Péter Magyar gana las elecciones; falta vencer al 'orbanismo'

Péter Magyar gana las elecciones; falta vencer al 'orbanismo'

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El conservador Péter Magyar ha derrotado al conservador Viktor Orban, pero hablamos de Hungría y cualquier titular simplista se queda pequeño. La oposición se asoma a una pelea mucho más difícil: convertir una victoria electoral en un gobierno eficaz dentro de un Estado moldeado durante 16 años para resistirse al cambio. En todo caso, la noticia es que al fin ha aparecido un conservador capaz de derrotar al 'Viktator' en su propio terreno.

Orban entendió hace décadas que para gobernar Hungría había que unir las ideas nación, orden, agravio y poder territorial. La oposición tradicional nunca logró desarmar esa fórmula porque la discutía desde fuera, a menudo con un tono muy urbano, moralizante o demasiado fragmentado. Péter Magyar, en cambio, ha llegado desde dentro. Su fuerza no ha consistido en presentarse como la anti-Hungría de Orban, sino como una Hungría distinta: conservadora, sí; algo más limpia, desde luego más europea, y sobre todo más funcional. Ha ganado porque ha ofrecido cambio sin exigir una gran conversión ideológica. Hungría quiere vivir mejor, no dar la vuelta como un calcetín.

Una parte del país se ha cansado del 'orbanismo' sin dejar de ser conservadora. Magyar ha encontrado una rendija en pequeñas ciudades, capitales provinciales e incluso en sectores desencantados de la Hungría rural que ya no ven la protección del partido gubernamental Fidesz como escudo, sino como una muleta incómoda que es hora de arrojar a las aguas del Danubio para siempre.

Hungría no asiste a una marea budapestina sino el desgaste del monopolio moral de Orban fuera de Budapest. Eso no implica, sin embargo, que el mapa se haya invertido. El voto rural seguirá siendo más favorable a Fidesz que a la oposición que ha enacarnado Tisza, y la red territorial construida por Orban no desaparecerá por una noche electoral. Como explica el sociólogo Tibor Dessewffy: "El día siguiente será terriblemente difícil porque Orban tiene todos los recursos financieros y todos los recursos administrativos en cada puesto del Estado húngaro; sus personas de confianza están ahí y no se irán".

Aunque Orban se desdibuje, su obra permanece. En muchos pueblos, en distantes comitats (las divisiones administrativas principales Hungría, que vienen de la época medieval en la que estaban a cargo de un conde) y distritos del interior seguirá habiendo alcaldes, hombres notables y estructuras administrativas socializadas durante años en la lógica del poder oficialista, que es el que da y quita prebendas, el que concede licencias de obra, regala empleos y promete quioscos.

La política regional húngara no funciona por ideología, sino por capilaridad: así fue como Orban convirtió el territorio en una máquina de fidelidad. Magyar ha demostrado que esa máquina ya no es invulnerable, pero no que haya dejado de existir.

La prueba de verdad empieza ahora. Un gobierno de Magyar —que ha dicho que su primera visita oficial será a Varsovia— tendría margen para recomponer la relación con Bruselas, rebajar la tensión con las instituciones europeas y aliviar parte del aislamiento internacional de Hungría. Para eso tiene que lograr una investidura y esquivar las zancadillas.

Pero no podrá permitirse grandes giros en todo. En Ucrania, por ejemplo, su espacio real es estrecho: Orban ha cultivado una opinión pública muy hostil a Kiev y la oposición misma está dividida sobre hasta dónde llegar a la hora de limpiar esa cochambre de vecino malencarado. Tampoco en inmigración o en determinadas guerras culturales cabe esperar una ruptura total. El cambio es más institucional que identitario.

En todo caso la derrota de Orban es histórica. No solo por el tiempo que lleva en el poder, sino porque pone en cuestión el supuesto central de la democracia iliberal: que un sistema puede vaciar los contrapesos, disciplinar el espacio público y aun así conservar legitimidad indefinidamente mientras controle el relato. Lo que debe demostrar Magyar es que el modelo funciona mucho mejor cuando reparte bienestar que cuando empieza a exigir resignación.

En los años dorados del orbanismo, el crecimiento, los subsidios y el orgullo nacional formaban una combinación robusta para lo que más le ha gustado hacer a Orban además de mandar: durar. Cuando el bienestar se atasca el invento populista no funciona sin una represión sideral a la rusa.

El cambio es también generacional porque Orban fue, en su juventud, uno de los símbolos del giro occidental de Hungría tras 1989. Con los años terminó corrigiendo ese espíritu y construyendo un nacionalismo de soberanía agraviada, gramática política gruñona, y siempre estuvo más cómodo usando la UE como enemigo que como marco de pertenencia. La victoria de Magyar sugiere que el país quiere volver a discutir su lugar en Europa sin hacerlo desde la provocación permanente. A lo mejor no es un regreso ingenuo al entusiasmo de 1989, pero sí un intento esperanzado de salir del callejón de la excepcionalidad orbanista.

La derrota de Orban es un golpe para Moscú y sus anacrónicas zonas de influencia y quintacolumnismos, también para el insolente trumpismo europeo y para la constelación viejuno-adolescente de derechas radicales que han visto en Budapest un modelo exportable. Hungría deja de ser el caso más vistoso de estabilidad iliberal dentro de la UE. Se rompe el hechizo de su invencibilidad opresiva y su eternidad cínica.

Magyar ha ganado porque entendió algo que retrata la Centroeuropa de hoy: solamente otro conservador podía derrotar al Atila de los conservadores europeos. No llega prometiendo una Hungría irreconocible, sino una Hungría normal. No puede permitirse una refundación épica, pero les debe a los húngaros un Estado que funcione.