Cómo ayudar a niños y adolescentes a tener una relación sana con la tecnología según los expertos: "No hay que castigar a los hijos quitándoles el móvil cada vez que hacen algo que no nos gusta"
La relación de los hijos con la tecnología es una de las mayores preocupaciones actuales, tanto de progenitores con experiencia como de los que comienzan en el camino de la paternidad.
Más allá de determinadas pautas muy claras, adoptadas por sociedades científicas internacionales, como que no debe haber acceso a pantallas antes de los tres años de edad, no existe una fórmula mágica, ni siquiera un consenso entre los propios profesionales para guiar a los padres en lo que es correcto y lo que no, en lo que sería deseable o debería descartarse. Algunos optan por la prohibición directa de pantallas hasta cierta edad, otros confrontan esa idea, y en mitad de ese debate están las familias que no saben cómo solventar el asunto dentro de su propio hogar.
Por eso, la información sigue siendo tan necesaria, para que, desde la reflexión y el conocimiento, los padres puedan tomar las decisiones más adecuadas para conseguir una buena relación con la tecnología. En la jornada 'Veo, veo. ¿Qué ves?', celebrada recientemente en Madrid, el objetivo era precisamente ese. Auspiciada por Orange, en un evento 100% solidario a favor del trabajo de UNICEF, distintos ponentes del ámbito de la educación y el desarrollo personal aportaron sus propias claves para guiar a los padres en una tarea tan esencial como compleja.
La importancia de entrenar la flexibilidad en los hijos
"La clave no está en educar con o sin pantallas. No va de prohibir, va de entrenar, de educación", expuso Mar Romera, maestra, pedagoga y escritora. Y en ese entrenamiento para la vida, actualmente están fallando muchas cosas, como demuestran los preocupantes índices de salud mental infanto-juvenil. "Tienen todo, están sobreestimulados, sobrerregalados, y esto los ha debilitado y convertido en sufridores. Los niños y adolescentes de hoy sufren más que nunca, por una falsa sociedad del bienestar, en el que solo encuentran 'te doy', 'te protejo', pero con eso no se entrena la flexibilidad".
En este sentido, para la experta, no hay que caer en el error como adultos de desear fervientemente que pasen rápido determinadas etapas como la adolescencia, "hay que dejarles ser adolescentes, crecer y seguir su camino. Tienen que construir su propia vida desde el error, la libertad y el límite". Un camino donde los padres son fundamentales como guías: "Si quieres saber lo que está viendo tu hijo, mírate al espejo, porque siempre te está mirando a ti", destacó.
¿Qué necesitan entonces los menores? "Un norte a la hora de ser educados, que sus adultos de referencia –padres y docentes– miren en la misma dirección; necesitan tiempo y en vez de eso les ofrecemos placer para compensar el que no pasamos con ellos, y esto destroza su circuito de recompensa a través de la dopamina. Si no puedes estar con él y le ofreces ir a Disney las próximas vacaciones, la siguiente vez necesitará el doble". Y, muy importante, hay que volver a la esencia, a la ternura, al vínculo, porque "los hijos deben saber que los queremos por lo que son, no por lo que hacen". Y todo ello tiene mucha conexión con la relación que establecen con la tecnología.
Entender el cerebro del niño y el adolescente y su relación con la tecnología
Los adolescentes dedican 112 días al año a las pantallas, según datos de Rafa Guerrero, psicoterapeuta, profesor universitario, escritor y experto en adicciones tecnológicas, que también participó en la jornada de Orange.
Estudioso del cerebro infantil y adolescente, apuntó las consecuencias del abuso de la tecnología. "En menores de tres años, el uso habitual de dispositivos provoca retraso en el lenguaje; alteraciones de las estructuras cerebrales que regulan el sueño y la vigilia; peor desarrollo de las funciones ejecutivas, pues los niños pequeños necesitan interacciones directas; y menor interacción con el adulto", entre otros.
