Cine Lido, permanencia cultural
En la avenida Tamaulipas, en el corazón de la colonia Condesa, el Cine Lido forma parte de una genealogía urbana donde los cines de barrio marcaron la vida cotidiana de la ciudad durante buena parte del siglo XX. Su apertura se remonta a 1942, en un contexto de expansión de salas cinematográficas que acompañaba tanto el crecimiento de la capital como el auge de la exhibición fílmica.
El inmueble fue concebido como una sala de mediana escala, distinta de los grandes palacios cinematográficos, pero integrada a una red de espacios que acercaban el cine a zonas residenciales. Su arquitectura funcional respondía a esa lógica: un edificio discreto, sin la monumentalidad del art decó de recintos como el Cine Ópera, pero adaptado a las dinámicas de barrio y a un público constante.
Durante las décadas siguientes, el Cine Lido operó como sala de proyección regular, inserto en la vida social de la Condesa, entonces una de las zonas habitacionales más activas de la ciudad. Como otros cines de su tipo, su programación se articulaba en torno a estrenos comerciales y ciclos continuos, con funciones que estructuraban la rutina de los habitantes del entorno.
El declive comenzó en la segunda mitad del siglo XX, cuando la transformación de los hábitos de consumo audiovisual —marcada por la televisión y, más tarde, por los complejos multiplex— redujo la viabilidad de estas salas. El Cine Lido cerró sus puertas y permaneció en desuso durante varios años, enfrentando el deterioro físico característico de muchos recintos similares.
A diferencia de otros casos, su historia tomó un giro institucional. A inicios del siglo XXI, el Gobierno de la Ciudad de México impulsó su rehabilitación como espacio cultural. El proyecto derivó en la creación del Centro Cultural Bella Época, cuya librería lleva el nombre de Rosario Castellanos, operado por el Fondo de Cultura Económica., que incorporó al antiguo cine como una de sus salas principales.
La transformación implicó no sólo una intervención arquitectónica, sino un cambio de vocación: de sala de exhibición comercial a espacio dedicado a presentaciones editoriales, conciertos, cineclubes y actividades escénicas. En este proceso, el edificio dejó de responder a la lógica industrial del cine para integrarse a una política cultural orientada al acceso público y a la formación de públicos.
Hoy, el Cine Lido funciona como un nodo cultural dentro de la red de recintos de la ciudad. Su escala, ubicación y programación lo convierten en un punto de encuentro que mantiene una continuidad simbólica con su pasado, pero bajo un modelo distinto de gestión y uso.
Su evolución contrasta con la de otros cines históricos que permanecen abandonados o en disputa. En ese sentido, el Lido representa uno de los pocos ejemplos donde la reconversión logró articular memoria arquitectónica y función contemporánea, insertando un antiguo espacio de exhibición en el circuito cultural activo de la CDMX.
EEZ