Defender el territorio es defender nuestro futuro: Cristina Rivera Garza
En Terrestre, de Cristina Rivera Garza, el cuerpo es el centro de todos los relatos, pero cambia según la experiencia de las protagonistas. A veces es vulnerable e individual, como en “Sol de otro planeta”, donde dos jóvenes viajan y se enfrentan a la exposición del territorio y sus riesgos; otras veces es colectivo y político, como en “Práctica de campo”, donde activistas usan su cuerpo para protestar en medio de la violencia; y en ocasiones se transforma por completo, como en “Pajarracas”, donde las protagonistas se convierten en aves para mirar el mundo desde otra perspectiva.
Ese eje atraviesa el más reciente libro de la escritora mexicana, quien lo define como “una colección de piezas”, más que cuentos o ensayos, en la que aparecen mujeres jóvenes que viajan “solas”, una expresión que cuestiona al considerarla “un dicho patriarcal con el cual se indica que son mujeres que viajan sin hombres”.
Editado por Penguin Random House, explica, el libro busca instalar al territorio en una discusión amplia sobre el territorio y el movimiento.
“Estamos en un contexto de la llamada guerra contra el narco y una de sus consecuencias más palpables es la reapropiación del territorio, una situación que para las nuevas generaciones significa la imposibilidad de atravesar material y corporalmente el territorio”, advierte la autora.
Desde esa mirada, dice, caminar se convierte en un acto político, “porque quien camina sobre el territorio no obedece a bordes geopolíticos”.
En entrevista con El Heraldo de México, Rivera Garza cuestiona también las formas contemporáneas de movilidad y reflexiona sobre el hecho de vivir en sociedades que mantienen a las personas en coches o transportes por largas horas y en situaciones “inverosímiles”.
Por eso, afirma, caminar y volver a tocar la superficie de la tierra con el pie le parece algo realmente inaudito.
Asimismo, la escritora comparte que con el libro le interesa explorar qué se pierde cuando se deja de caminar.
"Actualmente vivimos una violencia geográfica. Vivimos en una época donde se están alzando muros, donde se está castigando con una crueldad terrible a procesos de migración que han sido estructurales y estructurantes de muchas de las relaciones, no sólo entre México y Estados Unidos o en el continente americano, sino en el mundo”, agrega.
En Terrestre, la juventud también aparece como una forma de apertura hacia el mundo y la amistad como una fuerza vital que la autora describe como “una noción de complicidad, de amor desinteresado, intuitivo, carnal y feroz”.
Esa idea de comunidad, también atraviesa su relación con la escritura y explica que aunque ser mujer escritora sigue siendo complicado y hay muchos obstáculos, “ya no es la rareza de finales del siglo XX, pues al compartir esa práctica con otros, es cuando el nombre surge con mayor facilidad”.
Terrestre, cuenta, dialoga además con una de sus obras más emblemáticas, El invencible verano de Liliana, donde explora la violencia de género desde la memoria de su hermana, una joven víctima de feminicidio.
“Terminé de escribir el libro de Liliana y me quedé con la idea de que no todas las chicas murieron, que muchas enfrentaron la violencia y se las arreglaron para marcar el territorio”, recuerda.
En conjunto, explica, Terrestre insiste también “en que el movimiento implica despedida y que el mundo no se observa a distancia, se atraviesa con el cuerpo”.
“Defender el territorio es defender la tierra que pisamos, el aire que respiramos y sobre todo nuestro futuro”, expresa.
Ese diálogo entre cuerpo, territorio y resistencia también se extendió a Revolución Diamantina, proyecto escénico del que escribió el libreto y que fue llevado recientemente al escenario por la bailarina y coreógrafa Claudia Lavista y la compositora Gabriela Ortiz como una reflexión sobre la lucha feminista y contra las violencias hacia las mujeres.
Y revela que en esta pieza le interesó poner en escena “el violentómetro”, una herramienta creada por Martha Alicia Tronco Rosas quien le permitió reconocer distintos niveles de violencia que suelen normalizarse.
“Ella me ayudó a ponerle nombre a distintos tipos de violencia que por estar naturalizada no los vemos y no los nombramos”, señala Rivera Garza, para quien el feminismo es una forma de ampliar la mirada sobre el mundo.
“Jamás habría podido escribir El invencible verano de Liliana o cualquier otra cosa sin el lenguaje que produjeron movimientos feministas en México y en el mundo”, concluye la autora, quien asegura que el feminismo permite cuestionar y transformar las relaciones desiguales que marcan la historia.
PAL