En este sentido, recalcó el riesgo de los denominados 'chupetes tecnológicos': "Si le das una pantalla a un niño cuando está desregulado, se regula a corto plazo, pero si esto es así siempre, aprende a obviar la emoción desagradable, no se centra en lo que le pasa. El día de mañana, cuando tenga un disgusto, su tendencia será a la evitación, y puede lanzarse al consumo, al porno... Su cerebro le dice 'no está bien sentirse mal: huye".
En el caso de los adolescentes, a su cerebro aún le cuesta regular impulsos, tienen una necesidad grande de diferenciación hacia sus padres y de pertenencia hacia su grupo de iguales, y subestiman las consecuencias de sus actos, porque viven en el presente, como detalló el especialista. Los dispositivos pueden tener beneficios, "como la comunicación, la ayuda para organizarse o en ámbitos como el ocio y el entretenimiento". De hecho, un 58% de ellos reconoce, según Rafa Guerrero, que las redes sociales les ayudan a conectar con sus iguales, un motivo muy de peso en esta etapa en que necesitan ser vistos por su grupo. No obstante señala que hay que evitar un uso excesivo para que la atención, que se focaliza de forma inconsciente, no quede supeditada a notificaciones, alarmas...
Ir variando los límites poco a poco y estar disponibles para ellos
Está de acuerdo con él, Diana Al Azem, profesora, sexóloga, escritora y divulgadora, que destacó cómo estos dispositivos "no solo son entretenimiento para los adolescentes. Su tribu son sus iguales y a veces, gracias a las pantallas se encuentran con esa tribu que no encuentran en su entorno escolar y con la que se sienten identificados".
Una de las situaciones más alarmantes que plantea el uso de la tecnología para los menores es el acceso temprano al porno. "Se inician a los 8 años, y no siempre es en su dispositivo. A estas edades no hay despertar sexual, les llega de forma accidental a través de pop-up de videojuegos que pinchan porque sienten curiosidad y se encuentran con él sin buscarlo", advierte. Por eso su recomendación es adelantarse a que eso ocurra hablando de sexualidad con los hijos, cuando plantean las primeras preguntas, adaptando el lenguaje a su edad. "Hablar de educación sexual no es solo hablar de coito, sino de vínculos, reciprocidad, mirada hacia el otro...". Y añade: "Es importante que tengan la libertad para venir a preguntarnos si ven algo que no les cuadra, y ahí como padres no debemos reaccionar ante ellos con alarma".
Con respecto a las normas de uso de pantallas en el caso de los hijos, la divulgadora tiene claro que "no se deben regalar en ocasiones especiales porque entonces los niños se creen con el derecho de usarlas a su antojo. No debe ser un regalo, sino una herramienta que se usa de forma gradual; por ejemplo, al principio no deben tener conexión ilimitada ni acceso a Internet. Esos límites se irán flexibilizando poco a poco, sabiendo ellos que el dispositivo es de los padres y que primero lo utilizarán solo para llamar o estar localizables. Hay que establecer un control parental y no dar vía libre: al comienzo yo aconsejo que solo puedan usar el wifi de casa, no de fuera", detalla.
Y una recomendación final: "No hay que castigar a los hijos quitándoles el móvil cada vez que hacen algo que no nos gusta. Si lo hacemos así le damos más importancia al móvil de la que tiene. Esa consecuencia tiene que estar relacionada con lo que ha pasado, no ser el móvil por defecto".
El control parental son los padres
"La mejor herramienta de control parental es cuidar la relación con nuestros hijos", afirman Isabel Cuesta y Daniel Pérez, fundadores de Educa en Positivo, y ponentes en la jornada. Para ellos, hay tres modos erróneos de comunicación con los hijos sobre las pantallas: el autoritario ('porque lo digo yo', que nos aleja de ellos y no funciona); el negociador (que está entre el autoritario y el permisivo, y aporta soluciones a corto plazo) y el permisivo (que puede ser negligente porque los padres abandonan esa tarea: 'no puedo más').
