Barbadillo, la "cárcel de los presidentes" símbolo de la corrupción en Perú
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La primera imagen del penal de Barbadillo es decepcionante, pareciera un cuartel semiabandonado a 20 kilómetros del centro histórico de la capital peruana. Muro verde, puertas negras y un inmenso cerro de piedra a un lado, con tan poco glamour que hubiera sido escenario perfecto para buscar a alguno de los personajes marginados y olvidados limeños que habitaban los cuentos de Julio Ramón Ribeyro.
Pero no se equivoquen: la cárcel de Barbadillo simboliza la caída del poder y el nivel de corrupción de la política peruana. Detrás de esas puertas se levanta un penal único en el mundo, famoso porque alberga a sólo cuatro reclusos, ex mandatarios todos ellos.
La llamada "prisión de los presidentes", de 800 metros cuadrados, sin celdas ni barrotes, nació en 2007 dentro de las instalaciones de la Dirección de Operaciones Especiales para acoger al antiguo dictador Alberto Fujimori (fallecido en 2024). Hoy alberga al marxista Pedro Castillo, el moderado Alejandro Toledo, el centrista Martín Vizcarra y el izquierdista Ollanta Humala.
Cada uno de los ex mandatarios peruanos cuenta con su celda/habitación, que por la noche se cierra con un candado. Durante el día disponen de dos jardines como áreas comunes, además de la cama, el baño y el pequeño comedor de sus instalaciones privadas, donde reciben las visitas.
Pese a lo modesto del asunto, ciertas comodidades han escandalizado al país. Las televisiones, equipos tecnológicos y frigoríficos personales desvelados hace semanas por El Comercio tras las requisas ordenadas desde Presidencia sacudieron el panorama político, que en Perú siempre parece convulso. Una "cortina de humo", denunciaron en cambio los inquilinos, incluso Vizcarra comparó su situación con la de Fujimori, que en sus años de cautiverio cultivaba su propia huerta con un tractor.
Ventajas que no tienen ni mucho menos otros presos, pero que ayer tampoco sirvieron para acercarles las urnas donde también se jugaba su destino. Ninguno de los reclusos ex mandatarios pudo votar ayer en las elecciones generales porque todos tienen sentencias firmes, por lo que están impedidos de ejercitar este derecho ciudadano, según el ordenamiento peruano. Pese a ello, los cuatro sabían que de alguna manera también se la jugaban. "Se van a ir a la selva para purgar sus condenas", amenazó el candidato trumpista Rafael López Aliaga en un intento de subir en las encuestas a costa de su fama.
"El pueblo peruano hará una elección correcta marcando el círculo de Juntos por Perú, llevando como presidente a Roberto Sánchez", predicó Pedro Castillo en la audiencia judicial celebrada la semana pasada. Ante semejante impulso, el abanderado de Juntos por el Perú correspondió ayer con una visita sorpresa al penal. "El futuro presidente de la República", dijo un speaker anónimo cuando Sánchez, con el famoso sombrero de anchas alas blancas característico de Castillo, entraba en el penal, en presencia de un grupito de seguidores y de este reportero.
"Esta noche vamos a cantar victoria, estamos con el pueblo", aseguró el ciudadano Samuel Bureña a EL MUNDO, imperturbable en la defensa de Castillo junto a sus amigos Pánfilo Vargas y Victoria Pérez. Los tres forman parte de la Base Barbadillo de los Soldados Ángeles Vigilantes de Pedro Castillo, que ayer celebró con un almuerzo la que consideran segura victoria del elegido Sánchez. "Ahí donde no llega TikTok es donde viene el triunfo popular", añadieron convencidos, mientras se repartían sopas con patatas, huevo y mondongo. Todos estaban invitados.
El candidato izquierdista ya ha anunciado que de ser presidente indultará a Castillo, condenado a 11 años de cárcel por su fracasado autogolpe de Estado. Y no es el único: Ricardo Belmont, otro de los candidatos favoritos, también ha adelantado que perdonará a Castillo, ganador sorpresa en las elecciones de 2021.
"A Castillo en estas elecciones le han tomado como un símbolo, y ese es el riesgo de haberle concedido el papel de víctima. Castillo es hoy básicamente un trofeo, que se lo disputan no sólo Sánchez, que se pone el sombrero cuando nunca le vimos con un sombrero chotano durante sus cinco años en el Congreso ni vestido de Castillo. Ahora ha sabido capitalizar su cercanía. Para parte de la población, Castillo ha sido una víctima, aunque su gobierno estuvo lleno de corrupción y de errores políticos garrafales. Estas son las grandes ironías del Perú", precisa para EL MUNDO el escritor Pedro Casusol.
Castillo fue arrestado en 2022. Después llegó a Barbadillo el ex presidente Alejandro Toledo en 2023, extraditado desde EEUU y con una condena de 20 años a cuestas por los sobornos de la constructora brasileña Odebrecht. Hace un año atravesó las mismas puertas metálicas Ollanta Humala, condenado a 15 años por los aportes que hicieron a sus campañas presidenciales tanto Odebrecht como Hugo Chávez.
Y a finales de año se sumó Martín Vizcarra por culpa de los sobornos recibidos durante su gestión como gobernador. El ex mandatario lo tiene muy difícil para obtener el indulto: su hermano, Mario Vizcarra, candidato presidencial de Perú Primero, ha desaparecido de las encuestas tras despuntar en las primeras semanas.
"Hubo un momento en el que tener a Fujimori preso en Barbadillo fue motivo de mucho orgullo para los peruanos. Comenzó como una virtud, pero ha terminado como una burla, como una farsa. Parte de la crisis política que vivimos desde hace 10 años (durante los cuales Perú ha contado con ocho presidentes, seis de ellos destituidos) nos lleva a la situación en la que pasar por el Palacio de Gobierno tiene como destino irremediable la cárcel. Incluso creemos que la ex presidenta Dina Boluarte va a terminar también en Barbadillo como primera inquilina (femenina), porque pesan contra ella las 50 muertes de las protestas y el caso Rolex que la van a alcanzar", concluyó el escritor Casusol.