae en miembros tales como Silvia de Suecia, Mette-Marit de Noruega, Máxima de Holanda, nuestra reina Letizia, la ahora reina Mary de Dinamarca y, por supuesto, la futura reina de Inglaterra: Kate Middleton.
Un broche que cierra en torno a un halo de diamantes porque, si en los años sesenta el amor había comenzado a abrir grietas en las rígidas normas reales, a comienzos del siglo XXI demostraba que aquellas barreras estaban destinadas a caer definitivamente.