"Venimos de una educación basada en premios y castigos, y lo que nosotros proponemos es convertirnos en madres y padres GPS. ¿Qué hace un GPS cuando se equivoca? No se castiga a sí mismo, sino que recalcula y rectifica", proponen. Para ellos hay tres bases claves para una buena educación digital de los hijos que se basan en el contenido, la supervisión y la presencia.
"Muchas veces nos fijamos más en el tiempo que están delante de la pantalla que en el contenido. Proponemos que ese contenido se consuma en un lugar común de la casa, pactar el número de capítulos que pueden ver en cada momento, y no dejarles hacer scroll en redes sociales hasta cierta edad", explican. En cuanto a la supervisión, "no se trata de estar en modo policía ni permisivo. Los padres son responsables de lo que ven sus hijos, pero no se pueden criticar sus gustos porque eso los aleja de ti y no genera confianza", alertan.
Y si nos referimos a la presencia, hay que tener una coherencia entre lo que digo y lo que hago, "y revisar mis propios malos hábitos en el uso de las pantallas". Estar presentes, para los creadores de Educar en Positivo, es estar disponibles en todo momento emocionalmente para los hijos.
"No hay que obsesionarse con el '0 pantallas', y en cuanto a las normas, muchas se pueden negociar con ellos ('¿qué podríamos hacer para bajar el uso de las pantallas?'), pero los límites son innegociables y los ponen solo los padres. En toco caso, la forma en que te diriges a tu hijo ante un límite puede cambiar mucho su reacción: '¿Te aviso en 5 minutos o apagas tú?', ' Te entiendo, es difícil apagar, pero ¿recuerdas lo que acordamos?'. "
Y todo ello evitando poner el foco solo en lo que hacen mal. "Debemos alentar lo que hacen bien: "Gracias por cumplir tú solo", subrayan.
Los cambios, poco a poco y con sentido
Mario Alonso Puig, cirujano, conferenciante y escritor, goza de un grandísimo éxito y ha dedicado gran parte de su carrera a investigar cómo sacar el máximo partido al potencial humano. En el cierre de la jornada afirmó cómo "muchas personas están atrapadas por los móviles por lo poco atractiva que les resulta su propia vida. Tenemos que reconectar con lo más valioso".
En relación a problemas como el uso de la tecnología que se puede plantear en familia, el experto explicó que muchos padres se sienten perdidos e impotentes, "pero también sus hijos se sienten así". "La labor como padres es que los hijos florezcan y debemos poner las condiciones adecuadas para ello". Por ello, aboga por la claridad, "para no confundirse con opiniones, sino orientarnos con personas que tienen verdadero conocimiento"; la serenidad, a la hora de gestionar situaciones difíciles; la ilusión, "para ver los problemas como desafíos o como oportunidades", y la confianza, "sabiendo que no podemos hacer todo, porque nadie tiene todas las respuestas".
En cuanto a la educación, para él "las reglas no deben cohibirnos, sino ser reglas con sentido; no se trata simplemente de prohibir". Y aboga por trabajar en los hijos (y en nosotros): "La autoestima (cómo te hablas cuando cometes un error); la autonomía (que sepan que pueden disponer de recursos y tienen potencial); la autorregulación (si te enfadas, te pones triste o tienes miedo, que sea a una intensidad adecuada y dure el tiempo adecuado, porque las emociones se pueden regular, no hay que echarlas ni expulsarlas), y la socialización (interactuar con amigos generando vínculos emocionales es esencial para la supervivencia de la especie".
"Cuando sabemos lo que hay que hacer, hay que ir cambiando las cosas poco a poco y comprender por qué hay que hacerlo", recalca. "No podemos pretender hacerlo todo, pero sí algo, y hacerlo de corazón", concluye.




