Arabia Saudita y las diez tesis para su arsenal nuclear
Las cosas claras: esta no es una columna sobre Medio Oriente. Más bien trato el tema sobre cómo está cambiando el orden mundial. Y más vale entender pronto esa transición.
Durante décadas, Estados Unidos sostuvo que impedir la proliferación nuclear era un principio casi sagrado de la política internacional. Sin embargo, mientras hace apenas unas semanas justificaba ataques contra instalaciones nucleares iraníes para evitar que Teherán se acercara al umbral atómico, ahora parece dispuesto a facilitar un acuerdo de cooperación nuclear con Arabia Saudita.
Si el acuerdo finalmente incorpora la posibilidad de desarrollar ciertas capacidades en territorio saudí —como diversos reportes apuntan—, no estaríamos únicamente ante un pacto bilateral. Estaríamos frente a un cambio de paradigma. Hilo, una tras otra, diez tesis que ayudan a entender por qué.
Durante años, Washington sostuvo que enriquecer uranio era demasiado peligroso para dejarlo en manos de nuevos actores. Ahora parece dispuesto a aceptar exactamente esa posibilidad… siempre que quien la ejerza sea un aliado estratégico.
No cambia la física. Cambia la geopolítica. Así que lo primero que se puede decir es que el asunto nodal nunca fue el uranio, sino quién lo concentra (y el poderío asociado a este).
Por otra parte, y más en política internacional, la capacidad suele valer más que el arma misma. En este caso la bomba atómica. La lectura fácil dirá que Trump “regaló tecnología nuclear” a Arabia Saudita. La lectura interesante es otra.
Probablemente el presidente estadounidense y su equipo hayan llegado a tres conclusiones: Irán no desaparecerá; Israel no puede contener por sí solo el equilibrio regional; y Arabia Saudita debe convertirse en el gran contrapeso sunita. No hace falta entregar una bomba. Basta con acercar a un aliado a la capacidad de construirla.
Por ello, se podría argumentar que el verdadero destinatario del acuerdo no es Arabia Saudita. Es Irán. O dicho de otra forma: toda negociación estratégica envía mensajes. Este parece decir: si ustedes insisten en acercarse al umbral nuclear, fortaleceré tecnológicamente a su principal rival.
Es la vieja lógica del equilibrio del miedo, reciclada para el siglo XXI.
Ahora bien, como parte adicional a esta lógica, puede argumentarse que las normas internacionales rara vez desaparecen; lo que sucede es que empiezan a llenarse de excepciones.
Durante décadas, Estados Unidos procuró impedir que nuevos países enriquecieran uranio. Ahora parece dispuesto a aceptar excepciones. Y cuando una excepción aparece, todos preguntan lo mismo. ¿Por qué Arabia Saudita sí?
¿Por qué Turquía no? ¿Por qué Egipto no? ¿Por qué Corea del Sur tampoco? Asimismo, no hay que perder de vista que la proliferación casi nunca ocurre de golpe. Empieza con precedentes. Si Riad obtiene esta capacidad, otros países de la región inevitablemente reclamarán un trato equivalente.
Las carreras nucleares no siempre comienzan construyendo bombas. A veces comienzan construyendo argumentos. Y eso lleva a que el enriquecimiento deja de ser una línea roja y se convierte en moneda de negociación.
Durante décadas fue un límite prácticamente infranqueable. Ahora puede transformarse en instrumento diplomático. Hoy se intercambia por una eventual normalización con Israel. Mañana podría intercambiarse por cualquier otra prioridad estratégica. Eso modifica profundamente las reglas del juego.
Por eso es que Estados Unidos reconoce que ya no puede limitarse a decir “no”. China exporta reactores. Rusia también. Corea del Sur hace lo propio. Si Washington se niega, Riad simplemente comprará en otro lugar.
Por eso, más vale participar en el negocio… y conservar influencia. Es realismo puro. El idealismo quedó hace tiempo archivado. Entonces, lo que podría estar ocurriendo es que Mohamed bin Salman terminó ganando la partida.
Hace apenas unos años era tratado como un paria internacional tras el asesinato de Jamal Khashoggi. Hoy negocia simultáneamente con Washington, Pekín y Moscú; influye sobre el mercado petrolero; organizará el Mundial de 2034; albergará la Expo Mundial de 2030 y podría acceder a tecnología nuclear de punta.
Pocas rehabilitaciones diplomáticas han sido tan rápidas. Lo que son las cosas… Lo anterior nos lleva a subrayar algo que visto desde esta perspectiva se vuelve lógico: la coherencia moral en el ámbito internacional vuelve a ser selectiva.
Estados Unidos sostuvo que el enriquecimiento de uranio justificaba acciones preventivas contra Irán porque podía conducir al desarrollo de armas nucleares. Ahora argumenta que un proceso semejante puede ser perfectamente pacífico si ocurre en Arabia Saudita.
No afirmo que ambos casos sean equivalentes. Planteo algo distinto: la definición del riesgo parece depender, cada vez más, de quién sea el aliado.
Por último, hay que decir que no estamos entrando en una carrera por las bombas; estamos entrando en una carrera por la posibilidad de producir estas. Ese es el cambio más importante.
Nadie necesita fabricar hoy un arma nuclear. Lo verdaderamente valioso consiste en estar a pocos meses de poder hacerlo. Eso resulta mucho más difícil de controlar… y mucho más sencillo de justificar jurídicamente.
Porque puede cumplirse formalmente con el Tratado de No Proliferación y, al mismo tiempo, conservar la capacidad técnica para cruzar la última línea cuando las circunstancias lo exijan.
Al final, el debate no gira alrededor de una bomba. Gira alrededor de “un permiso”.
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Durante medio siglo, el mensaje fue inequívoco: no puedes aprender a fabricar esto. Hoy la principal potencia mundial parece responder algo distinto: depende de quién seas. Y ese cambio importa mucho más que cualquier reactor.
Porque los grandes órdenes internacionales rara vez colapsan de un día para otro. Se erosionan lentamente, cuando las reglas dejan de aplicarse por igual y las excepciones comienzan a convertirse en norma.
Quizá dentro de algunos años descubramos que el verdadero punto de inflexión no fue la primera bomba que alguien construyó, sino el día en que el mundo aceptó que había países a los que sí podía permitírseles acercarse a tenerla.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