Con la Cuarta Transformación, la tierra también es de las mujeres
Ayer, en la Ciudad de México, se dio un paso que durante generaciones parecía impensable: mujeres recibiendo certificados agrarios que reconocen su derecho a la tierra.
Durante mucho tiempo, en nuestro país, el acceso a la propiedad fue un derecho que no se pensó para las mujeres. Parecía natural que la tierra se heredara a los hombres, que fueran ellos quienes tomaran decisiones, quienes fueran reconocidos jurídicamente como ejidatarios o comuneros. Mientras tanto, miles de mujeres trabajaban la tierra todos los días sin tener un papel que respaldara su esfuerzo, su historia y su derecho.
Por eso, la entrega de certificados agrarios para mujeres que encabezó la Presidenta Claudia Sheinbaum es un acto de reivindicación.
Reivindicar a las mujeres es reconocer que durante años se les negó lo que por derecho les correspondía. Es entender que uno de los derechos más difíciles de conquistar ha sido el de la propiedad. Es aceptar que, durante mucho tiempo, parecía que las mujeres no teníamos derecho ni siquiera a una casa, mucho menos a la tierra.
En el ámbito agrario, esa desigualdad fue especialmente marcada. La tierra, que representa trabajo, identidad, sustento y comunidad, quedó en manos de los hombres, mientras las mujeres quedaban invisibilizadas en la titularidad, aunque fueran parte fundamental en su cuidado y producción.
El reconocimiento jurídico de las mujeres como propietarias, como ejidatarias, como comuneras, no solo les da certeza legal. Les da voz, les da autonomía y les devuelve un lugar que siempre les perteneció.
Esto forma parte de una visión más amplia que ha impulsado la Presidenta Claudia Sheinbaum: reivindicar a los pueblos originarios, proteger el suelo de conservación, dignificar el trabajo del campo y, sobre todo, reconocer los derechos de las mujeres en todos los ámbitos de la vida pública y privada.
Cuando una mujer tiene certeza sobre su patrimonio, también tiene mayor capacidad de decisión. Cuando una mujer es reconocida jurídicamente, se fortalece su comunidad. Cuando una mujer accede a la propiedad, se rompe una cadena histórica de desigualdad.
Desde la responsabilidad que hoy tengo en la Unidad de Asuntos Religiosos, Prevención Social y Reconstrucción del Tejido Social, estoy convencida de que estos cambios tienen un impacto directo en la construcción de paz.
La paz también se construye con justicia, se construye cuando se corrigen desigualdades históricas y se construye cuando se reconoce a quienes durante años fueron invisibilizadas.
Las mujeres del campo han sostenido gran parte de la vida comunitaria en nuestro país. Han trabajado la tierra, han cuidado a sus familias, han preservado tradiciones y han sido el corazón de muchas comunidades. Sin embargo, durante décadas, ese esfuerzo no se reflejaba en derechos.
Hoy, ese reconocimiento comienza a tomar forma.
Dar certeza jurídica a las mujeres sobre la tierra que trabajan es garantizar que tengan herramientas para decidir, para producir, para crecer y para construir futuro.
Y también es un mensaje claro para que las nuevas generaciones crezcan sabiendo que no hay espacio que les esté vedado, que no hay derecho que no puedan ejercer, que no hay límite que no pueda transformarse.
La entrega de estos certificados agrarios es un paso firme hacia un país más justo. Un país donde la tierra no sea un privilegio, sino un derecho compartido.
La tierra no distingue, pero la historia sí lo hizo. Y hoy, esa historia empieza a corregirse.
Hoy, las mujeres no solo trabajan la tierra. Hoy, la tierra también les pertenece.
POR CLARA LUZ FLORES CARRALES
TITULAR DE LA UNIDAD DE ASUNTOS RELIGIOSOS, PREVENCIÓN Y RECONSTRUCCIÓN DEL TEJIDO SOCIAL DE LA SECRETARÍA DE GOBERNACIÓN
@CLARALUZFLORES
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